Física blanca
escribo el movimiento
embalsamado en horas que se desbocan peces
o que se empalman palitos chinos
mientras el autobús tormenta adentro avanza
tengo kilómetros hasta la médula más alma
mi rodilla crece y punza la aguja en el tablero
un día en el malecón
con el agua hasta el cuello blin blin su empuñadura
otros en un hotel desquiciado a palomas
pasé noches en vela
oscuras y nupciales como la droga dura
hubo un lugar donde (¿vengo de suicidarme
o de abrir los postigos?) Alicia en uniforme
verdemente gemía a través del espejo
ayer dormí en un parque
sin más piel en los huesos que este suéter de lana
escribo en un futuro
que el autobús inventa
es una acalambrada eternidad
pasajera:
deshielo de elección un tigre
enjaulado en sus rayas
La revolución es el opio del pueblo
In nova fert animus mutatas dicere formas
corpora…
Decidí que mi tema eran las transformaciones.
Ahora no sé cómo empezar.
Ahora me siento ganado por lo inmóvil.
Ahora que me toco la boca bajo el muro.
Ahora que mi sed chupa destellos
de hueso bajo un muro, que mi lengua
lame bajo el muro
de lamentos de un instante que no cesa
su tósigo de gárgara, su numen
de menú.
Ahora que sé de la esperanza
que es una emoción rústica,
del desbarrancadero que carece
-sol de sótano el salto-
de una espalda celeste.
Ahora que vivo, fumando,
en la sala de espera de una revelación.
Ónix
amuleto
Miedo a través de la señal
echada al cuello en una piedra.
La claridad del limbo,
la turbiedad del mapa,
el engarzado imperio de una esfera
acuchillada por sus vetas.
Imperfecta señal, qué duda. Pero
miedo: pardo y lúcido tú
ruñendo -igual que tú- restos de piel;
el golpe solo adorno; roca
de agua y aceite; la semilla
o cristal hecho astilla en la dureza
de la luz -su más honda materia.
Miedo a través de la señal.
Pero no de la cosa (puesta
en sí lago de viento,
pradera ingrávida, molida
lumbre, ojo
de arrasada pureza que se fija):
miedo ante su ocasión de talismán
-cáscara de un símbolo,runa en la garganta,
lámpara amputada a un alba
mórbida-, su voz de tribu en celo,
la pátina caníbal de su tacto en el pecho.
Un espejo de que nació la hoguera. Dije
del que vienen los muertos. Miedo
a través de la señal.
La deforestación
Fuimos a donde el bosque había perdido a sus ahorcados.
Sumergidos,
los árboles esperaban instrucciones para seguir
viviendo luego de que bisagras
de potasio se les hubieran adherido al esqueleto,
desnaturalizándolos con saña de
tableros, tablajeros
o el verdugo.
Se habían vuelto
estúpidos como ángeles / sensitivos fantasmas
atascados en el limo / huérfanos
como una madre cuyo único hijo pende de la soga / y
el agua los ataba con recuerdos de ahorcados
o ahogados y el inmóvil
maratón de las raíces y la (por supuesto inocua) suerte
de ondear valientemente quietos
en oleaje -no como en su otra vida cuando el fuego
(pudieron ser valientes pero no mentequietos pues la
luz de la lumbre
los sumergió en negruras más violentas que la corriente
de unos cables)
contrariaba sus gestos.
Dilapidaban el oxígeno
en decidir si estoicos buscar a sus ahorcados bajo el agua
o histéricos (titánicos) branchear y traicionar la superficie;
inútilmente.
Tenían preguntas:
¿Cómo fueron a dar al fondo de este lago?
¿Por qué el rasero del fuego
llegaba tan abajo?
¿Quiénes eran nosotros, los que
desde la orilla
reíamos al verlos?
En fin, que aquello era
la deforestación.
Leche quemada
Vine hasta aquí queriendo des-
pedirme.
Clarín de la marcha que monda la noria,
zanahoria en olisqueo de asnos encurtida,
zahír que en el desierto camina con horqueta
tras la vena del agua, tras la veta
silverada.
Y no preguntes si en verdad no quiero postre.
Todo esto sabe a guerra. Se rompieron
mis signos también: leche quemada.
El Cedral. Un conjuro
en un frasco de vidrio. Árboles de la Biblia
enhebrando la luz del comedor.
Bendita la etiqueta -mercachifle es-
capulario-;
la comunión de azúcares untados a la masa,
el sebo y ambrosía de una ubre guisada,
carbonizado maná que la pagana
cabra destila desde un encono de oro.
(¿Puedes tener fe en algo así:
qumadura que empalaga lumbre y labio:
secreción momificada?)
No me fastidies, ma,
no sé ni cómo vine a dar a la merienda.
No usaré doble calcetín porque hace frío.
No quiero postre.
Tengo que romper algo porque estoy escaldado.
Tengo que tirar este frasco de la mesa.
PARÁBOLA
(transcripción)
para Eusebio Ruvalcaba
Mónica y yo escapamos de los nazis por los pelos
esto lo supe tarde porque
cuando empezó
ya estábamos en el sótano
buscando entre los viejos hacinados a mi madre (todo era
muy judío y -previsible/extrañamente- yo judío junto con todo)
su cara de india potosina deslavada por la
prostitución o por la osteoporosis
hasta que un San Francisco me informó muy solemne
que mi madre había muerto a mano de los nazis
por puta por judía por india malhadada
a trancos ascendí los escalones del refugio
pero de cobardía: todo ese tiempo supe
que la salida no daba hacia la guerra
que la guerra
se había cancelado con un muro de fondo
en cambio lo que vi fuera del
sótano era un huerto
o un huerto y un jardín y a lo mejor un bosque
en todo caso vegetales tasajeados por la luz del invierno
zumbantes ramas entre las que corrí
llorando claro pero igual
que un personaje: con la mano derecha
crubiéndome los ojos (pensé: será
deveras esto mi dolor? ¿el césped rubio de una
inconexión -la cresta de su lumbre la felpa
de su filo? pensé: yo que bajé a la mina
y aprendí a castrar diamantes
pensé: serán mañana vino o muladar sus huesos)
al final del jardín el huerto el bosque
di con un escalón natural de caliza
una malformación quizá un altar y encima
cabezas nuevamente de judíos
llorando
(con la mano derecha en la cara por supuesto)
rezándole a sus muertos con el odio
hundido entre impurezas de cerdo que agobiaban
la sacra indistinción de la mojada piedra
recordé a la india muerta osteoporosa de mi madre
la puta o potosina
y me incliné a rezar también pero mi idioma
era siempre distinto al de ellos: no había modo de
salvarme
mas siendo yo un legítimo judío (como lo demostraban
el sótano los nazis mi dolor) decidí
no sé si de manera ridícula o innoble
imitar la oración: yahweh elohay bkaa chaaciytiy
howshiy ‘eeniy mikaal rodpaiwhatsiyleeniy
agarrado al altar (que a tanto grito y llanto
se había vuelta ya un montículo de arena)
cuando una mano entonces (al principio pensé
que sería San Francisco
mas -previsible/extrañamente- se trataba
del rabino) la mano del consuelo
me azotó con desprecio la nuca y
me increpó: «deberías aprender del italiano
que en lugar de ponerse a llorar el primer día
se tomó todo un año para memorizar
el libro entero» -y me lo señaló: era un
barbudo profesor de matemáticas
sin un rasgo semita pero de hebreo perfecto
que desde cierta altura escandía los salmos
con el talante irresistiblemente abyecto
de un ligero tenor / el italiano
bajó de su curul (o sea la simple roca) y
-como hacen
los mejores maestros de álgebra- explicó
sin rabia ni alegría
que el agua es como un pulpo si la tocas en sueños
y que el puro sonido también sabe
como tiene sabor -aunque a silencio- la boca sin manjar
«ahora voy a rezar por el cadáver de una niña de mi pueblo»
me ordenó
(alguien puso en mi mano la charola con copas)
«y tú vas a danzar al ritmo de mi llanto
sin verter una gota hasta que el vino
o el muladar o el hueso de tu madre se consuma
y descubras que el dolor
el dolor de santidad que cicatriza
no radica en la oración
sino en el baile»
[Monólogo con Germán Carrasco]
Ni la escuela ni la calle.
Más bien volársela, irse
de pinta, hacer la rata; estar
a la hora de estar en otro sitio.
Afuera por ejemplo del
Cervantes Institut. Y cuervos
en el cielo -más cuervos
que realidad en ese frío. Unidos
volaban de Este a Oeste pero
se devolvían, driblando
al fantasma de un francotirador.
Dibujaban (negras alas –Der
Himmel über Berlin–
meticulosas) la V de la-
vamanos.
Julián Herbert (Acapulco, México, 1971) es autor de seis libros de poemas: El nombre de esta casa, La resistencia, Kubla Khan, Pastilla camaleón, Álbum Iscariote y La parte quemada, además de novelas, crónicas, libros de cuento y ensayos. Colaboró en los guiones de la película Cassandro y la miniserie La Máquina, y debutó como actor en la película Gizmo (2024). Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, el Premio Jaén de Novela, el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde, entre otros. Es vocalista del grupo de rock Los Tigres de Borges.

