«El bar de Lito» (cuento), por Carla Martínez

Para Julio, quien, a pesar de las bombas, pudo ser mi abuelo.

La asamblea avanza más ruidosa de lo habitual. Los sindicatos con los que tienen relación estrecha ya confirmaron su presencia. Hace un tiempo que se rumorea sobre un posible golpe. Es por eso que todos quieren aprovechar el acto homenaje al Presidente para demostrar su apoyo. Y los trabajadores de la Usina no son la excepción. Se escuchan muchas voces pero la de Julio es la que más sobresale: que hay que defender al General, que no hay que dejar avanzar a ningún vende patria, que Ella querría que estuviesen ahí.

—Pensémoslo bien, muchachos. Se están cometiendo errores. Además la CGT va a copar la Plaza. No se va a notar si no vamos —alguien en el fondo se hace escuchar.

—Hable con claridad, compañero. Si usted es radical dígalo ahora y lo liberamos de la responsabilidad aquí mismo le responden con sorna.

 Es Julio quien vuelve a tomar la palabra y a base de una prodigiosa labia logra convencer hasta al varón más dubitativo. Mientras se preparan los camiones, van subiendo, algunos sin dejar de hacer la V con los dedos y cantando la marcha. Hay tráfico porque es día de semana y llegando al Centro las calles, al igual que las veredas, se encuentran congestionadas. Mientras tanto, en el camión se conversa acerca de los distintos pronósticos que se esperan para el día.

—¡Los delegados ferroviarios abrieron el paraguas! Nos dijeron que no era conveniente acercarnos hoy a la plaza.

—Lo mismo de siempre, compañero. ¡Perro que ladra no muerde! Amenazan pero ninguno se anima.

Mientras tanto, en una esquina del camión, Julio está en silencio, cansado por la discusión que tuvo con Rosa la noche anterior. Ella le suplicó que deje el vino porque lo convierte en otro hombre, que si sigue así se vuelve para Colón a vivir con la hermana, que está cansada de prenderle velas a la virgencita de Luján para que él deje de pasar por el bar de Lito. Así estuvo ella rogándole a su esposo, recibiendo a cambio indiferencia, hasta que se cansó y se fue a la cama.

Julio no entiende por qué Rosa exagera así. A él le gusta tomar pero no lo considera un problema, es cosa de hombres. Las pocas cuadras de distancia entre el bar que frecuenta y la Plaza, tal vez, influyeron en su voto en la asamblea. Pero eso no quiere decir que después de saludar a Lito y tomar algo, no fuera a regresar con los demás compañeros.

—¡Ay esta Rosa! Seguro que todo ese barullo se debe a lo de los extraterrestres, seguro que eso la dejó asustada —pensó Julio.

Un viernes por la tarde salió de la planta y se dirigió sin apuro pero sin pausa a lo de Lito. Ya era un cliente habitual del lugar. Esa semana se había inaugurado un bulín en la parte de atrás del salón. Entre muchas botellas, tangos y una acompañante, a Julio se le pasó el tiempo volando. Volvió a su casa el lunes siguiente con la cola entre las patas. Cuando entró al zaguán encontró a Rosa, inquieta con el bebé en brazos, echando humo por la nariz. Ante la exigencia de explicaciones, Julio balbuceó algo así como que había sido raptado por seres de otro planeta. El segundo que se tomó Rosa para intentar entender lo que estaba escuchando le dio a su esposo la pausa que necesitaba para tomar envión y siguió: que tenían forma humana para no llamar la atención y que lo habían obligado a dirigirse a donde estaba su platillo volador, cerca de la Isla Maciel. También le dijo que le habían hecho muchas cosas pero que, para que a ella no le dé un síncope, prefería no entrar en detalles. Rosa lloró y gritó por una hora, amenazó con irse y llevarse al bebé. Y como si no fuera suficiente, no le dirigió la palabra por dos días. Ay ¡esta Rosa! No sé de qué se queja si a mi nadie me tuvo que levantar del piso para ir a trabajar. La picazón de garganta y el temblor de manos logran apartar esos pensamientos de la cabeza de Julio; su cuerpo susurra que Lito, su bar y su vino están cada vez más cerca.

En algún punto del camino, el chofer del camión frena, el tráfico no le permite avanzar.

—A partir de acá vamos a pie, compañeros —grita, mientras los ayuda a bajar.

Ya juntos en la vereda, los obreros comienzan a marchar hacia la Plaza. Entre la caravana se cuela un chiquilín vendiendo claveles rojos. Al verlo, a Julio lo embarga el recuerdo del reciente velorio de su padre. Luego de estar una hora en el living de su madre con el cajón al lado, se levantó y sin despedirse de nadie se fue al bar de Lito. Después de una noche entera en el bar, entre lágrimas e hipos agrios, se propuso llegar al entierro. Así fue como zigzagueó hasta al cementerio de Lanús con dos claveles que había comprado en el camino. Pero le fue imposible encontrar el lugar en donde había sido enterrado su padre. Dejó las flores en la lápida más cercana y volvió para lo de Lito. Si no es para el día de la muerte de mi padre, ¿cuándo podría ir a un bar?

Mientras más cerca están de la Plaza, más lento avanzan por la cantidad de personas dirigiéndose al acto. Se cruzan con otros hombres, algunos llevan banderas con el nombre de su agrupación y otros tienen palos, en caso de que la cosa se ponga fea. Pero Julio solo puede registrar el calor que se apoderó de todo su cuerpo, como si estuviera dentro de una caldera. Malestar conocido que, bien sabe, solo pasará con un buen vaso de vino. El recuerdo del sabor dulce de la uva y lo amargo del alcohol lo tienen hipnotizado. Comienza a apartarse del grupo, casi al trote, por poco no esquiva el tranvía pero sigue. Necesita doblar en la próxima esquina y seguir una cuadra y media más. El estruendo del pasar de unos aviones que vuelan demasiado cerca del suelo logran sacarlo de ese estado. Algunos se agachan y otros miran en dirección a la Plaza. Comienzan los gritos. Lo primero que ve Julio es una explosión. Las personas corren en todas las direcciones. Se escucha el ruido de más aviones acercándose. Ningún recoveco de la Ciudad parece lo suficientemente seguro como para escapar de las ráfagas de balas. Julio también corre. Lo hace como nunca en su vida. Corre y piensa. No da crédito de su suerte, la puta suerte que le tocó al tener que vivir todo esto, estando tan cerca del bar de Lito.

Carla Martínez nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, y actualmente vive en el conurbano bonaerense. Es licenciada en Ciencias de la Educación por la Universidad de Buenos Aires, hincha fanática de Racing Club, pero, sobre todo, lectora. El bar de Lito es su primera publicación.

Este cuento, junto a otros 17, recibió una mención honorífica en nuestro Concurso de cuento argentino 2024.

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