Selección de «La constancia» (poemario), de Marcelo Rizzi

4.

Es cierto ahora que de la parra virgen caerán
las hojas rojas más bellas, que en un país lejano
danzarán otra vez como en un filme una decena
de hombres simulando las evoluciones de un
perdido sistema solar. Se nos dice hoy que
desconfiemos de aquellos que terminan sus versos
en puntos suspensivos. Hay todo una toma de posición
rigurosa acerca de los medios y los fines: se va uno
acomodando de a poco en los rincones de una casa,
y se sabe partícipe necesario un día del último átomo
con forma de pez o de pan, feliz entre pliegue y pliegue
de un huerto infinito, en el que se ha podado ya el
primero de cien olivos y brotan caléndulas púrpuras
con apenas ser nombradas.

6.

Decís que dormís solo de día para experimentar de noche
la fabulosa vida de este lugar. Confesás que te perdés a los
colibríes que entran por la puerta, husmean las condiciones,
y se van por la ventana de atrás. Sea. Que enseñás también
a seres pequeños a moldear con arcillas sus propios dados;
que alguien redobló la apuesta arrojando los tuyos sobre el
paño al inicio de los tiempos para que no se detuvieron jamás.
En algo acertás cuando decís que se mueren de súbita orfandad
los amores profanos, toxicidad de sus orígenes, para que de eso
extraigamos una sola verdad: signos que giran alocados como
tautologías, abejorros tornasolados sobre una espiga delgada
anunciando que siempre es bueno para el alma sin calma
lo incierto de la próxima noche, la que predice tempestad.

13.

El colibrí es una partícula tornasolada
del tiempo: un instante en que todas las
formas aladas del lugar se detienen.
Quietísimo sobre su rama elegida, volar
quizá sea su dichosa inquietud. Esta casa
no parece ser real: no se sabe a ciencia
cierta si del principio o del fin de los tiempos.
Anoche algunas luces que danzaban sobre
el horizonte nos daban una especie de rara
bienvenida. El camino que toma el sol para
iluminar la tierra ha cambiado, y hay una
parsimonia mordaz en cada estrella que
en el cielo se apaga. Está de más seguir
hablando de ello, hay que pensarlo todo
de nuevo, es hora de ponerse a trabajar.

19.

Cuando una luz sosegada desciende sobre
los objetos que descansan en los estantes
se practica la justicia más arcaica. Dionisio
cabalga una pantera en un mosaico de Delos,
blande una lanza -difícil no pensar en el San
Jorge que mata al dragón. Fuerza inasible
que portan las palabras: hace que cada día
nombremos de nuevo las cosas que ya no
están. Cómo llamaremos hoy a esa que hasta
ayer conocíamos como «la colina de las cabras»,
reemplazar por otra cosa en lengua extraña al
pájaro que la sobrevoló, a sus piedras dormidas,
pequeñísimas y milenarias, al sendero por el que
se ascendía, nunca igual en su descenso, a la flor
de nombre desconocido, a su secreta fragancia.

21.

Se dice por estos días que no hay lírica que exprese
de una sola vez la gloria de todas las cosas. Pero en
este punto exacto -señalo con un dedo en el atlas del
hogar los átomos que danzan en equilibrios perfectos-
es donde te dicen que no hay que detenerse, continuar.
Aferrados por momentos a inanes movimientos, en otros
a estériles reposos, creemos estar lejos de esos dilemas
de un espíritu locuaz, de una materia siempre prisionera.
La tumba del sueño que nos pareció neoplatónica
y mensajera era una aguja manteniéndonos firmes entre
dos principios al parecer antagónicos -una realidad de
por sí fugitiva y el placer de aspirar a cada instante polvo
exquisito de rocas que viajan con efímeras estrellas.

26.

Venturoso aquel que viaje desde el centro
hacia la instancia: junto a la indagación por
el paisaje interior propio surgirá la pregunta
por la llamada multitud insomne. Venturoso
aquel que pise tierra firme convirtiéndola en
su cuerda floja; que deseoso de alcanzar el
fondo del pozo se encuentre con los huesos
de la infancia. Venturoso el que toma vistas
de ciudades invisibles y a tiempo las corrige;
quien pronunció la palabra octosilábica y vio
la flecha dirigirse oblicua hacia la pulpa de
una fruta imaginaria. Venturoso quien optó
por el camello de la historia adentrándose
en el desierto buscando una patria, que vio
todo cuanto había y nunca dijo nada -un
puño para cada semilla antes de arrojarlas
en tierras desmesuradas.

Marcelo Rizzi nació en Rosario en 1961. Estudió historia y filosofía en la universidad de esa misma ciudad. Es poeta, traductor, y desarrolla tareas como gestor cultural. Tiene publicados los siguientes libros: El comienzo oblicuo de todo desorden (DeBolsillo, Plaza&Janés, 2001), Sinopie (Melusina, 2003), Casa incompleta (Rosario, premio concurso «Felipe Aldana» de la Editorial Municipal de Rosario, 2007), La isla de los perros (Alción, 2009), La destrucción (e-book, poesíaargentina.com, 2015), El libro de los helechos (Barnacle, 2018), Los saberes esenciales (Ediciones en Danza, 2019), Driftwood (Barnacle, 2020), Prosa bisiesta (Ediciones A Capella, 2020), Del cultivo de sí como un árbol de costumbre (Barnacle, 2022).

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