«Regreso al mar» (cuento), de Azarel Doroteo Pacheco

I

La última vez que vine aquí, mi padre estaba vivo y mi hermano Juan tenía quince años. Mi madre y mi hermana también vinieron, pero esta historia no es sobre ellas ni sobre mí, sino sobre mi hermano Juan y mi padre. Tal vez ni siquiera sea sobre ellos.

Era una tarde calurosa y limpia. Todas las tardes que recuerdo de esa época eran así, calurosas y limpias. Yo tenía siete años y me encantaba este lugar. Cuando mis padres anunciaron que nos mudaríamos de la ciudad, yo pedí venir por última vez. Dejamos las cosas en la base de cemento de allá, donde había una palapa con un techo alto en forma de cono como sólo había visto en ilustraciones de libros de cuentos, y nos acercamos hasta los límites donde la arena se humedecía y se secaba en capas, al ritmo de las olas. Mi madre no dejó que nos metiéramos al agua pero nos colocó los chalecos y los retocó con sumo cuidado, como si se tratara de un traje de gala. Cuando una ola más fuerte lograba alcanzarnos, mi hermana Mireya corría a aferrarse a las piernas de mamá. Yo me quedaba ahí, valiente, sintiendo cómo mis pies encallaban un poquito; luego me reía a carcajadas porque me causaba cosquillas que la ola removiera la arena bajo mis pies cuando se retiraba. Este último recuerdo tal vez lo haya recreado porque hay una foto justo en este lugar, con las manos cruzadas a la altura del estómago, carcajeándome por algo que bien podrían ser las cosquillas de la arena. Mi padre llegó entonces corriendo y nos llevó sobre sus hombros hasta muy adentro, donde ya no podíamos tocar el fondo, pero no importaba porque él nos sostenía en lo alto y jugaba con nosotros. Yo estaba aprendiendo a nadar y mi padre me sostenía horizontal sobre el agua, con sus brazos a la altura de mi pecho y mi abdomen, y yo braceaba y pataleaba tan fuerte como podía. Mi hermano Juan, en cambio, no necesitaba ni del chaleco ni de la ayuda de mi padre porque ya sabía nadar bien y se metía al agua hasta muy adentro.

—¿Unas competencias? —le dijo mi padre—. Hasta las boyas y de regreso.

Juan hizo como si no lo escuchara y se fue nadando hacia otro lado. En su cara todavía era visible un moretón.

Ese día, Juan estaba enojado con mi padre; de no ser así, ambos habrían competido sin pensarlo. En esos casos, Mireya y yo nos quedábamos con mi mamá, sentados a esta altura más o menos, donde la arena siempre está seca. El pelo de Mireya tenía entonces un tono dorado que brillaba al sol y le daba a su rostro una luz especial. Yo admiraba eso. Mamá decía que lo había heredado de la abuela. La gente la veía y decía “¡qué bonita!” y le acariciaba el cabello, pero con la edad lo fue perdiendo y hoy su cabello es negro, como el del resto de la familia. Juan era alto y tenía un cuerpo fuerte, como el de mi padre, aunque a veces se dejaba ganar cuando jugábamos a las fuercitas.

Como Juan no le hizo caso, mi padre me retó a las luchas. Él me enseñaba cómo derribar a alguien atacándolo por las piernas y me reprendía cuando no lo lograba. Luego me levantaba por los aires y fingía azotarme en el agua mientras mi madre y Mireya se divertían a un costado gritando “quítale la máscara”.

Hace tres días, mi mamá nos marcó a cada uno por separado y nos dio la noticia. Sin grandes aspavientos, nos comunicó que mi padre había muerto de un infarto. Sabíamos de los dos anteriores y sabíamos que su estado de salud había estado empeorando, pero uno no espera recibir esa noticia. Es decir, la espera siempre, como se espera lo inevitable, pero nunca se está preparado para recibirla.

Después del entierro, Mireya me llamó a un lado y me dijo que quería llevarse a mamá por lo menos una temporada, pero que se había negado. Hablé con mamá para tratar de convencerla, pero el resultado fue el mismo.

—Es hora de tomar las riendas de mi propia vida —dijo. Y tiene razón.

Ese día (el día de mi recuerdo), de la nada, el cielo empezó a nublarse y el viento del sur sopló con fuerza. A una orden de mi papá, todos, excepto Juan, salimos del mar y nos refugiamos en la palapa.

—Míralo —dijo mi padre—. Lo voy a traer de las orejas.

—Ahorita viene —dijo mi mamá, dio un suspiro corto y entornó los ojos—. Deja de ser tan aprehensivo.

Yo le dije a mi mamá que tenía hambre, pero me pidió que esperara un momento. Una lluvia fuerte, de gotas enormes, ya estaba cayendo del cielo que en unos minutos se había oscurecido. Tal vez fue así de rápido, pero también es posible que en mi memoria el tiempo se comprima y lo que tardó en suceder se sintetice en mis recuerdos en unos instantes.

Mi mamá, Mireya y yo fuimos los primeros en entrar a la palapa. Las paredes eran bajas: tanto, que yo podía asomarme sobre ellas si me paraba de puntitas. Una ráfaga de viento tiró la hielera donde mamá llevaba la comida. Manzanas y naranjas rodaron por el suelo, junto a un bote de mayonesa. Un racimo de plátanos se estancó debajo de la mesa. Los panes para preparar las tortas se mojaron.

—¡Ay, qué tragedia! —dijo mi madre.

Juan entró a la palapa cubriéndose la cara con el brazo levantado para taparse de la arena que se levantaba.

—Es una tromba —dijo mi papá.

Yo no comprendía ninguna de las dos palabras, pero en mi entendimiento, por mucho tiempo, tromba y tragedia significaron lo mismo.

Recogimos las cosas y las pusimos de nuevo sobre la mesa de concreto. Entonces mi hermano señaló hacia la playa. Tres personas venían corriendo; eran una pareja y una niña. El señor cargaba a la niña en un brazo y una fiambrera en la otra mano. La señora cargaba la ropa y las toallas. Calculé que la niña tendría más o menos mi edad. Llegaron a la palapa, sacudieron y exprimieron sus ropas un momento y hasta entonces preguntaron si podían refugiarse ahí.

—Claro —dijo mi mamá—. Es un lugar público.

Juan estaba parado en esta esquina y miraba el mar embelesado. Yo me acerqué y lo golpeé en las costillas, pero en lugar de seguir el juego sólo me tomó la cabeza y me abrazó del hombro, sin dejar de ver el mar. Yo me paré junto a él un momento.

—¿Qué tienes? —le pregunté.

—Nada —dijo.

—¿Es porque te pegó papá?

Se quedó callado por un buen rato y supe que no iba a contestar.

Las olas se hacían cada vez más fuertes y el mar tomó un carácter que no había visto antes, como si se enfureciera por algo. Sus aguas parecían pelearse con el agua de la lluvia. O tal vez ambas se unían con tal fuerza que era su forma de mostrar la pasión con la que se querían. Fui a refugiarme con mi mamá y ella me tuvo abrazado a sus piernas un rato. Mi papá platicaba con los papás de la niña.

Al principio, me sentía incómodo con esas personas ahí. Esta playa nos gustaba porque quedaba cerca de la casa (caminábamos apenas veinte minutos para llegar a ella) pero más porque casi no había gente. A la derecha está ese recoveco y a la izquierda las rocas enormes de allá, que entran hasta el mar, forman un acantilado que hacen de ésta una playa aislada y casi desconocida. Los bañistas prefieren las playas planas del otro lado de la ciudad, donde están los hoteles. Ésta está inclinada. Y precisamente por eso nos gustaba a nosotros: por diferente y solitaria. Y yo sentía que estas personas estaban invadiendo un espacio que era nuestro.

Por suerte, la incomodidad me duró hasta que la señora sacó unos sándwiches y nos los ofreció. Yo tomé uno. Mis padres dudaron un poco pero la señora dijo que le alcanzaba para todos y entonces accedieron. Mi hermano Juan no quiso. Nosotros les compartimos las frutas que se habían caído y quedaron muy agradecidos.

La niña me sonrió y no pasó mucho para que los dos nos pusiéramos a jugar sentados en el suelo. Me dijo que se llamaba Nancy.

Después jugamos a las escondidas pero no había dónde esconderse, así que uno fingía esconderse y el otro fingía no encontrarlo. Era un juego al mismo tiempo tonto y divertido. Mireya quiso jugar también pero se aburrió y se sentó al lado de mamá, canturreando una canción. En esta parte de acá, donde el muro está caído, una reja permitía salir hacia el otro lado, hacia las rocas. Era una reja pequeña, con una perilla baja. Jalé la perilla y dejé la reja entreabierta porque pensé que me podía esconder tras la bardita en la siguiente ocasión que a Nancy le tocara buscarme, pero vi que su mamá me estaba viendo y me sentí cohibido de usar ese escondite. Cuando me ocultaba detrás de Juan, podía sentir cómo temblaba, como si tuviera frío, con la mirada fija en el mar.

Mis padres y los de Nancy hablaban poco, pero tenían esa mirada de los adultos que entienden lo que pasa. No sé cuánto duró el juego con ella, pero lo suficiente para que lo que parecía una tormenta amainara de forma casi tan brusca como había empezado. De cuando en cuando dejábamos de jugar para ver cómo las nubes empezaban a deshacerse y la lluvia disminuía. Los adultos señalaban espacios en el cielo para corroborar que la tormenta estaba pasando. El cielo escampaba de a poco, dejando apenas un chipichipi insignificante. Lo que no daba rastros de cambiar era el mar, que no dejaba de mostrar su fuerza descomunal. Juan seguía con la mirada fija en él, hipnotizado, creo, por su majestuosidad. Hubo un momento que subió un pie a la barda, como si quisiera saltarla.

—¡Juan! —gritó mi padre—. ¡No!

El “no” lo dijo con una determinación que pocas veces le había escuchado. Mi hermano bajó el pie de inmediato y Nancy y yo dejamos de correr. Los padres de ella voltearon a ver a Juan y luego a mi padre. Mi madre me vio a mí, como si yo tuviera la culpa de aquello. Fui a abrazar de nuevo a mi hermano, que tenía el ceño fruncido y esa expresión seca que a veces se le formaba en el rostro. No me hizo caso, pero yo sentí latir su corazón con fuerza. De pronto todo se volvió tenso dentro de la palapa, como si la tempestad de afuera se hubiese disipado porque se concentraba en esos metros cuadrados que nosotros ocupábamos.

Mi padre tenía ese poder. Decía una palabra y todo se volvía oscuro. Con Mireya y conmigo, al menos, era todo lo que necesitaba. Mi mamá solía jalarnos las orejas, pero mi papá pocas veces nos pegó. Bastaba su voz para aquietarnos. A Juan sí le pegaba más, porque mi hermano desobedecía y papá no sabía cómo controlarlo. Era una edad difícil y él, un hombre de pocas palabras. Aun así, tenía el poder de silenciar todo con una sola de ellas. Cuando llegábamos a hartarlo una amenaza era suficiente, hasta que Juan tomaba el rol de defensor y se le enfrentaba.

Una vez, jugando con Mireya, rompimos un reloj que guardaba en el último cajón de su escritorio. Era un reloj de bolsillo que ya no servía. Recuerdo que tenía un velero grabado en la tapa. El reloj era un recuerdo, o un regalo, o representaba algo, pero nosotros no lo sabíamos y jugamos con él a que navegábamos en el velero y cuando se lo pasé a Mireya o ella a mí, se nos cayó y se rompió. Cuando nos descubrió, mi padre quiso golpearnos pero Juan se interpuso. Le ordenó a Juan que se quitara pero mi hermano no lo hizo y mi padre no nos pegó.

No era un mal hombre. Creo que no necesito decirlo y si lo digo sonará a justificación, a que sí lo era y yo quiero venderles la imagen de que no, o peor aún, que soy yo el que quiere convencerse, pero no es así. Tenía un carácter recio y eso a veces se confunde con maldad, pero no era una mala persona. Ese mismo carácter fue lo que lo llevó, más tarde, a los infartos que a su vez lo llevaron a la muerte.

En la palapa, nadie decía nada. Yo quise hacer o decir algo pero no sabía qué. Vi a mi mamá y a Juan. En el horizonte divisé dos barcos diminutos, de los que se quedan siempre a cierta distancia de la costa, y recordé que papá nos había dicho que no eran pequeños sino enormes pero se veían chicos por lo lejos que fondeaban, pero no pude recordar la explicación que mi padre me había dado de por qué hacían eso. Nadie se movía. Sólo Mireya seguía jugando en el suelo, canturreando su canción como si nada.

Durante un tiempo, traté de jugar con Mireya pero ella me ignoró. Me acomodé un rato en el regazo de mi madre pero me aburrí pronto. Vi a Nancy y ella volvió a sonreírme como si fuéramos los únicos capaces de regresar todo a la normalidad. Me acerqué lentamente hasta quedar frente a frente y entonces la empujé para seguir jugando, pero ella trastabilló y cayó por la puertita que había quedado entreabierta.

Su mamá fue la primera que gritó. Luego su padre salió corriendo para auxiliarla. También mis padres salieron y luego yo. Mireya también quería salir pero mi mamá le dijo que se quedara donde estaba, no fuera a resbalar también. Nancy había rodado un poco en su caída porque de este lado la pendiente del montículo era más pronunciada, como si hubieran arrimado la arena para emparejar la base de la palapa. No le había pasado nada. Parecía que quería llorar pero se aguantó. Su papá se encargó de pararla y su mamá me vio con odio.

Mi mamá se acercó y me dio un zape.

—¿Por qué la empujaste? —me preguntó.

—Estábamos jugando —contesté.

—No estaban jugando —dijo la mamá de Nancy.

Mi papá nos veía sin decir nada. Mi mamá sacudió las rodillas de Nancy y de un jalón en el brazo me acercó y me dijo:

—Discúlpate.

Yo bajé la cabeza.

—Discúlpate —repitió.

—Discúlpame —dije en voz baja.

Nancy no contestó.

—Mira —dijo su mamá—: toda sucia y raspada. —Se lo dijo a Nancy, pero en voz alta, para asegurarse de que todos escucháramos. Le echó agua en los brazos y las piernas.

Yo quería decir que casi no estaba raspada, nomás un poquito, y sucia de por sí ya estaba; pero vi a mi mamá y mejor me quedé callado. En ese momento prefería la incomodidad de un rato antes. O la tromba que la precedió.

Volteé a donde estaba mi papá. Se veía decepcionado. Nos miraba un rato a nosotros y luego a las rocas de atrás, donde el agua se estrellaba con fuerza, con un sonido potente y cavernoso.

—Métete ya —dijo y señaló la palapa.

Primero regresaron ellos: la señora, el papá cargando a Nancy, y al final mis papás y yo, en procesión.

Cuando entramos, nos dimos cuenta de que mi hermano Juan ya no estaba.

II

—¡Carajo! —dijo mi papá y corrió hacia afuera.

—¿Y tu hermano? —le preguntó mi mamá a Mireya.

—No sé —dijo y se encogió de hombros.

—¿Cómo que no sabes? ¡Si te quedaste en la palapa con él!

—Yo no lo vi —contestó.

Hasta la fecha, Mireya afirma que no se dio cuenta, que ella estaba pendiente de nosotros mientras ayudábamos a Nancy y que nunca vio a Juan.

No alcanzamos a verlo por ningún lado. Las huellas llegaban hasta donde las olas las borraban y de ahí no podíamos seguirlas.

—¡Me lleva! —dijo mi papá.

—¿Para dónde se habrá ido? —preguntó mamá.

—No sé —dijo, y señaló las últimas huellas.

—¿Se metió al mar?

—No sé. Puede ser que se haya ido caminando a esta altura.

El recoveco que hace el mar hacia adelante, y las rocas de atrás no permitían ver más allá de unos trescientos metros hacia cada lado. Todavía caía una llovizna pertinaz.

Voltearon a la palapa, como si tuvieran la esperanza de que mi hermano se hubiera escondido ahí. Papá fue a asomarse de nuevo hacia donde se había caído Nancy, pero tampoco estaba. Regresó más alterado.

—Ahorita viene —dijo mi mamá.

—Me lleva —volvió a decir él entre dientes.

—Déjalo —insistió mi mamá—. Es un capricho. Ahorita viene.

—¡Miren! —dije yo—. Aquí está su ropa, sus chanclas y su playera. No se llevó nada. O sea que al rato regresa.

Creí que se alegrarían de mi descubrimiento pero me voltearon a ver con los ojos entornados.

Mi papá trató todavía de asomarse a ver si lograba verlo en el agua. Las olas estaban alocadas. No tenían la cadencia acostumbrada sino que se amotinaban para alcanzar la orilla, desordenadas y arrítmicas.

—Este cabrón —dijo mi papá.

Era la primera vez que lo escuchaba referirse de esa manera a uno de nosotros. Lo había escuchado hablar así cuando se refería a sus subordinados, o a los manifestantes que tapaban las calles, o a la gente que lo hartaba, pero nunca refiriéndose a mis hermanos o a mí.

Íbamos a mudarnos al siguiente mes. Mi padre había ya pedido su cambio desde hacía unos meses y apenas se lo habían aprobado. No nos dijeron los motivos pero yo sabía que era porque mi hermano andaba “en malos pasos”, como decía mi madre, y querían empezar de cero en un ambiente más limpio para él.

En la palapa, mi padre se paseaba frente a nosotros. A ratos se tomaba los cabellos.

—Ya —dijo mi mamá—. Me pones nerviosa.

—¡Qué más nerviosa que esto! —dijo mi padre.

Veía cómo apretaba la mandíbula y cómo se le marcaban las venas del cuello. No me atreví a verlo a la cara.

—Lo voy a matar —dijo—. Ahorita que regrese, lo voy a matar.

Sentí miedo. Quise asomarme también yo, acercarme al mar por si lograba divisarlo, pero mi mamá me paró en seco con un “tú, ahí”.

Y ahí me quedé. Sin saber qué hacer.

Escuché a Nancy decirle a su mamá que ya se quería ir.

—Yo también —dijo su mamá en voz baja—. Pero tu papá no quiere que dejemos a esta gente así.

Ahora que lo veo, nada de especial había en su frase, pero en ese momento su “esta gente” me pareció doloroso. Como si estuviera hablando de leprosos a los que hay que tenerles lástima.

“Qué bueno que la empujé”, pensé.

Mi madre dijo:

—Voy a ir a buscarlo.

—No —dijo mi papá—, voy yo.

El papá de Nancy dijo:

—Lo acompaño.

Mi papá dijo que no pero el señor lo acompañó de todos modos. Unos pasos detrás de él al principio, pero luego a la par. Primero se acercaron al mar, gritando el nombre de mi hermano, y luego se fueron para allá, hacia donde la playa se esconde. Dejaron de gritar después de un rato. O yo dejé de escucharlos.

Por su trabajo, mi papá se ausentaba de la casa por unos días y Juan aprovechaba para escaparse con sus amigos. Todo estallaba cuando papá regresaba. Se peleaban a los gritos y en más de una ocasión escuché a Juan decir que quería irse, que nos odiaba a todos y que prefería estar muerto que vivir en esa cárcel. Yo no entendía bien a qué se refería, y a veces creía que mis papás querían meter a mi hermano a la cárcel y eso me confundía. Cuando le preguntaba a mi mamá me decía que no me preocupara y Juan sólo contestaba que yo era muy pequeño para entender.

La semana anterior mi papá no había estado y mi hermano dijo que se iba a despedir de sus amigos y regresó ya tarde y tomado. Él decía que no y mis papás que sí. El problema fue cuando mi papá revisó la cajita que tenía en la última repisa del librero y vio que le hacía falta no sé cuánto dinero. Entonces fue a despertarlo.

—No estoy criando a un ladrón —le dijo y se sacó el cinto.

A Mireya y a mí nos bastaba eso para salir corriendo. No sé si esperaba eso de Juan, pero mi hermano lo miró retador, observando sus movimientos. Ese acto de alguna manera acobardó a mi padre, que se reacomodó el cinto y dio media vuelta. Juan masculló un insulto en inglés y mi papá le soltó una bofetada que lo tiró de nuevo a la cama.

Mi mamá corrió a detener a mi papá, pero como vio que no intentó más, se apresuró a ver a mi hermano.

—¿Estás bien?

Juan movió la cabeza.

Yo hubiera querido defender a Juan; es decir, me hubiera gustado evitar que mi padre le pegara, como mi hermano hacía con nosotros, pero no supe cómo reaccionar.

—Ya —dijo mi mamá mirando a mi padre y tratando de endulzar la voz—. Mañana arreglamos esto.

Pero no arreglaron nada. Simplemente mi papá no volvió a mencionar el tema y mi hermano dejó de dirigirle la palabra. Cuando propuse venir a esta playa, mi madre se encargó de convencer a Juan y éste accedió, aunque de mala gana.

A mí me ponía nervioso el ruido tan fuerte que hacían las olas al estrellarse contra las rocas. Algunas de las más grandes salpicaban agua hacia arriba, como cuando te tiras de sapito en la alberca, pero en mucha mayor cantidad.

—¿Y Juan? —preguntó Mireya.

—No seas tonta —le dije—. ¿No ves que se fue?

—No le hables así a tu hermana —dijo mamá. Y luego, dirigiéndose a Mireya—: Ahorita regresa.

Yo sentía una opresión en el pecho. Me arrepentí de haber sugerido ir a la playa. Hoy, que tengo una hija que cuidar, puedo imaginar lo que sentían mis padres; puedo intuir lo terrible de esa situación para ellos, pero en ese momento no lo veía así. Pensaba que lo malo le estaba pasando a Juan, que se había perdido, y a mí, que había tenido la culpa. Había visto a mi papá maldecir y a mamá esconder la cara tras las manos, pero no dimensionaba su sufrimiento.

Mi madre repetía:

—Ahorita regresa, ahorita regresa.

Luego salió y corrió hacia el mar pero regresó luego, le dijo a la mamá de Nancy que le encargaba un rato a su hijo y se fue con Mireya por el mismo rumbo que se habían ido los hombres. Yo no supe qué hacer. Por suerte para mí, regresaron pronto.

—¿Lo encontraron? —pregunté, pero no me contestaron.

Mireya dibujaba cosas en la arena y mi mamá seguía caminando. A veces salía de la palapa y yo la espiaba y veía que lloraba.

No tenía buena noción del tiempo pero me pareció que mi papá y el papá de Nancy tardaron más de una hora en regresar. No lo habían encontrado.

Mi papá estaba serio. El cielo se había despejado pero el mar no regresaba a la normalidad. Las olas llegaban con fuerza a la orilla y se seguían estrellando contra las rocas. Todos nos paramos en la arena sin saber qué hacer. Mirábamos el mar, como si de pronto una ola pudiera devolvernos a Juan. Mi padre parecía que había perdido el vigor. Mireya a veces se olvidaba de que no estábamos para sus canciones infantiles y volvía a canturrear pero yo la callaba de nuevo.

Nancy se sobaba de vez en cuando la rodilla y yo caí en cuenta de que era doblemente culpable. No sólo había traído a mi familia a la playa, sino que por haber empujado a Nancy mi hermano se había ido. Entonces empecé a llorar.

—¡Cállate! —me dijo mi papá. Me señaló con un dedo y volvió a decir—: Cállate.

Su voz sonó ronca, profunda. Traté de obedecer pero seguí sollozando por un rato.

El lugar que nos faltaba por revisar eran las rocas, pero nadie lo sugirió. Sugerir eso era un error; por eso, aunque se nos ocurriera, lo callábamos. Sugerir eso era sugerir la certeza de lo peor. Era mejor la esperanza vaga del mar. Como si mi hermano hubiera nadado sin recordar que la playa quedaba para el otro lado. Papá a veces contaba historias de náufragos que habían sobrevivido aferrados a una tabla, un tronco o algo así.

Estuvimos mucho tiempo ahí, con la vista clavada en el mar pero atentos a nada. Mi madre soltaba de pronto suspiros que me daban ganas de llorar de nuevo. El viento de la tarde se dejó sentir sin mucha fuerza.

Entonces mamá se puso a recorrer la playa gritando el nombre de mi hermano. Se acercaba al mar y luego se alejaba hasta la orilla de la playa. Se mesaba los cabellos. Mi padre la veía a intervalos.

—Ya —le dijo—, que me desesperas.

—¿Y cómo crees que estoy yo? —dijo ella.

Yo miraba el mar, tratando de escudriñar cualquier detalle. Creía que si yo era el primero en ver a mi hermano sería el héroe que habría salvado a la familia. A veces me quedaba viendo un punto fijo y me concentraba con todas mis fuerzas para tratar de que apareciera ahí, pero no sucedía.

Mis padres se apartaron de nosotros y platicaron de cosas que no alcancé a escuchar. Yo me fui alejando poco a poco en dirección contraria hasta que corrí hacia las rocas. A la distancia vi a mi madre correr tras de mí. Pese a que le había sacado cierta ventaja, me alcanzó cuando ya trepaba yo las rocas de abajo. Logré llegar hasta el segundo bloque, pero desde ese punto no se podía ver nada. Yo creí, en ese momento, que había logrado escalar muchísimo, pero ahora que lo veo, apenas estaba en la base. Quise subir un poco más pero las rocas tienen algunas partes puntiagudas y otras lisas y estuve a punto de resbalar por no apoyarme bien. Mi madre me detuvo y me bajó con cuidado. Mi padre ya estaba ahí cuando regresamos a la arena.

—No lo vuelvas a hacer —dijo mi madre.

Mi papá no dijo nada. Me tendió la mano y regresamos hasta donde la familia de Nancy cuidaba de Mireya.

—No estaba ahí —dije yo.

Entonces Mireya dijo:

—Allá viene —y señaló rumbo a la playa, en la lejanía, donde una figura caminaba con pasos cansados.

—¡Sí! —dije, pero no estaba seguro. A esa distancia no era posible distinguirlo, pero mi madre dijo también que sí, y hasta los papás de Nancy.

Mi padre, en cambio, se quedó callado. Entrecerraba los ojos. Tal vez para distinguir mejor de lejos. Vi de nuevo la vena de su cuello. Su mandíbula presionando, desfigurándole la cara.

—¡Sí! —grité—. ¡Sí es! —Ahora lo había reconocido. Salté de gusto—. ¿Voy? —le pregunté a mi mamá, pero me dijo que no.

Mi hermano Juan caminaba como si los pies le pesaran toneladas. Después nos contaría que caminó por toda la playa, sin detenerse, que casi llegaba a la zona de los hoteles hasta que se dio cuenta de lo tarde que era y dio media vuelta. Que a esas alturas no tenía ya fuerzas.

Nosotros no nos movimos. Nos paramos juntos, como la familia que después llegaríamos a ser, a esperar el regreso de Juan.

Yo seguía dando saltos y gritando “¡Sí, sí!”.

Mi papá entonces se adelantó. Yo sentí cómo el corazón se me aceleraba. Papá respiraba con fuerza, como un toro al que están a punto de soltar. Tenía las manos crispadas. Juan se detuvo a unos cuantos metros. Las huellas de papá quedaban marcadas en la arena mojada, hasta que llegó frente a Juan. Entonces corrí y me lancé sobre mi hermano, lo derribé embistiéndolo por las piernas, como me había enseñado mi padre, y cuando cayó lo ataqué en la arena. Juan estaba muy cansado para defenderse. Atinaba apenas a cubrirse el rostro mientras yo le daba de puñetazos. Como vi que no le hacía mucho daño, recurrí a las patadas. Mi papá tuvo que intervenir porque cuando Juan quiso incorporarse y apartarme le mordí el brazo y mi hermano aulló de dolor. Mi mamá también intervino y hasta el papá de Nancy.

—¡No lo vuelvas a hacer! —le grité a Juan.

Yo seguí tirando patadas al aire mientras me alejaban en vilo. Mi padre me dio una bofetada y hasta entonces me calmé. Nancy y su madre se me quedaron viendo.

—¡Quieto! —dijo mi padre, aunque no era necesario porque yo ya lo estaba.

Esperamos ahí un rato a que mi hermano se recuperara. El mar rugía desde las entrañas. Las olas llegaban hasta esta altura, y algunas incluso trepaban por la arena como si quisieran alcanzarnos. Papá corrió con fuerza y se zambulló en las aguas encrespadas. Nadaba hasta donde era vencido por alguna ola que lo regresaba de nuevo la orilla. En aquellas aguas, el hombre fuerte que era parecía un muñeco de trapo a merced de la naturaleza. Aunque eso no fue suficiente, pues papá se aferraba más y braceaba y pataleaba con desesperación. En un momento lo perdimos de vista porque una ola enorme golpeó la playa y lo engulló a su paso, pero cuando empezábamos a preocuparnos lo vimos aparecer más adelante, acomodándose el traje de baño y empujando como podía hacia adentro.

Supongo que fue un espectáculo bochornoso para la familia de Nancy, pero a nosotros no nos importó. Después de un rato así, mi padre salió del mar y dijo:

—Es hora de regresar.

Nos despedimos de los papás de Nancy. Es decir, mis padres lo hicieron y hasta intercambiaron datos.

—¿Te despediste? —preguntó mi mamá al partir.

—Sí —dije yo, aunque no era cierto.

Ellos se fueron por donde habían llegado y nosotros nos dirigimos a la casa. Juan caminaba cerca de mí y yo iba al pendiente de que no quisiera desquitarse.

Mireya pidió a mi papá que la cargara y él la levantó en hombros. A ratos, mi hermana canturreaba la canción que estuvo repitiendo todo el día. A mí me daba envidia ver en su pelo ese tono dorado que brillaba al sol.

***

Azarel Doroteo Pacheco nació en Asunción Tlacolulita, en el estado de Oaxaca. Publicó un libro de cuentos titulado El bastardo (Matanga Taller Editorial, 2022) y participó como coautor del libro De chile, mole y pozole (Matanga Taller Editorial, 2013).

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