«Rapunzel» (cuento), de Evaristo García

Hace meses que suben con Veronica al vía crucis los jueves a las tres de la tarde. Hoy le va a
fallar, le avisa ‘la doc’ por Whatsapp. Héctor responde con un pulgar arriba mientras sostiene el
volante con la otra mano, prefiere no insistir ni preguntar. El teléfono vuelve a vibrar.

[02:49 p.m., 11/7/2024] Dra. Díaz: la chica de la que te hablé, recién me avisan que la trasladan
hoy.
[02:50 p.m., 11/7/2024] Dra. Díaz: tengo que estar en la clínica cuando llegue.

Héctor envía el ‘ok’ sugerido por el teléfono como respuesta rápida. Piensa que cuando
trabajaban juntos en el equipo de adicciones las cosas iban mejor. Compartían los mismos
horarios, las mismas tardes libres, los mismos casos y hasta a veces los mismos pacientes. Pero
ella siempre quiere más, piensa Héctor, tomó ese cargo en neuropsiquiatría y ahora vive para el
trabajo. Mientras tanto yo soy un conformista, continúa Héctor su hilo de pensamiento, con casi
veinte años más de carrera sigue estancado, renegando con pendejos faloperos por un sueldo de
mierda.
Al tomar la ruta el tránsito se empieza a ralentizar, Héctor viene ensimismado y no repara en el
embotellamiento de vehículos. Unos segundos después su cabeza vuelve al asfalto y piensa que
puede tratarse de un control de la policía caminera o algún motociclista accidentado. Como un
reflejo casi inconsciente corrobora llevar las luces encendidas y se palpa el pecho para
comprobar el cinturón. Otra vibración lo devuelve con ‘la doc’.

[02:53 p.m., 11/7/2024] Dra. Díaz: si me desocupo temprano vamos a tomar un café y te cuento.

Verónica a veces lo desconcierta. A todo lo que hace le pone la misma energía y yo, reniega
Héctor, ya pienso en desistir de la escalada si el tránsito no afloja. No es por el tránsito, se
sincera, es que no le gusta subir solo, como no le gusta hacer nada solo.
Hace semanas que Verónica espera a su nueva paciente, una chica derivada de Mendoza. Está
tan entusiasmada con el caso que prácticamente es de lo único que hablan con Héctor, quien
tampoco propone otro tema de conversación. El paisaje de las sierras le va a venir bien, le
comenta Verónica, no serán las montañas de su provincia pero es algo, así la distancia tal vez no
le pese tanto. Héctor piensa que da igual, que va a estar encerrada, que lo que pueda llegar a
mirar por la hendija de las persianas no hará diferencia, que Verónica es demasiado optimista.
Algunos vehículos se detienen, otros se salen a la banquina y toman algún desvío. Héctor divisa
el camión de los bomberos más adelante, las luces parpadeantes de la sirena de una ambulancia y
algunos inspectores de tránsito municipal redireccionan la congestión por la rotonda de ingreso
al centro hacia la avenida principal. Héctor se tira a un costado de la calzada y estaciona debajo
de un algarrobo, detrás del guardarrail. Baja el teléfono y las llaves del auto para trabar las
puertas, piensa en volver a su casa y acostarse a mirar la tele, pero decide caminar hasta la
entrada del vía crucis. Le responde a Verónica, ‘ok’. Luego le escribe tres mensajes más.

[03:01 p.m., 11/7/2024] Héctor: estoy por subir al vía crucis.
[03:01 p.m., 11/7/2024] Héctor: cortaron la ruta.
[03:02 p.m., 11/7/2024] Héctor: acordate que arriba no hay señal.

De repente le resulta tonto el último mensaje. A ‘la doc’ no se le escapan esos detalles. Así
consiguió que le deriven una paciente desde un sanatorio de ciudad hacia una clínica de pueblo.
La importancia de los detalles, le había dicho Verónica, la atención que podemos brindarle acá,
el tiempo que podemos dedicarle, en una ciudad grande no se le pueden dar nada de eso.
Verónica es una doctora de ciudad, se le había ocurrido pensar a Héctor, como si existiese esa
especialidad.
A la altura del viejo hospital el paso peatonal también está cortado. Imposible subir al vía crucis
hoy, piensa Héctor, y se acuerda cuando era chico y con su hermano subían al vía crucis por el
camino alternativo, que no era un camino propiamente dicho pero funcionaba como un acceso
lateral para quienes podían meterse por detrás del hospital viejo, tal era el caso de Héctor y su
hermano, hijos del entonces director del nosocomio. Ahora piensa en esa aplicación de trekking
que le instaló Verónica en su teléfono. Resulta que el teléfono me va a enseñar a caminar, se
había quejado en aquel entonces Héctor, y le parece gracioso que la aplicación necesite señal
para controlar el recorrido.
Héctor corta camino por detrás del viejo hospital y se adentra en los churquis, que están
muchísimo más altos y espinosos que cuando los atravesaban con su hermano. El sol de la siesta
empieza a picar y ahora Héctor piensa en que no es época de víboras pero que debería fijarse
bien por dónde pisa. El pantalón se le llenó de rosetas y sabe que ‘la doc’ se le cagaría de risa si
lo viera ahí, en medio de la nada, puteando solo como un loco. Hay demasiado silencio, y esa
calma, tan esperable del monte solitario, de esa cortada en el cerro detrás del viejo hospital, ese
vacío no le gusta a Héctor. En el fondo soy bastante cagón, piensa, Verónica tiene razón.
Es la paciente 927 del Instituto Los Sauces, le había comentado Verónica sobre la paciente que
esperaba, un caso rarísimo. Raro sería que me pase algo acá, se dice Héctor, sin señal entre estos
churquis no te encuentra nadie. Calcula que debe estar a mitad de camino, el trayecto por ese
lado es más corto pero empinado. Se escucha un ruido entre el yuyal, o le pareció escuchar,
ahora da igual. Debe ser el viento, se dice, y sabe que no hay viento. Un perro, eso podría ser, un
perro de algún campo vecino. Más adelante hay un espinillo, seco pero robusto, detrás divisa una
sombra, un bulto, no es un perro. Quién carajo me manda, se pregunta Héctor, sí Verónica no
vino, si el paso estaba cortado, por qué no me fui a la cama, a ver la tele.
El bulto se vuelve a mover y el sol encandila una silueta apenas más alta que los churquis,
apenas más gruesa que el tronco del espinillo. Héctor ve un cuerpo escuálido que se acerca lento,
encorvado, una cara pálida con ojeras hundidas. Cabello largo, bastante largo y oscuro pero
raleado, muy raleado, como si se le desprendiera del cuero de la cabeza, como si le hubiesen
arrancado el pelo de a mechones. Está envuelta en una bata amarillenta cubierta de rosetas y no
se le alcanza a ver más abajo. Estás bien, nena, se le ocurre preguntar a Héctor con las piernas
soldadas al suelo. La chica no responde, intenta balbucear algo pero no dice nada, la boca se le
mueve como si masticara algo chicloso y a Héctor le parece ver pelos salir de la boca, los pelos
que le faltan en la cabeza, piensa.
El síndrome de Rapunzel, le había explicado Sol, la paciente 927 sufre el síndrome de Rapunzel.
Le diagnosticaron tricotilomanía por el impulso compulsivo de arrancarse el cabello, y tricofagia
por el hábito de comerse el cabello. Ingirió tanto cabello que se le formó una bola de pelo entre
el estómago y el intestino. Héctor pensó en la ambulancia detenida en medio de la ruta, en
Verónica esperando en su consultorio, en el viejo hospital que cercaba ese tramo de monte entre
la cima del cerro y la salida del vía crucis. Héctor quiso pensar en algo más cuando el cuerpo de
pelo raleado y boca atragantada se le venía encima como suplicando. Tranquilizate, te puedo
sacar de acá, le dijo Héctor o se dijo a sí mismo y sintió ganas de vomitar. La chica lo agarró por
los hombros y con la mirada perdida dejó correr sus dedos flacos y huesudos por la nuca del
médico. Héctor sintió el tirón en su pelo, por un instante sus manos dejaron de sentirse
paralizadas y envolvió el cuello esquelético de la chica que ahora sí le hizo vomitar, dos
borbotones gruesos y un tercero de casi nada más que saliva, estampados sobre la bata
amarillenta y llena de rosetas, empapada de sudor. Héctor le aprieta el cuello, siente los huesos
frágiles detrás de la piel traslúcida, casi sin carne, la siente desvanecerse entre sus manos. Sin
señal entre estos churquis no te encuentra nadie, recuerda, y deja caer el teléfono al suelo.
No vamos a ir a tomar un café, piensa Héctor, y no te voy a contar, nada, nunca, mientras sube al
auto estacionado debajo del algarrobo, lo pone en marcha y se va.

Evaristo García nació en 1991, es cordobés (Argentina), más precisamente de Santa Rosa de Calamuchita.
Evaristo es geógrafo (estudia la organización del territorio y la relación entre la sociedad y el espacio)
y también repara calzados.
«Rapunzel» recibió una de las 18 menciones honoríficas del Concurso de Cuento argentino 2024.
Su Instagram es @evaristo_91


Ilustración a cargo de Ernesto Dumit, «Desnudos»

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