la voz de las preposiciones (cuento) – D.

La voz de las preposiciones

Dos preposiciones desconocidas, En y Por, esperan el colectivo en Av. Córdoba al 3200.

—Qué frío jetudo, loco —dice Por, tiritando.

En lo mira con recelo.

—¿Esperás el 99? —insiste Por. En ve cómo le tiembla la erre.

—Sí. —En desvía la vista a la calle.

Por lo estudia unos segundos. Pregunta:

—¿Vivís por acá, vos? Está carito este barrio… —Por abre los ojos de golpe—: Disculpame, no es porque seas preposición, no quería… ¿Dónde laburás?

En lo mira una vez de reojo y devuelve la vista a la avenida.

Una crin de mandarinas en llamas —musita; como aparentemente ve que Por lo oye atentamente, agrega sin mirarlo—: de Jerónimo Corregido.

—No conozco, ¿son nuevos?

En se queda mirando un BMW que pasa a toda máquina.

—¿Era un Por? —pregunta, alucinado.

—¿El que manejaba? Sí, pasa siempre por acá —dice Por con naturalidad—. Labura en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, en barrio Belgrano.

En suelta el aliento, azorado. En el amanecer porteño ruboroso de las seis y media de la mañana, las dos preposiciones, echando vapor por las vocales, miran en silencio cómo el auto se aleja a toda velocidad por la avenida hacia un estrellato inalcanzable y apenas soñado. Sin mirar a Por, En retoma el discurso:

—Sí, la empresa es algo nueva, pero es todo muy raro.

Por le clava la mirada, curioso. En saca un atado del jean, Por le ofrece fuego, En le regala un cigarrillo.

—¿Pagan bien? —indaga Por soltando el humo.

—Qué va, qué va —dice En sin alterar el talante. Nunca lo mira. En sus ojos se va despertando el reflejo del cielo.

—¿Qué laburo es? ¿Operarios? ¿Oficina? ¿Lleno de preposiciones, artículos, pronombres, esa movida?

En sostiene el aire unos segundos. Por no deja de escrutarlo. En suelta el humo, mira la avenida y responde sin mirarlo:

—No, no. Hay cada personaje, es más bien una start-up.

Por levanta las cejas:

—¿Esas empresas que crecen rápido decís?

Y por primera vez, En expresa una emoción: frunce el entrecejo.

—Eso prometieron, pero viste cómo está todo…

Por menea la cabeza, desaprobando en el gesto la basura de la calle, la tardanza del bondi, la mala paga y los peores tratos, la injusticia de ser preposición en un mundo gobernado por sustantivos y verbos.

Por pregunta:

—¿Y entonces qué tipo de gente hay?

En lo mira de frente por primera vez y responde:

—Insólita. El otro día, por ejemplo, me crucé en el pasillo con una Endecasilábica.

Por redondea los ojos y suelta un chiflidito:

—¡No me digas!

En asiente con elocuencia conteniendo el humo, y luego mira a un costado como si la importancia de la historia lo obligara a repasar algo mentalmente.

—Altísima, como te imaginarás.

Por larga el aire y hace un gesto brusco:

—¡Justo te iba a decir! Con esa gente, tiene que haber guita metida en eso.

En se encoge de hombros y mira el cielo, un incipiente cobre.

Por mira la avenida y da un salto:

—¡Ahí viene el 106! ¿Lo paro?

En le da una pitada profunda al cigarrillo. Por levanta la erre y el colectivo se detiene con una cacofonía. En tira el pucho y se sube, mientras Por le da una última pitada al suyo.

ilustración del Hombre Grenno

En apoya la SUBE.

—Buenas, buenas —saluda Por. El chofer es un pronombre relativo: un Que con cara de pocos amigos que no devuelve el saludo. Por apoya la SUBE mientras estudia la tripulación.

No va lleno, pero cargado. A la derecha y de pie, hay un Lentamente con auriculares y mirada perdida, un Pero con los ojos cerrados y dos A que no paran de bostezar. Divisa una parejita, De y Una, dormitando entrelazados en el fondo, y una madre, Y, con los que parecen sus hijos: Mal y Pronto.

Por Sigue a En con naturalidad. En encuentra un hueco cerca de la puerta de bajada y se aferra al caño. Por capta un brillo a su izquierda y lo que ve lo deja embelesado: una Rosa va sentada contra la ventana con el misterio de una mirada perdida.

—¿La viste? —le pregunta a En cuando se hubo acomodado.

En no responde, pero lo mira.

—Una criatura así tendría que estar en alguna sucursal de Lord Byron o en una empresa del Grupo Romántico, mínimo, ¿qué hace en este bondi?

En se encoge de hombros, visiblemente incómodo, y pregunta, quizá para cambiar el tema:

—¿Y vos dónde laburás? ¿Almagro?

Por niega con la cabeza, mirando de reojo a Rosa.

—¿Caballito?

Por suspira y mira a En, que tiene los ojos puestos en la ventanilla. Por mira y ve cómo la avenida, progresivamente poblada de vocablos, va ganando los colores del día. Luego responde:

—No, tengo una entrevista de trabajo cerca de Parque Centenario.

Se hace el silencio entre las dos preposiciones. Alguien toca la chicharra.

—Permiso —dice una voz estruendosa por detrás.

Por y En se achican contra el margen para dejar pasar a Lentamente. Vuelven a acomodarse mientras el colectivo retoma la marcha.

—¿Quiénes son? —pregunta En, que ahora parece interesarse.

Por mira a Rosa con disimulo, alternando con el afuera. De pronto abre grandes los ojos:

—¡Mirá!

En arroja la mirada por la ventanilla a toda velocidad.

—¿Qué?

—¡Una Poesía!

En parece divisarla enseguida, bamboleante y estilizada, con maquillaje y ademanes medidos. Y la vista clavada en su celular. En frunce las comisuras de los labios.

—Menudo milagro… —musita.

—¿El qué? —dice Por y lo mira.

—¿Vos todavía les creés algo a esas?

Por abre la vocal sin articular sonido. La cierra y mira para afuera. Habla sin mirarlo, casi a los refunfuñones.

—Estoy yendo a ver a un Albórbola, dice que tiene un proyecto entre manos y…

—¿Albórbola? ¿Qué hacés viendo a esos dinosaurios? Pensé que ya estaba muerta esa gente.

Por no lo mira. Vuelve a ojear a Rosa. El colectivo se detiene y suben De, Más, Dale, Sarpado, Piola…

—El tipo está grande, sí, pero quiere proponer algo vintage.

En levanta las cejas. Por lo percibe y ve el incentivo para continuar, pero un golpe lo descarrila: un Orondo anciano y jubilado se lleva puesto cuanto hay a su paso sin pedir permiso ni disculpas. En se apelmaza contra un Olvidé que va dormitando en el asiento. Por se arrellana voluntarioso contra Basta, que va junto a Rosa. Siente su encantador aroma.

—No está mal —dice En haciendo un gesto manual de disculpa a Olvidé que, aún dormido, no se enteró de nada—, pero yo que vos buscaría laburo en algo moderno, tipo en Mariana Enríquez, en Stephen King, esa gente.

Por se acomoda en el lugar y responde distraído:

—Pero esos nombres son otro nivel.

—Pero tienen mucho laburo, seguro necesitan preposiciones a mansalva.

Por lo mira. No es muy cortés que digamos andar recordándose su condición. Aunque Por es consciente de que un poco lo merece, por la metida de pata en la parada. Y viniendo de otra preposición, no es tan grave.

—¿Vos estás diciendo lo que creo que estás diciendo?

En no lo mira. Tiene los ojos opacos. Por siente algo profundo, más que la impresión que le había causado Rosa.

Mira a En con todo el cuerpo y responde:

—Vos me estás diciendo que me meta en una de esas ediciones pirata…

Se nota que En traga saliva y muerde la mandíbula. Por continúa sin dejar de mirarlo:

—¿Dónde quedaron las grandes causas? ¿Vos no soñás?

En aparta la mirada hacia la puerta. Por no se deja desalentar. Ya se olvidó de la Rosa sentada en el asiento, porque ahora siente que la empuña en la erre:

—¿No te parece que un día podés ascender? —Por enarbola el gesto italiano típico—. ¿Qué un día vas a ser un Encajetado, un Enajenar —Por levanta la voz— un Entierro, ¡un Enhiesto!?

El Basta gira la cabeza, las dos A lo apuntan con la mirada, el Olvidé abre los ojos. Se hace un silencio en el colectivo. En tiene la mirada gacha. Por murmura, entre compasivo y perseverante:

—¿…un Empero?

En gira la cabeza, redondea los ojos y suelta un chiflidito. Dice:

—El otro día vi uno en el ascensor de Una crin de mandarinas en llamas —y sonríe. Por nota que se le marcan dos pocitos en la E.

En el amanecer porteño anaranjado de las siete de la mañana, las dos preposiciones, algo sonrientes y algo altivas, miran en silencio cómo las páginas de la ciudad se despliegan a través de la ventanilla del colectivo que los lleva hacia un porvenir de aventuras sintácticas y de semánticas promociones.

El colectivo se detiene en Malabia y Padilla. Por sabe que tiene unas cinco cuadras hasta el Parque Centenario. Como si ambos supieran que cualquier palabra arruinaría todo, se estrechan la letra con afán y se despiden con dignidad.

Por salta del colectivo, que exhala y reprende la marcha. Hace unos metros pensando en la posibilidad de contratar a una Endecasilábica para el nuevo proyecto. Cuando su mente repone la Rosa en su imaginación, toma distraído un volante que le entrega una de esas figuras abandonadas y casi invisibles que se repiten por las calles (una tilde, un signo de exclamación abierto, una diéresis). Distraído, ojea el volante. Lo que lee lo deja helado: “Sabemos que está cansado de su situación gramatical y que desea un ascenso: TENEMOS LA SOLUCIÓN A SUS PROBLEMAS. Únase al mercado digital y trabaje desde casa: sea protagonista de los mejores ebooks, desde Homero hasta Mariana Enríquez”.

Por arruga el papel y se muerde la grafía. Se da vuelta con el grito preparado para destrozar a cualquier contratador negrero que se atreva a insultar la literatura con laburos malpagos, pero algo lo detiene: frente a él, otro Por, raquítico, semidesnudo, con una frazada raída sobre los hombros y un manojo de volantes temblequeantes en la erre lo mira, más opaco que un paréntesis.

Por, atónito, abre la erre para volver a mirar el volante: pero solo ve los pétalos marchitos de una rosa frágil que se vuelan con el viento de la madrugada porteña.

D. (1992) traslada voces mientras busca la suya. Este cuento salió publicado en la Gambito de papel no. 16, en diciembre de 2022.

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