La sombra – Juan Pablo Santilli

Este texto forma parte de las menciones de honor del Premio de Cuento organizado por Gambito de papel en 2024

LA SOMBRA

(…) no seremos mujeres jamás, jamás sombras de nadie

Cesare Pavese

Antepasados

Mi padre murió un martes. Lo velamos y lo enterramos. Como corresponde.

Dos días después pasé para ver cómo estaba mi madre. No tenía ganas de hacer eso, pero tampoco tenía opción. Es mi madre, y yo su único hijo. Hay cosas que no se discuten. 

Cuando llegué la encontré friendo rabas. Eran las dos y media de la tarde. Un jueves a las dos y media de la tarde mi madre estaba friendo rabas. Y dos días antes había muerto mi padre. Su esposo de toda la vida.

La cocina olía a aceite hirviendo. El extractor del aire estaba apagado y todas las ventanas cerradas: el olor a frito desbordaba la cocina y se esparcía por el resto de la casa. Todo iba a oler a rabas fritas al menos por los siguientes tres o cuatro días. Todo. Paredes. Sillones. Libros. Cubrecamas. Todo.

Pero mi madre no parecía demasiado preocupada por eso. Ni por eso, ni por ninguna otra cosa. En pie frente a las hornallas, zarandeaba con suavidad el sartén mientras se balanceaba hacia los lados y emitía un murmullo entrecortado. Yo conocía ese murmullo. No llegaba a ser una canción, ni un soliloquio, ni nada reconocible. Una mezcla de canto de esclavos con zumbido de cables telefónicos. Algo así. 

La había visto hacer eso durante toda mi infancia. Por ejemplo cuando enceraba los pisos; o cuando tendía las camas. Siempre murmuraba de esa forma, para mí era lo más natural del mundo. Y sin embargo ahora, parado ahí, a sus espaldas, rodeado de vapores de aceite caliente -un jueves a las dos y media de la tarde-, me parecía estar escuchándolo por primera vez.

Me sentí un intruso; estuve a punto de dar media vuelta y salir sin que ella lo notara. Pero no lo hice.                                              

Me quedé un momento escuchando, sin atravesar todavía la puerta de la cocina. El murmullo de mi madre se mezclaba con el borboteo del aceite hirviendo; y desde alguna de las habitaciones del fondo llegaba el sonido de la radio. El conjunto resultaba extrañamente placentero.

Era evidente que mi madre no me había escuchado entrar. Llevaba puesto un viejo pantalón de gimnasia y unas pantuflas. Y una bata que le cubría hasta las rodillas. No sé qué llevaría bajo la bata, pero por la forma en que abultaba era evidente que iba abrigada. Era octubre, pero todavía hacía frío.

Retrocedí hasta la puerta de entrada, la abrí y volví a cerrarla con fuerza, de un golpe. Quería que mi madre me escuchara, así no se sobresaltaba. Me hubiera fastidiado mucho verla sobresaltarse. De modo que retrocedí, pegué un portazo y después grité un saludo. Intenté que sonara espontáneo. Desde la cocina, mi madre me preguntó si era yo. Le respondí que sí, que era yo.

Cuando llegué otra vez a la cocina traté de sonreír y mostrarme distendido. Tuve que hacer un gran esfuerzo: no podía sacarme de la cabeza la idea de que también mi ropa olía a rabas y a aceite de cocina. Y yo tenía cosas que hacer después. Tendría que volver a mi casa, bañarme, cambiarme la ropa, poner todo a lavar.

— Hola má.

Sabía que tenía que darle un beso, un abrazo al menos. Pero tampoco sentía ganas de eso. Le di un beso, es lo que corresponde. Me preguntó cómo andaba yo, mientras me daba la espalda para volver a tomar con firmeza el sartén y sacudirlo un poco.

— Esperá un cachito que no quiero que se quemen.

Abrí la heladera. Estaba repleta de comida: quesos, manteca, verduras, un pollo, fiambre todavía en su paquete original, sin abrir. Frutas, dulce de batata y dulce de membrillo. Saqué el dulce de batata y un trozo de queso blanco.

— Estás haciendo rabas.                                                                                                 

Me contestó sin darse vuelta.

— Sí, tenía ganas de comer rabas y estaban en precio. Ahí tenés galletitas, y hay pan fresco también si querés.

Le respondí que no, que queso y dulce estaba bien.

— No quiero comer tanta harina, no hace bien.

Creo que no me escuchó. Siguió agitando el sartén y volvió a los murmullos. Dejé pasar unos minutos. Me llené la boca con queso y dulce antes de hablar, en un intento de que mis palabras sonaran livianas.

— ¿Tuviste que hacer cosas, un trámite o algo? La próxima vez decime y veo si lo puedo hacer yo.

— No fui a ninguna parte. Ayer hice las compras y después no volví a salir.

— ¿Y entonces?

— Qué.

— Son casi las tres de la tarde, mamá.

— Se hizo esa hora. ¿Te quedás a comer?

— No, no, ya comí. Más temprano, al mediodía.

— Me imagino. Como corresponde.

— Yo como a la hora que como; nada más. Cada uno es cada cual.

— Sí, creo haberlo oído.

Por un rato nos quedamos en silencio. Era incómodo, así que le pregunté cómo había andado esos días. Otra vez pareció no escucharme.

— Haceme un favor, ya que estás sin hacer nada —dijo.  — Corré esas cosas y poné la mesa. Y si te vas a quedar ponete un plato para vos también.

— No mamá, no me voy a quedar. Tengo cosas que hacer. Mañana paso otro rato.

— Bueno, dejá, lo hago yo. No hace falta que pases mañana, yo estoy bien. Cualquier cosa te doy un golpe de teléfono.

Corté un trozo grande de dulce batata y me lo metí en la boca. Sin queso esta vez.

— Voy a venir; no es por obligación ni me molesta. Lo hago porque quiero.

— Vos sabrás. Pero no hace falta.

Corrí las cosas de la mesa. Puse un plato, un vaso, una servilleta, dos cubiertos. Cargué la panera y la sumé al resto. Y una botella con agua.

— Bueno, listo. Te veo mañana. Llamame cualquier cosa, ¿sí?

Me apuré a salir. Mi madre tiene la fastidiosa costumbre de acordarse de algo cuando uno ya está con un pie en la calle. Siempre es algo intrascendente e innecesario. Esta vez no le di chance. 

Al día siguiente no volví. Ni al otro. Ni al siguiente, que era domingo. Tendría que haber vuelto el domingo, era lo más lógico; pero sólo el lunes tuve ánimo para hacerlo. Así que me decidí y pasé el lunes. Cerca de la diez y media de la mañana hice sonar el timbre y abrí la puerta.

Me detuve en seco, paralizado por la sorpresa.

Sentada en uno de los sillones del living, muy erguida, había una nena. Debía tener unos diez años. Miraba la televisión. No me miró, no hizo ningún movimiento. Siguió mirando la televisión.

Me sentí confundido; desde una de las piezas del fondo llegaba el sonido de la aspiradora. Miré un poco más a la nena y luego atravesé el pasillo hasta la pieza. Encontré a mi madre inclinada sobre la alfombra, en medio de una nube de ruido y polvo suspendido. Movía enérgicamente los brazos y murmuraba.  

—Má.

— (…)

— ¡Má!

Me miró y apagó la máquina.

—Esperá que termino con esto y ya estoy.

Volvió a encender la aspiradora. Comenzó a murmurar otra vez, como si yo no estuviera allí. El sonido alto y agudo de la aspiradora resultaba irritante. Grité, intentando sobreponerme.

— ¡QUIÉN ES LA NENA!

Mi madre me hizo una seña de que esperara, que no escuchaba lo que le estaba diciendo. Siguió aspirando durante cinco minutos más. Cuando terminó, desmontó el tubo y la boquilla de la aspiradora, y enrolló el cable.

—Haceme un favor: llevala vos y guardala en su lugar.

Levanté la máquina y seguí a mi madre por el pasillo, en dirección a la cocina.

— ¿Quién es la nena?

No me contestó. Siguió caminando; y yo detrás de ella, cargando la aspiradora. Entramos en la cocina. Desde el living llegaba el sonido de la televisión.

— Dejala por ahí; yo después la guardo.

— La puedo poner en su lugar, si querés.

— No, dejala por ahí que le quiero vaciar la bolsa.

— ¿Querés que lo haga yo?

— No. Gracias. Yo me ocupo.

— Como quieras. ¿Y quién es la nena?

Abrió la heladera, miró un poco y volvió a cerrarla sin sacar nada.

— La nena que está en living, má. Mirando la tele.

— Me la traje de la parroquia. La madre está medio loca, no la puede tener. Es un encanto, calladita. La familia es paraguaya, tiene un pelo hermoso. Se llama Luna.

— ¿Y no se puede hacer cargo el padre?

Mi madre me miró con una expresión que no le conocía. Nunca había visto esa sonrisa en ella, esa forma de torcer las cejas.   

— No me hagas reír —dijo. Y volvió a abrir la heladera.

Algo estaba mal. Algo había pasado en aquellos días y las cosas se habían corrido de su sitio. O acaso mi madre sabía algo que yo no, y entonces se comportaba de aquél modo. Sentí que tenía que hacer algo. Tenía que decir algo que volviera las cosas a su lugar, algo importante y definitivo. Pero no se me ocurría qué. Pensé que mi madre estaba comenzando a sufrir problemas mentales, demencia o algo así.  

—No podés hacer esto, mamá. Si querés ayudar a esa gente tenés que llamar a un juzgado, o al servicio social. No podés traerte una nena así porque sí.

Me miró otra vez con esacara.

— Así porque sí. Cada uno es cada cual. Tendrías que escucharte.

— (…)

— ¿Te quedás a comer?

—No, tengo cosas que hacer (…) Mirá, vamos a hacer así: si a vos te parece, que se quede acá por hoy. Yo ahora hago un par de llamadas, y mañana la llevamos a algún lugar en el que se puedan ocupar de ella.

—Yo me puedo ocupar de ella.

—Sí, mamá, ya lo sé. Pero no es legal, no está bien. Podés meterte en problemas.

Abrió un cajón de la mesada y hundió un brazo hasta el fondo, sin mirar. Sacó dos trapos viejos. Los olió y descartó uno.

—Voy a seguir con las piezas, están hechas un asco. Si salís, abrí las persianas del frente, por favor. Que entre un poco de sol.

Dio media vuelta y se alejó por el pasillo. Desapareció en una de las piezas. La escuché abrir y cerrar cajones, arrastrar cosas. Volvió a empezar con el murmullo.

Salí de la cocina dispuesto a irme.

En el living, la nena seguía frente al televisor. Me quedé parado al lado de ella, mirando yo también hacia la pantalla. Estuvimos así un rato, hasta que me di cuenta de que había torcido la cabeza y me miraba.

—Vos no le podés decir a tu mamá lo que puede hacer y lo que no puede hacer.

Le pregunté si ella era Luna. Me respondió que sí, que para qué preguntaba si ya lo sabía.

— ¿Y por qué decís eso?

— Qué.

— Que yo no puedo decirle a mi madre lo que puede y lo que no puede hacer.

— Porque es así. Vos no podés.

— ¿Y por qué, si se puede saber?

— Porque es tu mamá.

— Bueno, precisamente por eso es que puedo. Y te digo más: considero que es mi deber. Es una forma de cuidarla, ¿no te parece?

— No.

Noté que empezaba a angustiarme. Siempre es igual: una aguja finita que de pronto perfora un pulmón, y la angustia que comienza a derramarse y a ocupar espacio.

— ¿Extrañás a tu mamá?

— No. Me gusta más estar con la abuela.

Quise reírme pero no me salió.

— Bueno, no es tu abuela, sabés eso, ¿no?

— Ahora es mi abuela. ¿Y vos?

— Yo qué.

— Si extrañás a tu papá. La abuela me contó que se murió hace poco. Pusimos unas plantas nuevas en el patio, con semillas. Ahí me contó que tu papá se murió. La abuela sabe hacer muchas cosas. Me dijo que a la tarde va a prender el fuego de la estufa y vamos a charlar. Yo le dije que ella tendría que quemar las cosas de tu papá, así el espíritu se puede ir. Hay que quemar todo, la ropa, las herramientas, los papeles. Y entonces el espíritu se va.

Me sonrió y volvió a concentrarse en la pantalla del televisor. No supe qué decir.

Mi madre había terminado con la pieza. No podía verla, por supuesto, pero lo sabía. Estaba parada en medio de la habitación, algo encorvada, y miraba alrededor, verificando el orden de la cosas. Y murmuraba, por supuesto: esa mezcla de rezo del rosario con rumor de sala de espera.  

Tenía que salir de allí. Ya mismo.

Casi llegando a la puerta volví a escuchar la voz de la nena.

—La abuela no te quiere. Me lo dijo ella.

No necesitaba darme vuelta para saber que mi madre me miraba desde el fondo del pasillo. Un zumbido seco comenzó a abrirse paso dentro de mi cabeza. Conocía eso. Apreté con fuerza el picaporte y el zumbido retrocedió.   

Quemar todo; tal vez fuera lo mejor.

Dije algo, una especie de saludo, y salí.

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