La plaza
Cierro los ojos, recostada en la cama repleta de abrigos, escucho la voz de mamá, algo perdida entre el barullo de mis primos que no paran de pelearse, esta vez por el lugar de privilegio cerca de la torta. Me aburre toda esta ceremonia repetida, prefiero estar acá acostada, con los ojos cerrados, viendo la plaza de siempre, el columpio levantándome por el aire, mañana creo que será una hamaca; ya me harté de la calesita y la sortija; lo único que espero es no volver a ver el casco rodando por el piso y la gente corriendo y la chica contra el cordón, justo donde la plaza termina deshaciéndose en un gran cantero de flores amarillas. Ahora mamá se acerca y me obliga a abrir los ojos, a levantarme, me salva casi raspando de ver como se apaga el cielo y los ruidos dejan lugar al silencio. La torta, este año, no la hizo mamá; pobre, no supo cómo decírmelo, sobre todo porque conoce mi debilidad por sus tortas; pero esta vez tuvo que comprarla en lo de don Aníbal; entre la enfermedad de abuela Carmen y el nuevo trabajo no hizo a tiempo, igual la decoró con su mejor gusto; algo de grana de chocolate en los bordes, merengues chiquitos rodeándole la circunferencia; hace poco aprendí de qué se trata una circunferencia aunque mamá todavía no lo sabe, pero la maestra lo repitió hasta el cansancio, pi por radio al cuadrado.
La velita con el número nueve, todo en rosa, en el centro. Tengo que pelearme con el primo Pitu que me empuja como si fuera él el homenajeado; tres deseos, tres deseos, tres deseos; las velitas prendidas, la luz apagada, cierro fuerte los ojos y veo la figura de la mujer con la mirada perdida en alguna estrella o en alguna nube de las que pasan volando rápido; no sé que me llama tanto la atención, creo conocer esos zapatos chatitos, brillosos, negros, con la pequeña hebilla de metal dorado; apenas me doy cuenta de eso y me trae de vuelta el que los cumplas feliz, que los cumplas Carmencita, que los cumplas feliz; es un segundo, soplo con fuerzas y la última imagen se disuelve con el flash, los abrazos, los besos y los inevitables empujones de Pitu y los otros que quieren que vuelvan a prender las velas y , al final, tía Eugenia que siempre es la última en irse, repetiéndose en exageradas advertencias hacia mamá como para decir algo mientras se pone el abrigo y encara hacia la calle; qué linda fiesta, Alicia; y la nena, mirala cómo creció, si me parece mentira, ayer prácticamente la teníamos volando de brazos en brazos y hoy, ya casi una señorita; cuidala Alicia, que este mundo ya no es el nuestro, haceme caso, cuidala. Así hasta la última llave que gira y cierra la puerta y los gritos de Pitu que se disuelven en las veredas oscuras, alejándose y mamá que se pega de espaldas a la puerta y suspira, cansada, agobiada, llena de todo lo que queda por limpiar; mejor mañana, mamá, yo te ayudo, entre las dos, mañana.
La cama chiquita no es tan cómoda; me hubiera gustado seguir soñando en la grande, en la de mamá; así como estaba, desparramada, soñar desparramada. Los árboles son tan altos en la plaza, tan enormemente altos desde el pasto, boca arriba; todo se mueve, las copas de los pinos arañando a las nubes blancas y grises y negras; se mueven girando y yo estiro la mano para la sortija, parada en un solo pie y aferrada al parante, haciendo equilibrio en el borde; es la primera vuelta y veo, allá en una de las esquinas de la plaza, a la chica rubia cayendo, la calle se llena de gente que grita justo en el momento en que intento arrancar el metal de la pera de madera por segunda vez; fracaso de nuevo; la tercera es la vencida, me concentro, trato de adivinar el movimiento de la mano que me ofrece el premio, pero en lugar de eso me aferra, firme, es una mano conocida, una mano fuerte que quiere que me quede allí, que ya no mire, pero yo sé que esta vez sí, sé que esta vez sí pero mamá me despierta asustada porque otra vez estás soñando cosas Carmencita, otra vez las pesadillas y yo que quiero decirle que esta vez estuve a punto de sacar la sortija; pero mamá no me deja, me abraza, tiene miedo, llora y me abraza.
El consultorio del Dr. Selzer tiene una sala de espera muy grande, con sillones llenos de almohadones de todos los colores; mamá se pone inquieta cada vez que nos toca verlo pero a mí me divierte saltar entre los amarillos y los rojos, los almohadones marrones son frios y duros, no me gustan, trato de no tocarlos y es un juego esquivarlos; la secretaria me mira con esa cara de vieja vinagre insoportable; no entiendo cómo el Dr. Selzer le deja ser su secretaria. Mamá está más alterada que de costumbre, no para de mirar la hora en el reloj de pared, la hora y la puerta del consultorio que no se abre nunca y la secretaría que no para de decirme con esos ojos ocultos por los lentes chiquitos y ridículos, por encima de ellos y levantando las cejas que me quede quieta. Al fin sale el doctor; mamá se levanta entre un suspiro y pasos rápidos; no puedo evitar sacarle la lengua a la vieja vinagre, mamá no se da cuenta; ahora todo es blanco, no hay lugar donde saltar ni almohadones que esquivar, todo se volvió quieto; sólo el doctor y la camilla fría y la silenciosa angustia de mamá que termina cuando el Dr. Selzer me alza por debajo de los brazos y de un salto me deposita en el piso de parqué. Apenas una sonrisa como un ruego y necesito saber qué hacer con Carmencita, doctor; siguen los sueños, las pesadillas, creo que sueña lo mismo aún despierta y ahí le cuenta lo del cumpleaños y el doctor me mira, parece que supiera algo y no lo dice pero no sabe nada, nada, no sabe nada de la chica que mira a las nubes pasar ni de los gritos de la gente, ni de la sortija aún en la pera y la pera en la mano fuerte del que me retiene y la calesita que da otra vuelta y todo que gira y una voz que se me antoja conocida que me dice no tengas miedo. Me despierta otra voz, la voz imperativa del Dr. Selzer y su cara de preocupación; mamá, como siempre, llora.
Al fin, el bueno del médico le recomienda a mamá un cambio de aire, la nena necesita imperiosamente un cambio de aire, Alicia, ya intentamos con todas las medicinas posibles; honestamente creo que un cambio de aire la va a ayudar, salir de todo ese estado de tensión que viven en su casa. Mamá se seca las lágrimas con la punta del pañuelo mientras abre la boca, decide que es importante que no se le corra el rimel, llorar, sí, pero sin rastros. Nunca voy a terminar de acostumbrarme al llanto de mamá, es un llanto que precede desgracias; jamás la vi llorar ante los hechos consumados, sólo como forma de predecirlos. Así fue cuando lo de papá. ¡Extraño tanto a papá! Con él se fueron los azules, los naranjas y los amarillos furiosos; todo resulta tan gris, a veces. Papá y sus ojos claros, alegres, festejando a carcajadas cada momento conmigo; él era las escapadas a escondidas hasta bien entrada la tarde, casi noche, a pescar ranas atrás del baldío de la Iglesia; era la sorpresa de dos o tres perros vagabundos en el patio del fondo con mi complicidad en una sola guiñada frente al rezongo de mamá; era la aventura de lo impredecible.
Con él no había pesadillas, no había plazas atestadas de ojos mirando el cantero amarillo tornarse en un charco rojo; no había sortijas volando por el aire en el momento del sonido de la frenada y del olor a neumático quemado y los gritos alejándose hacia el infinito para volver a alcanzarme todas las noches, en cada pesadilla.
Al final mamá decidió mandarme unos días a lo de tía Clara; no es muy lejos de casa y vas a estar bien Carmencita, un cambio de aire como lo ordenó el Dr. Selzer; estoy segura que te va a hacer bien.
Tía Clara tiene una casa quinta enorme, camino a La Plata, rodeada de árboles que rugen cuando sopla el viento; siempre me dio un poco de miedo ese sonido; con el primo Daniel, nos imaginábamos que entre las ramas se apretaban personas que habían muerto hace años; don Pepino, el casero, nos había metido la idea de las ánimas; no eran ni almas ni espíritus sino ánimas; esa palabra nos daba aún más miedo porque sonaba a alma en pena, a tristeza y a zumbido entre los árboles.
Tío Eduardo fue a esperarme a la estación de ómnibus del pueblo, cargó mis cosas en la parte de atrás de la cuatro por cuatro negra y enfiló rápido para la casa; no era de hablar mucho, apenas un saludo, alguna pregunta rápida sobre la salud de mamá y a concentrarse en el camino y en la pipa que nunca dejaba de chupar. Era muy parecido a papá, aunque no tenía ni los ojos celestes ni la sonrisa de él; eran mellizos, pero hacía rato habían dejado de parecerse. La tranquera apareció de la nada, hacia la izquierda, la camioneta dejó pasar un par de autos que venían de frente y giró, hocicando al atravesar el zanjón; después, se metió por el camino de tierra que llevaba a la casa quinta; los árboles, como siempre saludaban moviendo sus copas y rugiendo ánimas. Un poco más adelante pude distinguir la figura rechoncha de tía Clara y a su lado, Daniel. Se lo veía más alto que el año pasado, más alto y flaco, corrió hacia la camioneta aún antes de que se detuviese y esto le valió el reto de tío Eduardo, que bajó de un salto mientras Daniel me ayudaba con el equipaje. Mientras caminábamos hacia la casa me dijo por lo bajo que tenía una sorpresa para mostrarme pero que no debía decir nada porque si se enteraba tío Eduardo lo mandaría pupilo a Buenos Aires, ni en sueños se te ocurra contarlo; más tarde, cuando caiga el sol, nos hacemos los que vamos al columpio que está atrás del galpón de las herramientas y te voy a mostrar mi secreto.
La habitación que me habían preparado quedaba al lado de la de los tíos; imaginé la mano de mamá pidiéndoles que no me perdieran pisada, que estuvieran atentos a mis pesadillas, que el Dr. Selzer y las pastillas a las ocho, a las cuatro y a las veinte; pero, espero que te sientas como en tu propia casa Carmencita, el ropero no es grande pero alcanza para tu ropa y los zapatos, ahí tenés toallas y un jabón con aroma a coco; tía siempre tan atenta, prestando atención a cada una de las recomendaciones de mamá; de todos modos, adoro el olor al jabón de coco y la cama alta con el colchón de resortes todo para mí; me tiré hacia atrás sobre él tres veces y me quedé mirando el techo un buen rato, tratando de alinear las aspas del ventilador de techo, la plaza no tardó en aparecer, tampoco la calesita ni la sortija ni la frenada y las flores amarillas tiñéndose de rojo; esta vez fue Daniel el que no me permitió ver la cara que escondía el pelo rubio; me preguntó que era eso de los gritos mientras dormía, quise explicarle pero enseguida me agarró de la mano y vamos, dale, no perdamos tiempo, ahora que mamá esta preparando la cena y papá fue hasta el pueblo, vamos, es ahora o nunca. Sonaba tan ridículo con ese es ahora o nunca, parecía una de esas películas de catástrofe que daban en la tele; le dije que mejor jugábamos a la Play Station pero insistió casi enojándose. Corrimos por entre los álamos, como si alguien nos persiguiera, Daniel miraba hacia atrás a cada rato y me pedía que no hiciera ruido; ni bien doblamos el galpón, Daniel me tironeó con fuerza del brazo, casi me lo arranca pero no me dio tiempo para quejarme, debajo de un montículo de alfalfa y tapada con una lona vieja que Daniel fue separando casi centímetro a centímetro, apareció el ciclomotor que mi primo se empeñaba en llamar moto; me la prestó un amigo del colegio que se fue por un par de semanas a España a visitar a no sé qué tía que estaba a punto de espichar. Se paró a su lado como para la foto, esperando algún comentario; sólo se me ocurre decirte que si tu papá te pesca te manda pupilo, pero al Chaco. Se encogió de hombros y me miró como sobrando la situación; después empezamos a reírnos como dos tontos, haciendo planes de cómo, la tarde siguiente, aprovechando que sería sábado y los viejos van al supermercado que queda en la otra punta del pueblo, vos y yo nos vamos a dar una vuelta en la moto y nada de preguntas. Llegamos hasta la casa justo a tiempo para el llamado de tía Clara para cenar; la camioneta ya estaba guardada y desde la ventana podía verse a tío Eduardo acomodando los cubiertos. En eso era tan obsesivo como papá; habrá sido eso o la tarta de manzanas que tía sirvió de postre -el preferido de papá- que esa noche soñé con él. Fue como si estuviese ahí, justo a mi lado, para evitar que la pesadilla se repitiera, pero el Dr. Selzer debe tener razón, parece que esto no va a tener cura porque apenas quité la vista de papá ahí estaba la calesita, la sortija, el cantero en la punta, enrojeciéndose y los gritos y la chica apenas mostrando el perfil y la tía Clara que me sacude, me abraza y trata de calmarme. Por detrás de ella está papá pero no, no es él, es tío Eduardo que así, en la penumbra se le parece mucho más. Nadie llora. Pienso en mamá.
El desayuno muestra las caras de preocupación de los tíos, menos mal que Daniel está ahí para alegrar un poco la mañana; pobre, él no tiene idea, no sabe de pesadillas ni de llantos, no le importan calesitas ni sortijas ni canteros amarillos; sólo se concentra en la tarde, en la camioneta llevándose a los tíos hasta la otra punta del pueblo y en el saludo rápido y juramentos de buena conducta con los dedos cruzados por detrás y la aventura saltándole del pecho y yo que no puedo menos que subirme a ella. La plaza del pueblo aparece de golpe, distinta a como la recordaba, le agregaron senderos con canteros y bancos nuevos, una mano de pintura a los juegos viejos, los mismos dos toboganes, el columpio, las hamacas, la calesita que no conozco pero recuerdo, la música de siempre, la sortija. Daniel ve una cuatro por cuatro negra que dobla hacia nosotros; no es, Dany, no es la de los tíos; pero no me escucha, toma la decisión, no mira el camino sino el castigo que le espera por la desobediencia, dobla la esquina demasiado rápido, la esquina de la plaza con un enorme cantero de flores amarillas y yo que no quiero mirar y papá de golpe ahí parado, sonriéndome, invitándome a sacar la sortija que esta vez se queda apretada en mi mano y el cantero que se llena de rojos y las copas de los árboles cada vez más altos y las nubes cada vez más rápidas y mas negras. Y la luz que se va apagando. Mamá no llora.
Esta vez no necesita despertarme.

