«La danza de los bellos» (cuento), por Gustavo Rosa

La cuadra sigue igual. En el centro está el chalet, que alguna vez estuvo habitado y desde aquel revuelo con los nuevos quedó vacío. Los vecinos de la cuadra de aquellos años cincuenta ya no están. Los adoquines, tan poco transitados como entonces, deben guardar recuerdos que no pueden contar. Durante algunas semanas, rumores, chismes, especulaciones, protestas. En aquellos tiempos, cualquier charla terminaba en trifulca. El sermón del párroco sólo encendía el ánimo belicoso. Cuando la calma volvió al barrio, sólo la vergüenza sostuvo el recuerdo.

La costumbre de recibir a los nuevos vecinos con sonrisas y regalos mantuvo su vigencia hasta ese convulsionado abril. En las semanas previas, el chalet con jardín que había estado desocupado durante varios años amaneció con la etiqueta “Vendido” sobre el descolorido cartel que anunciaba su venta. Días después, una cuadrilla de albañiles y pintores llegó para rescatar la vivienda del abandono. Las vecinas más antiguas sostenían que, si bien jamás iba a recuperar su antiguo esplendor, al menos no luciría como un basural en el medio de la cuadra. Los más ociosos contemplaban desde sus sillas en la vereda el trajinar de los obreros. El radioteatro de la tarde perdió audiencia ante ese suceso. El frente blanco amarillento, las tejas repintadas de negro y el jardín delantero sin plantas secas, latas y bolsas de basura lograron satisfacer a peatones y espectadores. Los más fantasiosos especulaban sobre los futuros habitantes y de acuerdo a las comodidades, una familia tipo de clase media se llevaba todas las apuestas.

Esa calurosa mañana de abril llegó el camión de la mudanza. El chofer, el ayudante y un hombre alto de pelo largo iban y venían con muebles y cajas. Algunas viejas se horrorizaron al ver al trío con tanta piel joven transpirada, aunque la vista estaba fija en las desnudeces. La más viuda de todas parecía memorizar las formas que se inflaban y desinflaban para recordarlas antes de dormir. Algunos maridos envidiaban tanto vigor y otros escondían tras sus gruesos bigotes el rubor del deseo. El más mirado –y todo lo demás- era el alto de pelo largo, un Hércules escapado del cine para habitar entre los mortales. Esa escultura de músculos, pensaron algunos, merecía tener a su lado a la más bella de las mujeres. El rostro duro, anguloso, vibrante fundido con las angelicales pinceladas de una doncella de folletín. El contraste imaginado por los vecinos enrojecía las mejillas.

El camión de mudanzas se marchó sin el hombre alto. Don Cosme, que por vivir justo enfrente se sentía con más autoridad, quiso contactar al recién llegado. Un apretón de manos, intercambio de nombres y no mucho más. Después, Don Cosme caminó despacio hasta la esquina donde esperaban unos cuantos curiosos.

-Se llama Mateo –anunció el viejo- y quiere tener todo listo para la llegada de su familia, dentro de unos días.

– ¿No le preguntó cómo está compuesta? –la organista del cura, Lidia, siempre atenta a esos detalles.

-No hace falta. Todos sabemos qué es una familia. Un matrimonio con hijos o un hijo con sus padres.

-Mañana temprano llevo unas galletas para el desayuno y averiguo un poco más –prometió Matilde, la viuda desde siempre.

-Mejor haga un bizcochuelo –sugirió con malicia la esposa del panadero- que le sale mejor.

Las bromas sobre las galletas de Matilde continuaron hasta que la hora de la cena decidió desbandar la reunión. Los chismes sobre los nuevos habitantes del chalet fueron expandidos por los pocos que tenían teléfono. La mesa familiar y la frontera de los patios también sirvieron para que la novedad trascendiera la cuadra. A la mañana siguiente, casi todos sabían algo, pero no esperaban lo que vino después.

Matilde recibió el beso agradecido de Mateo después de entregar el bizcochuelo aún tibio. “Encantador”, confesó en la carnicería ante Beto, su esposa y algunas clientas. “Recién bañado, huele salvaje”, dijo en voz baja. El auditorio quería saber más y la buena mujer fue muy generosa en inventar respuestas. El escueto saludo que le brindó Mateo no permitió que Matilde pudiera recabar muchos datos. Apenas una olfateada y fugaz inspección del interior en penumbras a través de la leve franja libre entre el marco de la puerta y el cuerpo del nuevo propietario. Eso no le impidió explayarse durante más de diez minutos. Una atención bien merecida por ser la primera mujer en tomar contacto con el forastero.

A diferencia de otras mañanas, la primera después de la mudanza se convirtió en la de las veredas más limpias. El barrido de hojas y tierra es una actividad inacabable que permite registrar el movimiento de la cuadra y más allá. Las vecinas parecían barrer al ritmo de la curiosidad, con los ojos clavados en la puerta del chalet. Así llegó el mediodía sin nada que reportar. El almuerzo y la siesta mantuvo a todos a la sombra y por eso no vieron que Mateo tomaba un taxi en la esquina.

Después de las cinco, la cuadra tuvo más concurrencia que nunca. Las señoras sacaron sus sillas para mirar a los chicos recién salidos del colegio, algo que jamás les había llamado la atención. Unas con el tejido, otras con una revista. Miradas cómplices y gestos confusos. Todas concentradas en la inmovilidad del chalet. En el momento en que la cuadra estuvo más llena, todos escucharon el motor del auto. A esa hora era raro. Y lo vieron doblar, un coche enorme, azul, brilloso. Al volante estaba Mateo y al lado se veía parte de una frente y un flequillo rubio. “El hijo”, pensaron al unísono.

El conductor bajó primero para desatar el baúl acomodado en el techo. Del otro lado, la puerta se abría. Un zapato elegante de tamaño mediano, seguido de una pierna vestida de gris. Otro zapato y otra pierna y el acompañante empezó a salir del coche. Cuando estuvo de pie miró a todos. El saludo y la sonrisa se perdieron ante el asombro de los espectadores. El niño alzaba una jaula cubierta con una funda que había sacado del asiento trasero, pero eso no era lo más impactante. El niño era niño hasta el cuello. Altura de poco más de un metro y cuerpo menudo, como un infante de diez años. La cabellera abundante y lacia también era acorde a esa edad. Lo que desentonaba era el rostro, que expresaba una madurez de casi treinta.

Un perro negro y lanudo saltó a la vereda. Mateo cargaba el baúl hacia el chalet y detrás iba el pequeño, jaula en una mano y correa de perro en la otra, pisando los adoquines con la suavidad de un duende. La quietud de la cuadra se mantuvo unos segundos después de que la puerta se había cerrado. En grupos de tres o cuatro, mujeres, varones, niños y niñas hablaban sobre el suceso. “¿Quién venía con Mateo?”, era el murmullo. O “¿qué?” arriesgaron algunos. “¿Un niño adulto?”. Más de la mitad pensó en un enano, aunque lo que habían visto estaba muy lejos de los grotescos casos del circo. La intensidad de las especulaciones se fue agotando hasta que cada uno volvió a lo suyo: especular en la intimidad. La cuadra recobró su población habitual de unas cuantas señoras sentadas al fresco del atardecer otoñal y unos cuantos chicos que jugaban con pelotas, elásticos y bolitas.

A eso de las siete, cuando en la cuadra no había nadie, Elvira, la panadera, llamó a la puerta del chalet. En la mano tenía un paquete en papel fino y un moño azul. Segura de que muchos ojos estaban sobre ella, adoptó la pose de heroína que se inmola por el resto.

-Buenas tardes –el niño la atendió, con mirada atenta y gesto cordial- Soy Saúl.

-Mucho gusto. Mi nombre es Elvira y soy dueña de la panadería. ¿Está tu papá? –mientras estiraba el cuello para captar el interior.

-Mi amigo. Tenemos la misma edad. Mateo está en la ducha. ¿Puedo ayudarla?

-No –Elvira sentía que la presentación que había preparado para el grandote no serviría para el chiquito- En realidad, sí, puede ayudarme, pero no ahora –demasiado turbada para improvisar, puso en primer plano el paquete- Les traje postre. Bienvenidos.

-No se hubiera molestado. Desde mañana nos tendrá de clientes. Gracias y buenas noches.

-Por nada –el escalofrío fue al advertir que Saúl le parecía bello, a pesar de ser un enano- Bienvenidos –que parezca un niño, a la vez, la inquietaba- Que tengan buenas noches.

La puerta se cerró y Elvira, en lugar de ir a su casa, fue a la de Antonia, su amiga de la vuelta, que debía ignorar las novedades de la cuadra. La terraza daba al jardín trasero del chalet y juntas podrían saber más de sus habitantes. Antonia aceptó gustosa la propuesta de tomar fresco antes de la cena mientras el marido escuchaba la serie de misterio. Sentadas detrás del malvón, verían sin ser vistas. Si la noche las invitaba a estar al aire libre, seguro que a ellos también.  

Al rato aparecieron. Saúl con una túnica de colores vivos, un ajustado pantalón negro, un loro igual de colorido en el hombro y el perro a los saltos, seguido de Mateo, apenas de toalla a la cintura como el héroe al que se parecía. Detrás de las hojas del malvón, Elvira y Antonia no perdían detalles. El loro voló al árbol y el perro orinó el tronco. Mateo se sentó en un sillón plegable y Saúl gesticulaba entusiasmado ante él. Así estuvieron media hora y después se fueron. Las amigas estaban decepcionadas pues no tenían nada digno de contar. Por esa noche, los rumores se acallaron.

En los días siguientes, los vecinos de la cuadra no perdieron interés por los amigos. Siempre los miraban, cuando salían con el auto a la mañana, al volver al mediodía, uno a hacer compras o el otro a pasear el perro. Como clientes eran simpáticos, amables y nada mezquinos. No de charlar mucho, sino lo preciso para no quedar antipáticos. Don Cosme los describió una mañana mientras Toribio, el peluquero, recortaba sus canas ante los demás clientes. “Lo raro es que esquivan las quejas de lo cotidiano, las cosas de las que nosotros hablamos”, dijo como un catedrático.

-Como para no quejarnos, si todo está cada vez más jodido –interrumpió Toribio.

-A ellos parece que les sobra –un bufido de Ramón, el diariero, silenciaba a cualquiera- tienen un Cadillac de los últimos, compran las cosas más caras y contrataron una doméstica para todos los días.

-La sobrina de Lidia, la organista de la iglesia –informó Toribio- Mirta contó que los muebles son finísimos y tienen dos radios de las nuevas. En el living hay un armario con bebidas importadas.

-Quizá creamos que ellos no se quejan porque tienen de sobra –Don Cosme obtuvo la atención sin mucho esfuerzo- En nuestra situación, actuarían de la misma forma- Unos murmullos disconformes caldearon el ambiente –En cambio, si nosotros tuviésemos lo que ellos, también nos quejaríamos- Las protestas elevaron el volumen –No nos quejamos por la falta de dinero, sino porque nos aburrimos.

Con risas y gritos, los clientes de Toribio rechazaron la afirmación de Don Cosme, aunque después le dieron la razón, cuando el revuelo por los nuevos vecinos se fue de las manos. Antes de abandonar el salón, Don Cosme les regaló una frase que jamás comprenderían: “el optimismo de ellos nos duele”.

Antes de las dos semanas, el interés por los nuevos vecinos se había expandido a varias manzanas. Las especulaciones sobre Mateo y Saúl, el gigante y el enano, ambos bellos, misteriosos, extraños pronto estuvieron en boca de los que siquiera los habían visto. Los chismes despertaban curiosidad, admiración y un poco de envidia hacia esos personajes tan armónicos y felices.

Dos hechos torcieron los sentimientos. El primero: no fueron a misa en los dos domingos posteriores a la mudanza. Algunas vecinas habían notado la ausencia y el cura párroco, Teodoro Gutiérrez, fue receptor de la novedad. “Quizá vayan a otra iglesia”, dijo a las vecinas. “Los domingos a la tarde salen en auto y no vestidos para una misa”, informó Matilde, que los tenía siempre al alcance de su ventana. Con ese dato, el cura fue a visitarlos al día siguiente, tal como había prometido a las mujeres. El sacerdote estuvo más de media hora hablando con Saúl y Mateo en el living del chalet. “El café que toman es exquisito”, contaría a Lidia, la organista, una hora después. Con un poco de espanto, debía reconocer que no encontraba maldad en ellos, a pesar de no ser practicantes. “Los sospecho ateos”, concluyó. Antes del fin de ese lunes, muchos los consideraban así.

El segundo hecho fue descubierto por Elvira y Antonia a la tarde siguiente en el puesto de vigilancia del malvón. La dueña de la terraza con vista privilegiada había convocado a su amiga después de la siesta. En ese otoño veraniego, los jóvenes se instalaban en el jardín a tomar sol, jugar con las mascotas y charlar. Todo un espectáculo, sobre todo Mateo. El gigante entra en escena con una botella de gaseosa y dos vasos, seguido por el perro en plena actividad y el enano –“bello hasta la náusea”, según Elvira- vestido de blanco, una guitarra a la rastra y el loro al hombro. Mateo en la silla plegable, Saúl en el suelo con la guitarra, el perro correteando y el loro en el árbol, a los chillidos.

Así están un rato con canciones y charla, pero las amigas escuchan poco y nada. Saúl se levanta con elegancia para recoger una lata y un pincel que no habían visto. La sorpresa casi las desmaya cuando el enano empieza a dibujar con pintura roja la cara de Mateo y después pecho, abdomen, brazos y piernas. Para la espalda, el gigante se puso de pie y ellas pudieron ver los puntos, las rayas, los círculos trazados en la piel. Salvaje, bestial, temible, así les pareció y por eso se persignaron varias veces. El enano también recibió su dosis de pintura sobre la ropa blanca y junto con el espanto, las fisgonas sintieron alivio porque los dos perdían la belleza que tanto las perturbaba.

Saúl puso un tocadiscos en un rincón del jardín y Mateo instalaba un gran balde de lata en el centro. Bollos de papel, palitos y carbón, un chorro de combustible seguido de un fósforo y las llamas explotaron. Las amigas escucharon los fragmentos de la música que los dos acompañaban con saltos alrededor de la hoguera. Antonia apretó la mano de Elvira y casi clava las uñas cuando los vecinos abandonaron la danza y, uno alzado por el otro, se dieron un largo beso.

Al final de la tercera semana, los rumores habían despertado la furia, no de todos, pero sí de los más activos. La escena del jardín se convirtió en un ritual satánico. La pintura roja se volvió sangre. Los dibujos, el fuego, la danza se contaron como invocación al diablo. El beso era un intercambio de espíritus. La piel del enano adquirió durante la danza un color rojo y unos cuernos enormes surgieron de la frente. No faltaron los que habían detectado las señales desde el principio. Mirta, la doméstica, contó que Saúl tenía rabo. Antonia, para no perder centralidad, decía que de noche la sombra de Mateo era de lobo. Nada podía frenar la imaginación de los vecinos. Menos aún la reacción, que comenzó con bombas de barro, estiércol y alquitrán en el frente del chalet. Después apareció un sapo clavado en la puerta de entrada. En el jardín, cáscaras y carozos, huesos de cualquier animal, zapatos, carteles con insultos. Por la tarde se juntaban los vecinos de la cuadra y algunos más a exigir la expulsión de los Enviados del Infierno, nombre sugerido por el cura Gutiérrez.

Algunos intentaron frenar las agresiones, como el presidente de la vecinal, que terminó destituido del cargo. El comisario dispuso una guardia permanente para disuadir los disturbios. Así y todo, el Cadillac fue incendiado por vándalos, después de reducir al agente con un somnífero. El fuego alcanzó las ramas secas de los árboles cercanos, pero lograron apagarlo. El peligro marcó el fin de la furia. Esa noche durmieron tranquilos. A la mañana, la cuadra era un caos de piedras y basura. Tanta desolación los hizo llorar. Alguien sugirió pedir disculpas, pero era tarde. El chalet estaba otra vez vacío y más abandonado que nunca.


Este cuento, junto a otros 17, recibió una mención honorífica en nuestro Concurso de cuento argentino 2024.

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