Fragmento de «Somos luces abismales» (ensayo), de Carolina Sanín

Algunas veces he pretendido poner mi corazón en lo que me ha parecido que no tenía corazón. El hueco vacío que he sentido fuera de mí se me ha llevado el centro. He abandonado mi corazón en el lugar del corazón de un hombre abandonado, para ver si allí podía sosegarme. ¿Qué significa «abandonado»? Significa que te han dicho: «Tú te quedas aquí, en el borde de este camino, como en el borde de cualquier camino. Tú estarás en cualquier parte. Caminarás por donde yo no te vea. Vivirás sin que otro conozca tu nombre. Sin que nadie te dé el nombre por el que te llamé, que es tu nombre propio».

Entre las manos de otro pecho dejé mi corazón, que nadie buscaba recobrar.

Todos los hombres están abandonados.

Pero mi corazón, fuera de lugar, no ha servido de nada.

En vez de latir sosegado, se ha puesto a rugir.

«Abandonado» comparte una raíz con «bandido».

Cuando me he vuelto sobre mi pecho y he visto el hueco que he dejado, he lanzado palabras furiosas para enlazar mi corazón: palabras que pudieran oírse por encima de su rugido y lo hicieran volver.

¿Qué significa «abandonada»? Significa descalza. Con un vestidito blanco que se transparenta. Hija del hombre. La última a la derecha de un grupo de hombres alineados hombro con hombro y mirando al frente. De menor estatura que todos ellos. Significa muy pobre.

De regreso de la pretensión de amar -del abandono, el bandidaje- he vuelto a escribir. He izado mi corazón desbandado, atado a su cuerda nuevamente.

«Abandonada» y «bandera» comparten una misma raíz. Como «corazón»y «cuerda».

Ese es el desenlace de la historia.

La continuidad de la historia es el intento por poner el corazón -no el mío sino el nuestro- en su otro lugar, que no es el pecho de nadie.

* * *

El corazón es una bomba que bombea. Y las bombas que explotan y matan y destruyen son también corazones: cada una, un corazón roto que ha quedado por fuera del concierto del latido; que siente que tiene que reventar y el mundo tiene que reventar con él: ya, de una vez, sin ritmo, porque el tiempo ha pasado. Porque no hay tiempo y ha llegado el momento.

Pienso en los dinamiteros, en los fabricantes y ponedores de bombas. Hacen un mecanismo preciso. Con la minucia del tiempo hacen un reloj; un corazoncito exacto, paciente: lleno de leyes, cumplidor de esas leyes. Y luego lo hacen estallar.

También un escrito se hace así: en el pecho partido, con desesperado detenimiento, con el mecanismo y el engranaje y la cuenta del tiempo, y también para que estalle contra el tiempo. Pero que no explote en el cúmulo torpe de fuego y humo, sino como los fuegos artificiales: plantando un jardín en el cielo. Que no lleve la determinación de la muerte, sino la intención de la mirada; la admiración de un nuevo cielo momentáneo.

La expansión del texto es visibilidad: es la transformación de la luz en figuras. La expansión de la bomba es una onda invisible de empujones. El texto no se estrella contra la tierra ni hace una nube negra o blanca en el día, sino que, estallando en el aire de la noche, hace estrellas de vida diminuta que dan fe de la vida inconcebiblemente larga de las grandes estrellas más reales.

Somos luces abismales, Blatt & Ríos (2020). Carolina Sanín. Adquirilo acá.

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