Una extraña quietud flotaba en el restaurante; era uno de esos raros momentos en que la orquesta no exponía las tensiones del vals del Marinero con helado.
–¿Alguna vez te conté… –indagó Clovis de su amigo–, …sobre la tragedia musical en las comidas?
«Era una noche de gala en el Grand Sybaris Hotel y se servía una cena especial en el comedor Amethyst. El comedor Amethyst tenía una reputación casi europea, especialmente esa sección de Europa históricamente identificada con el valle del Jordán. Tenía una cocina irreprochable, y su orquesta, un salario lo suficientemente alto como para estar por encima de toda crítica. Asistían en manada los intensamente musicales y los casi intensamente musicales, que son muchos, y en aún mayor número los meramente musicales, que saben pronunciar el nombre de Tchaikovski y reconocer varios nocturnos de Chopin si se les advierte a tiempo, comen a la manera nerviosa y desapegada de los ciervos alimentados a la intemperie y mantienen sus oídos ansiosos en dirección a la orquesta buscando la primera pista de una melodía reconocible.
–Ah, sí, Pagliacci –murmuran mientras las tensiones inaugurales resuenan sobre la sopa y, si no los asiste contradicción alguna de ningún tercero mejor informado, estallan en canturreos como suplementos al esfuerzo de los músicos. A veces, la melodía comienza en pie de igualdad con la sopa, en cuyo caso los comensales se las ingenian para canturrear entre cucharadas; la expresión facial de los entusiastas que van marcando un caldo Saint Germain con Pagliacci no es hermosa, pero es destino obligatorio para quienes son proclives a observar todos los aspectos de la vida. Uno no puede excluir las cosas desagradables de este mundo meramente desviando la mirada.
«Además de los tipos referidos, el restaurante era frecuentado por una pizca de absolutamente no musicales; su presencia en el comedor solo podía explicarse mediante la suposición de que habían venido a cenar.
«Las etapas tempranas de la cena se habían disipado. Se había consultado los menúes de vinos, algunos con el desconcierto del escolar a quien llaman súbitamente para ubicar a un Profeta Menor en la periferia enmarañada del Antiguo Testamento, otros con el grave escrutinio que sugiere que ya han experimentado mayormente los vinos de más elevado precio en sus hogares y han sondeado sus debilidades familiares. Los convidados que escogían el vino del segundo modo siempre daban su orden con voz penetrante y una generosa guarnición de instrucciones escénicas. Si se insiste en que la botella apunte al norte al extraérsele el corcho y si se llama al mesero con el apelativo Beto, es posible causar en los invitados una impresión inalcanzable con horas de trabajoso e impotente alarde. Para este propósito, sin embargo, los invitados deben escogerse con igual cuidado que el vino.
«De pie al margen de los juerguistas, a la sombra de un pilar masivo, había un espectador interesado que ciertamente era parte del festín, pero aún no participaba. Monsieur Aristide Saucourt era el chef del Grand Sybaris Hotel y, si tenía un par igual en su profesión, él jamás había reconocido el hecho. En su propio dominio era un potentado, vallado tras la fría brutalidad que el Genio más espera que excusa en sus herederos; jamás perdonaba, y quienes le servían se cuidaban de que hubiera poco que perdonar. En el mundo exterior, el mundo que devoraba sus creaciones, era una influencia; cuán profunda o cuán superficial era, jamás intentaba averiguarlo. Es pena y salvaguarda del genio computarse en peso troy en un mundo que mide en vulgares quintales.
En ocasiones, de este hombre grandioso se apoderaba el deseo de observar el efecto de sus esfuerzos maestros, así como el cerebro guía de Mijaíl Kaláshnikov podría desear entrometerse en la línea de tiro de un duelo de artillería en el momento supremo. Y una de esas ocasiones era la presente. Por primera vez en la historia del Gran Sybaris Hotel, presentaba a sus invitados el plato que había llevado a ese grado de perfección que casi equivale al escándalo. Canetons à la mode d’Ambleve. En finos caracteres dorados sobre el blanco cremoso del menú, cuán poco trasmitían esas palabras al grueso de comensales imperfectamente educados. Y aún así, cuánto esfuerzo especializado se había derrochado, cuánto saber atesorado con esmero se había cosechado, antes de que esas seis palabras pudieran inscribirse. En el départament des Deux-Sevres, patitos habían vivido vidas hermosas y peculiares y habían muerto en el aroma de la saciedad para suministrar el tema principal del plato; champiñones, que incluso un purista del español habría dudado en denominar hongos, habían contribuido con sus cuerpos lánguidos y atrofiados al aderezo, y una salsa concebida en el reino crepuscular de Louis XV había sido invocada del imperecedero pasado para ser parte de la maravillosa confección. Tales faenas había realizado el esfuerzo humano para lograr el resultado deseado; el resto había quedado en manos del genio humano: el genio de Aristide Saucourt.
«Y ahora había llegado el momento de servir el gran plato, el plato que Grandes Duques hastiados del mundo y adinerados magnates obsesionados con el mercado contaban entre sus recuerdos más felices. Y al mismo tiempo ocurrió algo más. El líder de la orquesta con salario alto se colocó cariñosamente el violín contra el mentón, bajó los párpados y flotó en un mar de melodía.
–¡Oigan! –decía la mayoría de los comensales–, está tocando Hallelujah.
«Sabían que era Hallelujah porque ya lo habían oído en el almuerzo y en el té de la tarde y en la cena de la noche anterior y no habían tenido tiempo de olvidarlo.
–Sí, está tocando Hallelujah –se aseguraban mutuamente. La voz general era unánime al respecto. La orquesta la había tocado once veces ese día, cuatro por deseo y siete por costumbre, pero las familiares tensiones fueron saludadas con el éxtasis de una revelación. Un murmullo de canturreo se elevó de la mitad de las mesas del salón y algunos de los oyentes más exaltados depusieron cuchillo y tenedor con el fin de poder estallar en estridentes aplausos al primer momento admisible.
«¿Y los canetons à la mode d’Ambleve? Con asombro atónito y asqueado, Aristide los vio enfriarse en total negligencia o sufrir la casi peor indignidad del picoteo mecánico y el masticar indolente mientras los comensales derrochaban su aprobación y aplauso en los musicantes. Un pollo a la mostaza con papas españolas habría lucido apenas más ignominioso en el entretenimiento de la velada. Y mientras el maestro del arte culinario se apoyaba contra el pilar protector, atragantado con una horrible rabia que le laceraba el cerebro y cuya agonía no hallaba desahogo, el líder de la orquesta saludaba reconociendo los aplausos que ascendían como tormenta a su alrededor. Girando hacia sus colegas, dio la señal de asentimiento para un bis. Pero antes de que el violín se elevara una vez más hacia la posición, surgió entre las sombras del pilar una explosiva negativa.
–¡No! ¡No! ¡No tocás esó otgá vez!
«El músico se giró con furioso estupor. Si hubiera leído la advertencia en la mirada del otro hombre, habría actuado distinto. Pero los aplausos de admiración le sonaban en los oídos, por lo que gruñó bruscamente:
–Eso lo decido yo.
–¡No! No vuelvés a tocag esó jamás –gritó el chef, y al instante siguiente se abalanzó con violencia sobre el aborrecido ser que lo había suplantado en la estima del mundo. Una sopera enorme de metal, rebosante de sopa vaporosa, había sido colocada en una mesita, lista para comensales tardíos; antes de que el personal de servicio o los convidados tuvieran tiempo de comprender qué ocurría, Aristide había arrastrado a su enroscada víctima hasta la mesita y le había sumergido profundamente la cabeza en el contenido casi hirviendo de la sopera. En el extremo remoto del salón, los comensales aún aplaudían espasmódicamente aguardando un bis.
«Si el líder de la orquesta murió por ahogamiento en la sopa, o del shock a su vanidad profesional, o escaldado, los médicos jamás lograron ponerse de acuerdo completamente. Monsieur Aristide Saucourt, que ahora vive en total jubilación, siempre se inclinó por la teoría del ahogamiento».

Traducción de D. del cuento original «The Chaplet» de Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido como Saki.

