«El canto del zorzal» (cuento), de Hugo Díaz

Amanece como si nada ocurriera. El puesto de diarios de la esquina se descubre sucio con orín de jóvenes borrachos. Algunos perros olfatean el aire y caminan por calles que dan el efecto de permanecer en suspenso. Las caras de los guardias de seguridad de los edificios parecen enfermas cuando se asoman al exterior. Mientras se extiende la luz matinal todo se combina mecánicamente para asegurar una nueva mañana.

Si no fuera porque tiene el caño de un arma en la cabeza, Martín hubiera escuchado los cantos de distintos pájaros que trae el viento desde el río que por estas horas permanece calmo y consolidado como animal viejo en su territorio. Varias veces lo encontró de ese modo en sus paseos domingueros por la costanera descifrando el trinar de cada ave, habilidad que había aprendido de joven gracias a su tío Pablo, el asmático, que vivió en una casita rodeada de árboles frondosos y sombríos en un pueblito de Córdoba; a pocos metros de la vivienda se alzaban varias jaulas con pájaros de distintas especies. Todas las mañanas, con un ruidito que salía de su pecho como una máquina un poco oxidada, le hablaba de las cualidades de aquellos animalitos alados. Uno de esos días muy temprano vio a su tío conversar con un viejo de bombachas sucias y una remera descolorida que fumaba pausadamente. Pablo le indicaba el tamaño de la base de cemento para la nueva jaula. Estiraba los brazos como en un intento de ensanchar el aire, el otro, con gestos graves, afirmaba moviendo la cabeza cubierta por una boina negra un poco destejida. Para los pájaros enjaulados era una presencia alarmante ya que se agitaban buscando un resquicio por donde escapar o esconderse. Entonces el joven Martín se acercó y les tarareó una canción triste de cuna. Momentos antes de que se marchara el intruso, las aves se habían calmado.
El primer día de trabajo llegaron con las herramientas. La mañana se organizaba alrededor del cielo algo quebradizo y deshilachado por algunas nubes amenazantes de lluvia. Eran dos personas descargando la mezcladora de la parte trasera de una camioneta destartalada. Una era el viejo del día anterior con las mismas bombachas de campo y boina, la otra, su hijo Atilio, un muchacho de la misma edad que Martín.

Por la tarde el sol quemaba más que días anteriores y el aire se mantenía pesado. El viejo trabajaba concentrado y tranquilo. Martín los observaba desde la ventana y se frotaba la verga endurecida. Atilio empezó a caminar hacia la entrada de la casa después de intercambiar algunas palabras con el padre. Golpeó la puerta. Martín atendió y se presentó. Estiró la mano y el otro muchacho la sintió tibia y algo pegajosa mientras le consultaba si podía ofrecerles un poco de agua fresca. Martín condicionó sus movimientos y gestos como si en realidad todo fuera un pretexto. Caminó lento hasta la heladera y volvió con una botella de vidrio transpirada de frío y dos vasos que no utilizaron porque bebieron largos sorbos del mismo envase.

Una tardecita, a la hora en que los pájaros se tranquilizan y parecen extrañar algo, o quizá se mantienen expectantes y gozosos con el baño crepuscular, como si por fin tuvieran la gracia de consagrarse para ellos mismos, Martín salió de la casa. No le fue difícil distinguirlo entre los otros muchachos que se aglomeraban en la heladería. Atilio mostraba la espalda ancha, que daba el efecto de un triángulo invertido; seguramente, pensó Martín, tendría hoyuelos en la cintura, piernas fuertes y toda la piel del cuerpo bronceada. Él mostró una sonrisa franca al darse vuelta y verlo llegar. Los demás se distraían sopando el helado que se derretía rápidamente. No fue necesario presentarlo, todos sabían quién era y de dónde venía. Al rato la noche cayó liviana y el pueblo parecía más extenso, con calles más largas y profundas. Atilio le preguntó si alguna vez había visto parir a una yegua, él negó con la cabeza y reveló una leve sonrisa expectante.

En la última calle de asfalto del pueblo, Martín alzó la vista al cielo abierto y después mirando persuasivamente a su compañero dijo que era una noche templada. Los ojos de Atilio emitieron un rápido destello al informarle que faltaba poco para llegar. Algunos débiles relinchos hicieron enderezar el trayecto. El silencio entre ambos daba el efecto de que las pisadas se hundían en la gramilla quemada por el sol de enero.

Llegaron a una especie de galpón y entraron. La yegua estaba de pie, cosa que sorprendió al visitante que esperaba verla echada sobre un colchón amarillento de paja y con expresión de sufrimiento intenso. Enseguida respiró el olor espeso que emanaba el animal estresado y una sensación de resaca vieja hizo efecto con rapidez en su cuerpo. El padre del otro muchacho lanzó una mirada algo compasiva y malévola al recién llegado y continuó acariciando el lomo del equino hasta que aparecieron las patas y empezó a tirar de ellas. Los ojos del potrillo se inundaron de delirio punzante y luego, con lentitud, se llenaron de una amarga aceptación, al instante logró ponerse de pie. El viejo ordenó que calentaran mucha agua y la trajeran de inmediato. Atilio sigiloso salió. Martín hubiese querido acompañarlo, estar con él a solas y respirar un poco de aire, pero se quedó inmóvil mirando el portón de salida, hasta que sintió la fuerte mano del viejo en el cuello y la otra desabrochándole el pantalón mientras exigía, con un grito apagado, que se quedara quieto que le iba a gustar. La mano en el cuello ejerció más presión y pudo penetrarlo. El muchacho sintió como si en cada trabajosa respiración el mundo se descompusiera con rapidez y sin dirección. Al terminar, le acarició la espalda mansamente.

Días después seguía sin recordar bien cómo había regresado. Solo intuía que había corrido insustancialmente rebotando entre las calles vacías y la noche. Luego de preparar la valija tomó su mochila y salió a la hora en que el aire del campo oscurecía. Los ecos del animal le enderezaron la trayectoria como la última noche que había estado allí. Esta vez se acercó sigilosamente y, luego de encender fuego al galpón con la yegua y el potrillo adentro, se quedó estático mirando las llamas alzarse al cielo. No se encontraba serio, ni confundido; más bien mantenía blandos gestos de compasión.

Enseguida se instaló en una ciudad con río.

La hora matutina en la que generalmente nada sucede lo encuentra quieto en la puerta, con la cara vieja y ropas elegantes. Lo deja pasar. Los cuerpos se mueven sin mediar palabra. La voz de Atilio se percibe más ronca, como la de un fumador. Anuncia que por fin lo ha encontrado, lo dice con pena más que con alivio. Martín se sienta en el sillón, sigue algo aturdido, padece el efecto de fuertes golpes de sangre en la sien, zona en la que siente el caño del revólver. Sonríe, cosa que asombra al hombre armado. Martín argumenta que entiende que en aquel tiempo todo había estado planeado. El joven Atilio había sido el canto del zorzal en el cual él había caído para ser presa del padre. El otro aclara diciendo finado padre, había muerto en el incendio que había llegado hasta la casa en la que dormían. Ambos se quedan mirando en silencio, como abstraídos en un espejo. Afuera las calles siguen mutadas y brillantes de sol. Desde la ventana llegan, algo desordenados por el viento, cantos de pájaros. Uno de ellos podría ser un cardenal de copete rojo.


Hugo Díaz 
reside en la ciudad de Rosario, Argentina. Estudió Letras. En el ámbito literario, comenzó escribiendo poesía. Algunos poemas fueron publicadas en antologías. También colaboró en revistas literarias nacionales y del extranjero. «El canto del zorzal» recibió una de las 18 menciones honoríficas del Concurso de Cuento argentino 2024.


La ilustración es de Kristin Kwan, y se llama «The salt creek».

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