En toda obra se unen un deseo, una idea, una acción y una materia.
Esos elementos esenciales tienen entre si relaciones muy diversas, no muy simples, y a veces tan sutiles que es imposible expresarlas. Cuando así ocurre, es decir, cuando no podemos representar o definir una obra por un especie de fórmula que nos permita concebirla hecha y rehecha a voluntad, la llamamos Obra de Arte.
La nobleza de un arte depende de la pureza del deseo del que procede y de la incertidumbre del autor en cuanto al feliz desenlace de su acción. Cuanto más inseguro de los resultados de su esfuerzo deja al artista la naturaleza de la materia a la que atormenta y de los agentes utilizados para forzarla, más puro es su deseo, y más evidente su virtud.
Por eso, en todas las artes cuya materia no oponga de por sí resistencias positivas los verdaderos artistas sienten el peligro y el tedio de una facilidad demasiado grande. La pluma o el pincel les parecen demasiado ligeros. Les inquieta lo que pueda durar algo
que cuesta tan poco y se desarrolla tan fácilmente. En las épocas buenas, se les ve crear dificultades imaginarias, inventar convenciones y reglas completamente arbitrarias, restringir sus libertades, a las que han entendido que era necesario temer, y prohibirse hacer con seguridad y de inmediato todo lo que quieran.
Y por eso el trabajo del mármol nos parece más digno que el del barro; el buril, mas honorable que el aguafuerte; y el fresco, (que se ejecuta sometido a la presión del tiempo, y en el que acción, materia y duración están íntima y recíprocamente ligadas), de más altura y virtud que cualquier clase de pintura donde quepa volver a empezar, retocar o arrepentirse.
Pero, entre todas las artes, no sé de otras más aventuradas, más inciertas y por tanto más nobles que las que invocan al Fuego.
Su naturaleza excluye o castiga cualquier negligencia. No cabe abandono, ni un respiro; nada de fluctuaciones de pensamiento, valor o humor. Imponen en su mayor dramatismo la lucha cerrada entre el hombre y la forma. Su agente esencial, el fuego, es también su mayor enemigo. Un agente de temible precisión, cuya maravillosa operación en la materia que se ofrezca a su ardor está rigurosamente limitada, amenazada, definida por unas cuantas constantes físicas o químicas difíciles de observar. Toda desviación es fatal: la pieza esta arruinada. Si se adormece el fuego como si se crece, su capricho es desastre, la partida está perdida. Perdidos, en un instante, el perfil gracioso, la decoración largamente meditada, el esmalte sabiamente dosificado y aplicado, el tiempo, el dinero, los cuidados y el amor. O bien, si la pieza es de metal, el metal domado y modelado por mil pequeños golpes rítmicos de martillo en un orden que engendra una forma se desmorona y se funde de repente, llameante en un brusco despertar de llamarada.
Sea en cobre, cristal o gres, mientras obra el fuego se consume el hombre. Vela, arde: es a la vez el jugador cuya suerte va a decidir la caída de un dado, y semejante a un alma ansiosa en oración.
Su mano que provocó el fuego, y lo alimentó, lo aviva, lo atempera, y acecha el instante único de retirarle esa forma incandescente que acaba de producir y que va a destruir al siguiente instante, como hace con sus criaturas la ciega y monótona potencia de la vida.
Es así como el poeta debe estar presto para arrancar a su espíritu y fijar sin tardanza el precioso accidente de su entusiasmo, antes de que ese mismo espíritu, arrebatado más allá de lo más bello, lo recobre, lo disuelva y lo refunda en su combinatoria infinita.
Pero con toda la vigilancia del noble artesano del fuego, con todo lo que su experiencia y su ciencia del calor, de estados críticos y temperaturas de fusión y reacción le permiten prever, no deja de ser aún inmensa la noble incertidumbre. Nada de todo eso llega a abolir el Azar. Su gran arte sigue dominado y como santificado por el riesgo.

Así como los antiguos sometían temblando dudas y proyectos a sus pitias, y confiaban al furor de una vidente la función de dar forma a respuestas que ni razón ni fríos conocimientos les permitían obtener, así el alfarero o el cristalero le plantean al fuego el problema de un vaso; y el fuego da su oráculo. A veces feliz, a veces desastroso; a veces ambiguo, a veces sorpresa única y arrebatadora. A veces el fuego crea una sustancia desconocida en la naturaleza: de la arena hizo vidrio, un cuerpo extraño que permaneció transparente durante algunos siglos como un agua sólida, fija en un equilibrio forzado que una suerte de sobrecogimiento interno sustrae a la íntima fatalidad de la orientación cristalina. A veces el fuego colma las expectativas y devuelve transfigurado, cubierto de esmalte, vestido de un tegumento mineral y eterno, aunque tan suave y tan vivo como una piel de fruta, el objeto que piadosamente las manos del artista habían ofrendado al dios y depositado en el místico recinto donde el rayo cautivo se exalta y compone, del desorden perfecto de vibraciones, el omnipotente unísono de la energía.
¿Qué hacen las artes del fuego sino celebrar la conquista capital del hombre? Todas ellas se derivan de sus primeras producciones. Apenas había domado el fuego, sometido ese ardor y con él la arcilla y los metales para crear el útil, el arma y el utensilio, y hete aquí que ya lo distrae de su empleo y le da el de formar para él valores de placer y contemplación. Hubo un primer hombre que al acariciar distraído alguna vasija basta sintió nacer la idea de modelar otra distinta, sin más fin que la caricia.
¿Me atreveré a confesar que un objeto así, que sale de las pruebas del fuego, a menudo representa para mí toda una historia del planeta? Pienso en que una Tierra o un Marte habitables no son después de todo más que cuerpos enfriados en los cuales las condiciones de la vida, muy numerosas, estrictas y complejas, se hallan muy improbablemente reunidas. Acaso sean obras inciertas, rara y difícilmente conseguidas, de algún alfarero inconcebible. Acaso los planetas no son sino objetos útiles a un designio al que los vivos sin saberlo sirven o conducen. Las artes del fuego serían entonces las más venerables de todas, al imitar tan exactamente la operación trascendente de un demiurgo.
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Texto redactado para el catálogo de la exposición colectiva de 1930 de la Galerie Rouard (Claude Linossier). Traducción de José Luis Arántegui de 1999.

