«Consustanciación N° 4» (narrativa), por Matt Gleeson

Eran algo como rieles de tren, en el sentido de ser objetos físicos que te obligaban a cumplir un trayecto fijo. No podías virar como quisieras en tu camino al viajar entre los planetas, no, tenías que seguir aquellas vías largas y exactas, en forma de arco, flexibles como las ramas de árboles jóvenes, diseñadas especialmente para mantener atados los planetas, y que giraban como focos de teatro mientras los planetas se movían en sus órbitas. Eran fabricadas de cable de fibra erótica, una invención maravillosa, y para impulsarte en viaje con estos cables era preciso generar energía erótica interna. Era posible moverte con sentimientos o sensaciones de amor erótico para otros seres humanos, pero esta clase de sentimiento, aún al nivel más sincero, más fuerte, más continuo, solo alcanzaba una velocidad modesta. Para deslizarte por los cables a las altas velocidades necesarias para llegar a las lunas de Saturno dentro del espacio de una vida humana, era necesario experimentar sentimientos de eros hacia el universo entero, todas sus partes animadas e inanimadas. El cable de fibra erótica es resistente a los golpes de meteoros, y da más gozo que cualquier otro medio de transporte que se ha inventado; este avance lleva la promesa de que el destino se haga menos importante que el viento constante del ir, de que los seres humanos, que antes solían estancarse en puntos sin salida, evolucionaran hacia una forma más próxima a la corriente pura. Tal flujo eléctrico fue exactamente lo que siempre habías deseado; querías experimentarlo con la amiga sentada frente a ti en el restaurante, lanzarte con ella por los campos del universo en un abrazo centelleante, un doble cometa erótico enamorado de todo. Pensabas percibir la promesa de esta energía en el tañido del tenedor que chocó con la amalgama en tu diente cuando guiaste un bocado de puré de papas dentro de la boca. Pero sólo fue tu imaginación: no podías avivar nada con ella, ninguna chispa. Con ella, cada conversación tenía una serenidad desesperante, y notabas flotando en el aire el olor ligero de algún humo repugnante: el olor de ti mismo, quemado poco a poco, como una bolita de hachís que se fuma en pedacitos desmenuzados, algo que aquella chica usaba para calmar la ansiedad. Odiaste sospechar que tu uso fundamental fuera ese: preferías pensar que naciste para emocionar, para impactar. Pero durante el curso de tu vida ya te habías convertido en una sustancia sólida, densa, gomosa. Sin embargo, quizá ella te podría liberar nuevamente, poco a poco, hasta el estado de un gas volátil, después de estrecharte en sus pulmones para darse consuelo. Ella fumaba en el porche de una casa pequeña de cuyo techo descendían los carámbanos. El retrete se hallaba al fin de una caminata larga y nevosa, y por la apertura en forma de media luna en la puerta, entraba el aire frío para golpearle en la frente mientras ella se suspendía arriba del asiento helado. Muchas veces prefería orinar en la bañera adentro de la casa, porque así no era necesario salir a la nieve. Se acuclillaba encima del desagüe y metía después un poco de agua fría del contenido de la cubeta; o a veces, al fin de un baño en la tina, mitad llena de agua calentada sobre la estufa, miraba como el chorrito brotaba entre sus piernas sumergidas, rizándose claro contra claro, dando a ella el aspecto de un calamar que se propulsa hacia atrás. Estas eran las cosas que le fascinaban cuando estaba sola. Parecía que ella era el único objeto en las inmediaciones de este mundo congelado que sentía la necesidad de moverse. Pensaba que una película de sus movimientos constantes sin motivo, sus pasos estériles, desde la silla hasta la estufa, la estufa hasta la bañera, la bañera hasta el porche, sería una comedia bien absurda. Su amiga Alicia vino dos días de visita; llegó en un coche con las llantas envueltas en cadenas y llevaba siempre una cobija de lana sobre sus hombros a modo de rebozo. Para calentarse, las dos jugaban a una variación del fútbol dentro de la casa, un juego que tenía un carácter peculiarmente onírico porque usaban una gran almohada de plumón que solo se plegaba flojamente encima del pie, sin importar qué tan enérgica fuera la patada. Era imposible propulsar esa cosa más allá de un metro de distancia. No obstante, lograron quebrar una veladora. Alicia se ponía como sin huesos cuando la besaba, igual que una gata dormida, entonces ellas siempre preparaban un nido de almohadas antes. Luego Alicia se fue, y un mes después, su amiga en la casa comprendió por qué algunas personas se ponen violentas por puro aburrimiento. Para divertirse, lanzaba contra los árboles, una y otra vez, una cacerola de aluminio que rebotaba entre los troncos y levantaba nubecitas de corteza en polvo. La actividad dejaba cicatrices en los árboles y abolladuras en la cacerola, pero ella podía hacerlo largamente sin quebrar nada en realidad, en un nivel constante de diversión sin llegar a un clímax, lo que le gustó. Por la noche podía ver, mirando a través de la media luna en la puerta del retrete, las sogas luminosas entre los planetas, amarrando roca a roca, gas a gas. En el bosque, alces enmarañados en grandes pacas de hilo dental no cortado ––porque un camión cargado de éstas había volcado en la carretera––, atrapados como en capullos, intentaban corcovear con desesperación, pero sólo lograron con sus esfuerzos envolverse más estrechamente y abrir en su pellejo abrasiones con la frescura de yerbabuena. Lloraban como si fueran bebés inmovilizados por crueles adultos. La primera noche el berrear armonizado de los alces fue inquietante, pero con tiempo se convirtió en algo que reconfortaba. Este sonido en la distancia significaba que siempre existen otros animales que, igual que nosotros, siguen su olfato hasta meterse en la mierda, y luego lloran por el presente inalterable. Uno por uno los alces cesaron su llanto y finalmente vino una noche silenciosa como una pizarra limpia, cuando ella se puso su indumentaria de nieve y empezó a caminar hacia la ciudad donde vivía Alicia. Llegó con las extremidades congeladas, después de varios días perdidos en un ventiscoso vacío mental. Se sentía desconectada, sin sentimientos. Si los humanos fueran destinados al nomadismo, ella pensó, naceríamos equipados con nuestro pellejo a prueba del frío, y no tendríamos que fabricarlo o tomarlo de otros. Alicia la puso directamente en una ducha caliente para descongelarla, donde la acompañó, y ahí juntas en la ducha su amiga congelada soltó el contenido de su vejiga, dejando que la orina corriera por sus piernas entre la caída de agua. Y aunque las dos estaban vientre a vientre, con los pies de Alicia salpicados de orina, Alicia no pareció notarlo. ¡Pues ahora tenía un secreto! Alicia estaba diciendo algo con pasión: —Imagínate que estuviéramos perdidas en el bosque sin comida. ¿Sabes lo que haría? Me haría lactar para alimentarte de leche. Seguramente sería posible una cosa así, por pura fuerza mental––. Alicia quiso convertirse en comida para su amiga ahora mismo: si pudiera transformar sus piernas en pan, sus brazos en zanahorias, rogaría a su amiga que comiera, hasta el último trozo. Goza bien mi sabor, abrázame dentro de tu estómago. Y después puedes erigir una lápida mortuoria sobre cada excremento, pues aquí yace Alicia, re-moldeada por diente, por músculo, por ácido. Al momento de la aparición de su pobre amiga congelada, Alicia ya estaba ebria gracias a una botella de vino blanco, y se llenó de sensiblería y anheló que la vida siempre fuese tan cargada de lágrimas merecidas. Le dio de comer sus senos a su amiga, frente al espejo de baño empañado de vapor, echando la garganta hacia arriba, hacia el cielo, o hacia el techo intermediario que absorbe las alabanzas y los ruegos de los citadinos como si fuera el secretario del cielo. Concentrándose hasta que surja una gota de leche espontánea, ahí en los matorrales donde se extraviaron, o dentro de un coche naufragado en la sierra cuyas llantas ellas ya quemaron para calentarse. No quieren escuchar las probabilidades heladas que el cielo soberbio está contando. Sólo pensar, tomar, pensar, tomar, pensar hasta crear algo de tomar.


Matt Gleeson, escritor y traductor, nacido en Los Ángeles, radicado en Oaxaca. Traductor al inglés de Earthly Days, de José Revueltas (Archive 48, 2020); co-traductor (con Audrey Harris) de The Houseguest and Other Stories, de Amparo Dávila (New Directions, 2018), y autor de Las consustanciaciones (Cuatro Triángulos, 2022).

Las ilustraciones son de Iram Aranda Cisneros, ilustrador de San Luis Potosí radicado en Ciudad de México. Su trabajo se ha desarrollado principalmente en proyectos y espacios autogestivos. Puedes ver su trabajo aquí.

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