El faisán blanco
A Estela Lorca
Todas las puertas dan hacia la noche
Todas las aves vuelan hasta el árbol del llanto,
La nieve cae, si te vuelves cae y semeja el plumaje
Del silencio, ese rostro cerrado de la bruma.
Ahora te abres, se separan tus párpados y tu alma hace posible
La realidad de esas bandas del sueño, los ramos de lavanda
Que llevan desde una vida a otra los versículos de una oración
Sólo conocida por ti, sobre los ríos delirantes del tiempo.
Toda ventana se abre hacia el torrente que remonta las barcas
Por los desfiladeros de la luna esas venas del cuarzo
Espejo donde brilla un instante la piedad en tus pupilas
Cuando en silencio lloras y la nieve es más tibia.
Todos los rostros se abren a una máscara, siempre
La misma, dolorida, hirviente imagen donde el dolor
Resuena como un tambor, el corazón golpea, pide aire:
Dame a beber tus lágrimas ese perfume de tristeza muda.
Todo está quieto aquí. ¿Somos sólo fantasmas olvidados
En una casa gris en donde nadie llama? ¿No nos escucha nadie?
Las huellas en la nieve las va borrando el viento, ¿no eres tú
El faisán blanco y tus ojos los mismos que me miran en sueño?
Con vidrios en la almohada
Se abre la tempestad. Como un tormento escucho
Zumbar la aguja al rojo, los follajes que cambian de color
En mi almohada empapada de sangre, de saliva, de sueño.
Corro entonces a lo largo de un muro, la piedra interminable,
Los balcones tapiados, herrumbrados, quizá sólo una máscara
Que el tiempo arruga y deshilacha en tiras.
Mi traje sin el cuerpo vaga solo, repitiendo los gestos
El juego de la magia sobre la cuerda floja, se equilibra,
Desciende como un lento ahogado que penetra hacia el fondo
Rodeado de burbujas, ese gran pez del alma, el otro yo,
Mi hermano, que saca de su boca una cuerda que nunca se termina.
Cojo el cordel, lo anudo contra el filo, donde las flores
De metal se mustian, aquel cuerpo tendido allá en la arena.
Me parece que en lo alto se quiebra un monstruo en piezas.
Se precipita el vidrio a la deriva … Nos arrastran
Las aspas del huracán … ¡Despiértate, despiértate!
Grita alguien en mi oreja y bajo aquel reloj, sus pedernales
Golpeo con horror.
¿Dónde estamos? ¿Adónde?
Condenado por siempre
A hundirme en lo profundo, a interrogar de nuevo aquellas llagas,
Aquel cuerpo erizado por la pluma y la nieve.
Siento correr, golpear en cada vena el torrente que enfríase,
Pedir de nuevo el aire, ansiar arder, ser carne, fuego al fin
Que despliega sus lenguas en la noche, cabeceando de sueño,
Hundir la frente en la pared y fijar el fantasma
Que espía en mis espejos, que voltea los vasos
Donde hay sólo vinagre; la cicatriz sobre la sal chispea.

Paisaje para clegos
Ya no me acuerdo cuando me aparté de esas llagas.
Voy gritando a oscuras, con la cabeza escarbo
En el muro los años multiplican su enjambre,
No sé si estoy despierto me dan leche o vinagre.
Abro en uñas mis yemas, pero ellas se prolongan
Más allá donde laten sus voces crepitando,
Volverá con las lluvias me he comido la lengua
Los globos dados vuelta ajustaban las cuentas.
Dónde estamos a tientas buscamos un camino
Bajo el sol los muñones inscripciones con ira,
De hielos encendidos nos llevamos nos metimos carbones
En los ojos -dulcemente se lamen las miradas -.
¿Qué ves tú? Yo te veo boquear como pez en otro aire.
¿Qué ves tú? Sólo un yermo de espejos y el cuchillo.
¿Qué ves tú? Mi raíz arrancada de las plumas tu entraña.
¿Qué ves tú? Yo no veo. Yo sólo te presiento.
Si retorna el cometa
A Susana que, como yo,
esperaba el cometa
Cuando vuelva el cometa, -si es que vuelve-
Todo será distinto y no podremos seguir su vuelo
En los manchados lentes. Tú y yo bajo la tierra
Indiferentes, dormiremos uno en el otro, con los huesos
Trenzados en el polvo, blanqueados a la cal por el olvido.
No correrá la sangre en nuestras venas y como hilachas
Flamearán al viento estos restos de piel. Quizá seamos
Sólo ceniza que alguien lleva apretada entre las manos
Y la arroja al torrente, ese espejo de espinas de la sed.
Cuando vuelva el cometa, tú y yo como los astros, surcaremos
El cielo en la errante burbuja donde el deseo y el amor son ascuas.
En la eterna corriente, quizá sólo una lágrima.

Entender no es saber
Día tras día espero.
Por fin llegan. Me preguntan los nombres
De seres olvidados que con mi mismo rostro
Se marchitan, se afeitan, clasifican el mundo
Y se levantan.
No entiendo para qué.
Noche a noche te sueño en dos mitades
Cerradas sobre mí como los labios de ese insecto
Mecánico que mastica los números, jadea en las escamas
Y salta y de repente está sobre la almohada a cuajarones:
Todo a ciegas, espeso, sin raíz, a la luz
Lloran las aguas.
No entiendo para qué.
Es tarde. Los punteros se quiebran ya cansados,
Me parece que nunca llegaremos a nada.
¿Para qué tantas llamas, tanta pulpa quemada
Y por los filos secos aquel niño que pasta sus gusanos?
¿Para qué tantos ojos? ¿Por qué no nos dejaron escarbar
En el pozo del palacio hormiguero? ¿Por qué el sueño
Se sueña y se repite a cada navidad con sus juguetes?
¿Para qué?, respondedme, ¿para qué?
De espalda descendemos por el riel ya sin ayes,
Un jardín de taladros roedores me espera.
Arrojado, sin aire, me despierto, me duermo
Y vuelvo a despertar: oigo el filo a lo lejos.
Una voz me responde por cada trizadura:
Denegadas sus dudas. Entender no es saber.
Distracción ontológica
La vida es sólo un tubo sin remedio.
Entrar aquí da a todos el derecho de mirar la injusticia,
De llevarla como ascua en la mano cerrada,
De gritar torturado en sus aristas o lanzarla
Quemante como un dardo en la tela maldita
Que va hilando una araña en la otra entrada …
… que es un sueño,
De la vida que es sólo un tubo sin remedio.

Lo inexplicable
Acercando el oído a su húmedo sexo
Él oyó los tambores, el estruendo de la sangre
Que calienta los dínamos del deseo, esas aspas
De fiebre de la noche. No sabemos nada del amor.
Dios crea en nosotros un milagro continuo.
Ludwig Zeller nació en Río Loa, población del desierto de Atacama, Chile, en 1927. Reconocido internacionalmente por su prolífica labor como poeta y artista visual, su obra se inscribe como una producción notable dentro de las vanguardias, específicamente del surrealismo. Es autor de los libros de poemas Éxodo y otras soledades (1957), Siete caligramas recortados en papel (1969), Mujer en sueño (1975), Mirages (1983, en coautoría con Susana Wald), Imágenes en el ojo llameante (1999), Preguntas a la médium y otros poemas (2009); así como de la novela Río Loa, la estación de sueños (1994). Su obra ha sido traducida al inglés, francés y portugués. Como artista plástico ha montado exposiciones en Estados Unidos, Argentina, Francia, Inglaterra, Canadá, Alemania y México, entre otros. Fue fundador y director de varias revistas y editoriales. Luego de su salida de Chile, vivió en Canadá durante algunos años; desde 1993 residió en San Andrés Huayapam, Oaxaca, hasta su muerte en 2019.

