Anotaciones sobre Kafka II

Por Ricardo Stolzdarauf[1]

La mano de la cocinera se siente pegajosa y tensa cuando ambos salen a la calle matinal. En el umbral, ya pronunció la amenaza. El muchachito de ojos negros, orejas saltonas y corte taza se lleva la mano libre a la boca. Parece tenso. No dice nada. Los amorfos adoquines de la calle Zeltengasse (que los checos llaman Celetná) están lustrados de un fino rocío que los ennegrece. El paso de Frantiska es imperativo y rítmico. El del niño, involuntario y rezagado. El cielo es de un azul pálido, indistinto. A la izquierda, esa secreta orquestación vertical de doble anillo que es el reloj astronómico advierte que el sol está en la constelación de libra, el planeta en la estación otoñal, la luna en cuarto menguante y la ciudad de Praga en el horario de las ocho menos cinco. La mano flaca de Frantiska da un tirón. El niño de seis años pone un pie trastabillante en el Alstädter Ring (que los chechos llaman Staroměstské náměstí), la espaciosa plaza principal de la ciudad antigua. De pronto, algo estalla contra el techo de uno de los edificios que custodian la plaza. El muchachito se lleva la mano libre a los ojos para protegerlos del repentino sol. Los adoquines despiden brillos diamantinos iridiscentes. Caminan sobre un mosaico dorado. Y negro. Amanecieron las sombras. Frantiska vuelve a dar un tirón y repite, infalible, su amenaza. Le contará al maestro de la escuela lo mal que el niño se portó anoche. Él la mira a los ojos. Observa los pozos de sombra de las mejillas hundidas, la nariz puntiaguda. Todo en esa mujer amarilla es filoso. El pequeño abre la boca, frunce las cejas y dice que ella no se atreverá a contarle a nadie en la escuela. Lo dice en un alemán espontáneo y natural, aunque crispado y espinoso. No dejan de avanzar por la plaza, ese enorme espacio abierto que no ofrece obstáculos, en diagonal hacia el callejón Teingasse (que los checos llaman Týn). Caminan sobre el sitio donde los borbones del sacro imperio romano-germánico, de lengua y emperador alemanes, ejecutaron a 27 nobles checos tras la batalla de la Montaña Blanca, en 1620, dando inicio a la guerra de los treinta años y, a su vez, a la interminable disputa de poder praguense entre checos y alemanes. Pero el niño no piensa en todo esto. Acaba de decirle a la cocinera que no se atreverá a contarle a nadie en la escuela. No reflexiona sobre la importancia política y social de la lengua alemana, ni sobre su histórico conflicto con la creciente facción checa, ni sabe aún que el día de su nacimiento, un 3 de julio de 1883, los checos obtuvieron mayoría en el parlamento en unas elecciones históricas, aprobadas por el emperador, hecho que significó un golpe al poder imperial en Bohemia y un empoderamiento de quienes obtendrán su independencia en 1918 al fundar Checoslovaquia. Frantiska responde, concisa, que no se haga ilusiones. Que va a contar todo. Se sumergen en las sombras próximas a la callejuela Týn, proyectadas por los dos picos negros y punzantes de la iglesia gótica de Nuestra Señora ante Týn, que se yergue a la derecha. El muchachito sacude el brazo, frena la marcha, enuncia una queja. Frantiska no lo mira ni lo suelta. Avanza, impertérrita. El niño comienza a gemir, a derramar lágrimas. La cocinera sigue tirando del brazo. El pequeño cubre la mano de ella con las suyas y le ruega entre sollozos que lo perdone. La baja estatura de Frantiska no le impide arrastrar enérgicamente al niño por la callejuela Týn. Entre ruegos y monosílabos cortantes, llegan a una pequeña plazoleta. El muchachito amenaza con contarle todo a sus padres para vengarse de ella. Frantiska suelta una carcajada. A los tironeos, la cocinera arrastra la refriega incesante bajo la arcada que conduce a la calle Týnska. Sometido ante esta autoridad inapelable, acusadora y amenazante, Franz Kafka se desespera. No le sirve que su nombre sea el mismo que el del emperador. Eso no le da poder. Se aferra, ronroneante y lívido, al picaporte de la puerta de un local. No le sirve que su apellido haga referencia a un pájaro. Eso no le da libertad. Jura que no avanzará hasta que ella lo perdone. Tampoco le sirve ser el primogénito varón de Hermann Kafka, el checo provinciano, bruto y ambicioso que se vino del pueblo judío de Osek, en el sur de Bohemia, a la ciudad de Praga en 1881 o 1882 y con el tiempo instaló una tienda de hilos y paños cerca de la plaza central, ni ser el hijo de Julie Löwy, la mujer trabajadora, de familia excéntrica y algo cultivada, que decidió acompañar a Hermann pese a las frases retóricas y de mal gusto que su futuro marido insertaba en las cartas de cortejo que le recomendaba el casamentero. Franz jura que no dará otro paso hasta que la cocinera lo perdone. Frantiska suelta otra risa y logra separar esos deditos insurrectos de la puerta. Lo arrastra por la calle. Él se le cuelga de la ropa. Las lágrimas le corren hasta los labios. Le ruega que lo perdone. Ella le dice que esto también se lo va a contar al maestro. Franz da un alarido que opacan las ocho campanadas de la iglesia de Jakob. Alrededor resuena el repiqueteo de pies infantiles que se aprestan para llegar a tiempo a la escuela primaria checa y el retumbo de pies más adultos que apremian el paso para no entrar tarde en la academia comercial alemana. Franz llora de terror. Todo en la escuela es escarpado, siniestro. Lo único que puede empeorarlo sería llegar tarde. Frantiska acelera el paso y Franz no tiene alternativa que proceder a su condena si no quiere agravarla aún más. Ingresa en el antiguo edificio de la Escuela Alemana Popular y Ciudadana I rogando que, al igual que ayer, y anteayer, y la semana pasada, Frantiska no cuente nada. Si efectivamente contara algo, el suplicio amenazante se acabaría. Y quizá el niño no, pero Franz Kafka sí necesita esa amenaza diaria. Porque de resolverla, también su poética se disolvería.

Kafka de niño

[1] No puedo evitar observar que, en la primera anotación de esta serie, la dirección editorial de esta revista le dio la oportunidad a Gerardo Iturbide para decir algo sobre Kafka, y lo primero que Gerardo hace en su texto es llamar a otro tipo (un tal David Lodge) para que hable por él, y para colmo con pura información teórica que no le interesa a nadie. Además, invita a otro (ese, Bruno Latour) y lo señala con el dedo pero ni lo deja hablar. Un irrespetuoso. Esperemos que la próxima vez nos diga algo sobre Kafka.

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