Ilustración de J.A. Grenno.

Setenta y cuatro, ocho – Emilia Konwerska

SETENTA Y CUATRO, OCHO, por Emilia Konwerska

Prosa poética que forma parte de su último libro, Cosas hechas en
propósito
(polac. Rzeczy robione specjalnie, editorial ArtRage 2025)

Traducción al castellano de Krzysztof Katkowski

Bajaba por unas escaleras de caracol, con la mano derecha me agarré a la barandilla y con la izquierda me metí en el bolsillo (como algun animalito), y ese fue el momento en que decidí que preferiría romperme el cuello antes que volver a romperme el brazo. Consideré que era una señal de gran valentía y me sentí valiente, pero al mismo tiempo me invadió un gran cansancio. A partir de ese momento sentiría siempre orgullo y cansancio a la vez. Estadísticamente, sin embargo, tenemos muchas más razones para el cansancio, así que consideré esta nueva propiedad como un don inesperado.
Abajo me ocupé de lo de siempre, es decir, buscar las razones de la ruptura de mi matrimonio. Se parecía al gesto que hacen las mujeres vulgares y agresivas hurgando en las manzanas del supermercado. Sacaba un motivo con un gesto aparentemente descuidado, lo miraba, pero solo durante un segundo o dos: eso bastaba para reconocer el valor del recuerdo. Al principio apartaba los síntomas.
Él yacía en la cama y me miraba, y cuando empezaba a quitarme el sujetador, apartaba la vista. Desde ese momento lo observaba siempre cuando me cambiaba. Cuando empezaba a tocarlo, desde hacía un tiempo me pedía inmediatamente que lo rascara, le empezaba a picar, mi mano se convertía en un rastrillo afilado o él mismo se volvía un perro viejo. Por culpa de ese rascar comencé a verlo como un perro también en otras situaciones. Escuchaba el sonido de la orina desde el baño, entonces cantaba Yellow Submarine, y yo empecé a odiar a los Beatles, a cada uno por separado. A Lennon lo odiaba más que a nadie, independientemente de mi estado de ánimo.
Después le dije: “No me toques con las manos frías. Antes de extenderlas hacia mí, mantenlas durante unos minutos entre tus propios muslos. Pero no demasiado cerca de los genitales”. No afirmo que yo estuviera libre de culpa.
Antes, nuestro juego favorito era el de la presión. Me envolvía fuertemente en la manta, y él la apretaba contra la cama a la altura de mis hombros. Entonces reíamos y hablábamos. La manta junto con la fuerza de sus músculos limitaba mis movimientos, todos estaban contentos, pasábamos así el tiempo hasta que sus brazos se negaban a obedecer. No sé si empezó a envejecer o a aburrirse. Ni qué habría sido peor.
Entré en la tienda a recoger un paquete y, cuando me pidieron el código, respondí: dieciocho, veintiuno, treinta y cinco. Lo hice con plena conciencia, porque sé lo que significa.
Por cierto, creo que las tiendas también fueron culpables de la ruptura de nuestro matrimonio (usaba esta frase a diario, empapelé mi cabeza con ella, a veces la buscaba con la mirada). Las peores eran las de descuento: Biedronka, Lidl, Auchan. Teníamos que ir y teníamos que ir juntos. Las tienditas de barrio, las Żabki, estaban de nuestro lado; allí cumplíamos caprichos espontáneos, comprábamos aperitivos repentinos, cerveza, dulces. Eran caros e innecesarios, pero estaban de nuestro lado. Los buzones automáticos eran más bien amigos que intentaban ser imparciales. Tras la ruptura de nuestro matrimonio mantendrían un contacto cordial con ambos, pero ninguno de los dos confiaría en ellos, y ellos lo sabrían.
Trabajo en una tienda de alcohol y sé que los clientes se dividen en dos grupos: los que compran alcohol y los que recogen paquetes. Muy pronto aprendí a reconocer su personalidad en función de la manera de leer los números. Los que nombraban cada cifra por separado pertenecían a personas al mismo tiempo impacientes y poco dispuestas a dar de sí. Seguramente en el trabajo perdían rápido el interés por las tareas, pero creían que era porque eran demasiado buenos para ellas. Las personas que mencionaban las cifras en pares enseguida daban la impresión de ser responsables y estables. Las complicaciones empezaban cuando quedaba una cifra suelta al final. Si se pronunciaba con alegría y ligereza (¡pero realmente ligera!), entonces sabíamos que estábamos ante alguien con quien cualquiera querría hacerse amigo. Y casi cualquiera querría acostarse con esa persona. Si la cifra solitaria provocaba nerviosismo, se convertía en símbolo de fracaso, se escupía entre dientes o con una risa nerviosa, entonces podíamos estar seguros de que todo desde el principio había sido una mentira. Esa persona se marchaba encorvada, no disfrutaría del libro pedido, los zapatos dejarían de gustarle o incluso empezarían a molestarle. Se arrepentiría de la compra, y quizá la devolvería. Los que hablan en tríos (setecientos noventa y tres) pertenecen de manera obvia a los farsantes y a los snobs. Sus mayores sueños son el dinero fácil y el aplauso barato. No hay que preocuparse por ellos. Entran y salen sin darse cuenta de nada. A nadie les importan realmente.
A alguien que pronunciara todo el número enorme de una sola vez (ocho millones trescientos cuatro mil uno) todavía no lo he encontrado, pero estoy segura de que esa persona sería precisamente quien podría sustituir a mi marido en el juego de la presión.


Emilia Konwerska (1985), además de poeta, es publicista. Sus textos se han publicado, entre otros, en Krytyka Polityczna, Gazeta Wyborcza, Vogue y Nowy Obywatel. Sus poemas han podido leerse en las revistas Dwutygodnik, Wysokie Obcasy y Łałok. Fue nominada al Premio Literario de Gdynia por su primer libro de poesía, 112, publicado por la editorial papierwdole en 2021. El volumen fue publicado también en Ucrania por la editorial Krok (traducido por Anna Zotova). En junio de 2023, su segundo libro de poesía, El último y el primer caimán, fue publicado por la editorial j.


Krzysztof Katkowski (n. 2001) es sociólogo, filósofo, traductor, periodista y poeta. Está vinculado a la Universidad de Varsovia y es graduado tanto por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona como por la Universidad de Varsovia. Actualmente está preparando un dossier sobre poesía polaca contemporánea para Círculo de Poesía. Su obra ha aparecido, entre otros, en The Guardian, La Directa, CTXT.es y Jacobin. Ha traducido al polaco la poesía de autores como Jaime Gil de Biedma, Roberto Bolaño, Blanca Llum Vidal, Bruno Montané Krebs o Berta García Faet.

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