«Microcosmos del silencio», de Teresa González Arce

Domingo, diez de la mañana. El sol invade la habitación, impidiéndome dormir unos minutos más. Es una mañana tranquila. A lo lejos, puedo distinguir la consabida salmodia de las palomas, un estribillo que se detiene justo antes de llegar a tener sentido y el pío pío de algún pájaro que adivino de menor tamaño que los demás. El silencio, no cabe duda, es capaz de convertir las ramas de un guayabo en un bosque cada vez menos poblado a medida que la mañana avanza y que la gente, ignorando la sensata observación de Pascal de que todas las desgracias pueden ocurrir al hombre cuando decide salir de su habitación, se despereza.
En este caso, como en tantas otras ocasiones, la desgracia —que tampoco ha leído a Pascal— no recae sobre quien, enérgico y animoso, apura el café y se instala bajo mi ventana a lavar su coche sino sobre mí, holgazana ingenua y literaria que, pese a vivir en un edificio de apartamentos, esperaba disfrutar de la tranquilidad de una mañana de domingo sin levantarme de la cama.
Y es que el silencio, para algunos, sirve sólo en la medida en que uno pueda ser el primero en anularlo. De alguna manera, una mañana silenciosa se parece a un muro recién pintado de blanco: nunca falta quien, movido por una especie de terror al vacío, pinte en ella una marca, un “yo estuve aquí” que, según él, le dé sentido a la blancura. Que los camiones den a la ciudad una tregua en medio del estruendo al que la someten todos los días de la semana, que los portazos, carreras atropelladas por la escalera y calentamiento de motores protagonizados por todos quienes deben llegar muy temprano a la escuela o al trabajo se detengan un momento, no son sino pretextos para variar la naturaleza del ruido, adaptándola a lo que cada quién cree o pretende ser al liberarse de corbatas y tacones altos.
Un domingo silencioso es la ocasión ideal para demostrar, por ejemplo, que a uno le gusta Luis Miguel o que, pese lo que todo el mundo crea, se es profundo y sensible como Arjona. Lavar, aspirar, encerar y pulir el coche un domingo por la mañana al ritmo de una música que suena a todo volumen es, en este sentido, una manera de imponerse públicamente como aquello que se desea ser o, en el peor de los casos, que se cree ser en realidad. Como en un anuncio publicitario, el sonido acompaña o dirige la tarea de acercar, a fuerza de trapos húmedos y ceras abrillantadoras, las evidencias más contundentes de la realidad —el coche, en este caso— a la imagen que de ella suele entregarnos la televisión. ¿Cómo disfrutar el orgullo de poseer un reluciente coche último modelo sin una música de fondo cuidadosamente escogida? ¿De qué sirve protagonizar el videoclip del éxito sin más espectadores que uno mismo?
Hay sonidos que agreden, que interrumpen, que golpean con manotazos de ogro torpe. Teléfonos celulares que imponen dondequiera que estén la urgencia de responder con voz muy fuerte, voces chillonas que convierten la capacidad de escuchar en una tortura, altavoces que anuncian desde el cielo las insuperables ofertas de una tienda de departamentos, el ritual de limpieza que siguen mis vecinos cada domingo por la mañana: la realidad sonora ha sido tomada por asalto por quienes, extrovertidos empresarios del ruido, creen que el silencio está ahí para urbanizar, pintar, decorar o pegar publicidad a su antojo.
No soy una defensora a ultranza del silencio. Si alguien me diera a escoger entre ser sorda y quedarme como estoy, preferiría seguir teniendo los oídos bien abiertos, con todos los riesgos que eso implica, porque lo que me gusta del silencio es que está hecho de pequeños sonidos, ruiditos que es necesario alcanzar a fuerza de atención y de paciencia. Aún queda, como un hormiguero oculto por los cimientos de un edificio, bajo tantos bloques de ruido, un mundo sonoro que sólo se descubre bajando el volumen del estruendo o, ante la imposibilidad de hacerlo, aguzando el deseo de no escuchar lo que se encuentra en la superficie. El ladrido de un perro, las campanas de una iglesia a lo lejos, una canción que suena sólo para mí, son sonidos que aumentan cada día mi aversión contra los oídos duros, incivilizados, de quienes hablan siempre en voz alta.

Teresa González Arce nació en Guadalajara y es doctora en Estudios Románicos por la Universidad Paul Valéry, Montpellier III, de Francia. Es  profesora investigadora titular adscrita en el Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara. Imparte clases en la Licenciaturas en Letras Hispánicas y en Escritura Creativa; en la Maestría en Estudios de Literatura Mexicana y en el Doctorado en Humanidades de la misma universidad. Sus ámbitos de interés académico son la literatura contemporánea mexicana y  española; el ensayo y las escrituras del yo en lengua española; la literatura comparada y la hermenéutica filosófica. Pertenece al cuerpo académico en consolidación “Variación lingüística y literaria”. Es autora de El aprendizaje de la mirada: la experiencia hermenéutica en la obra de Antonio Muñoz Molina (2005), Libro de los miradores: ensayos sobre narrativa española contemporánea (2010), Herméneutica del reconocimiento. La representación del autor en la literatura contemporánea (2012);  y de los libros de ensayos literarios Días hábiles (2012) y La mala memoria (2020). Ha coordinado los libros colectivos Lo que dicen los límites: orillas, fronteras, colindancias en la poesía, la narrativa, el cine y el pensamiento (2005), Tras la noche: estudios sobre literatura española contemporánea (2016), Triunfar de la vejez y del olvido. Miradas sobre el retrato literario en la España contemporánea (2013); en colaboración con Luis Vicente de Aguinaga: Este cuerpo podría ser el mío. Escritoras mexicanas del siglo XXI ante la interpelación de la violencia (2021) y Travesía de múltiples sentidos. Lecturas hermenéuticas de Libro centroamericano de los muertos de Balam Rodrigo (2024). Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel I).

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