Hombre con cabeza de máquina de escribir con una remera que dice Gambito husmeando un pote de dulce de leche frente a la heladera de noche.

El Gambito entre las cosas #1

La otra noche me levanté de la cama sin pensar y bajo la luz de la heladera abierta me encontré leyendo las etiquetas negras octogonales del envase de dulce de leche con una mezcla de fastidio y deseo. La ley de etiquetado frontal exige que el envoltorio cerrado de todo alimento publique sus excesos nutricionales. La rúbrica delata la demasía de sodio, de azúcar, de grasas saturadas y de otros elementos cotidianos cuya latente abundancia oxida la vida, como los títulos del noticiario, las palabras del reggaetón, la señal de la cruz.

Una decisión informada, tal es el poder que esa fealdad propone al comensal. Se nota que el legislador ya no lee poesía ni se enamora.

Julieta.
Si te encuentran, te quitarán la vida.

Romeo.
¡Cielos! Más peligrosos son tus ojos
que veinte espadas suyas: si me miras
dulcemente, ellos no podrán tocarme.

Julieta.
Que no te vean, por nada en el mundo.

Romeo.
Me ocultaré en la capa de la noche;
y si no me amas, deja que me encuentren.
Mejor que su odio me quite la vida
que retrasar mi muerte sin tu amor.

Permítaseme un cambio de términos, I love Shakespeare too much to care. Romeo podría ser yo, hablando no con Julieta, sino con el dulce de leche, ignorando las espadas de las calorías, las grasas saturadas y los azúcares con tal de probar esa dulzura. De algo hay que morir, le faltó agregar a Romeo. Y nosotros le daríamos la razón.

¿Quién juzgaría a Pandora por abrir la caja de su marido, aunque desatara maldiciones universales? Ni una de esas terroríficas etiquetas negras octogonales la frenaría. Menos aún a Tristán e Isolda frente al magnetismo fatal de la envasada poción de amor. Como la de las placas de Crónica TV y la de los libros de Mariana Enríquez, la fealdad de las letras de esos rótulos no consigue el susto. El error es tanto de índole filosófica como protocolar. Para lo segundo, basta la pregunta retórica: ¿Qué anfitrión ofrece un brebaje y sugiere no aceptarlo? Para lo primero, más vale pasemos al párrafo siguiente.

La espada Excalibur no deseaba dormir, esperaba al héroe. El banquete no se niega a sus criaturas, los comensales. Jamás manjar razonó desazón. Al fruto no le fue dada la defensa, como lo ilustra el otro ilustre Homero en los Simpsons, ese Shakespeare televisivo, al prevenir y encarar un indefenso pastel en la mesada de la cocina. Al fruto no le fue dada la defensa. Sí acaso la venganza, en su veneno, en su acritud, en su adicción. La espina de la rosa no es rechazo, es rodeo. Cuánta amada fingió disuadir a su amante y cuánto amante se enamoró en ese aparente rechazo. Casi toda la literatura romántica y la mala praxis adolescente descansan sobre esa interacción.

Demos un paso hacia la abstracción: que la belleza se nos niegue por sus propios escrúpulos, es un sinsentido. Ni la fotografía forense en cajas de cigarrillos ni los balbuceos en contraportadas de libros distraen la enajenación del fumador y del pasador de páginas. Dice un comentario de pretensión crítica cuyos protagonistas omito: “sin mayores esperanzas ni afanes [el autor] elabora metáforas e imágenes que llegarán y no a destino”. Así de inútil encomendar la delgadez de un plato de ensalada, la perdición en un volumen de Marcel Proust, si mayormente permanecen intactos.

Pero más sinsentido es, me dirá mi lector, siempre arrellanado en el buen gusto, ofrendar el acérrimo cigarrillo o el desganado libro al altar de la belleza, pagar su impuesto con ellos. Es cierto. El dulce de leche, el cigarrillo, Las cosas que perdimos en el fuego, no embellecen el mundo, nos distraen de él. Retribuyen la distracción con la que a ellos llegamos. O más bien –para fingir que seguimos en la filosofía–, son esa misma distracción, buscando perpetuarse en su ser como quería Spinoza.

Dicho esto, el lector argüiría que es en la ignorancia donde se apoyan el cigarrillo, el dulce de leche y los libros balbuceantes para multiplicarse. Aquiescente, yo aportaría datos literarios, acaso mi única virtud. Pues bien, la ignorancia es ciega, avanza tanteando como la gula hacia la heladera de madrugada. Así, pero de otro modo, dice Shakespeare en boca de Coriolanus:

Your ignorance – which finds not till it feels,

Su ignorancia, que no encuentra hasta que palpa,

Así palpa Romeo, ese ciego enamorado, el soñoliento dulce de leche, diría todavía yo. Mi lector no se quedaría atrás. El etiquetado frontal, me instruiría, es un cartel para lenguas analfabetas; y remataría: prevenir al paladar con razones simbólicas es confundir las acepciones de la palabra lengua. Yo balbucearía: al paladar, lo que es del paladar; y no podría evitar lo siguiente. Al pulmón, la fotografía forense del paquete de cigarrillos es lo que al espíritu de mi lector estas líneas:

De la beatitud, el mundo
ha brotado. Ha salido
del éxtasis, de la dicha,
llenos de sí, esta tarde,
infinita, infinita,
con árboles y con pájaros
de infancia ¿de qué infancia?

Es decir: pura abstracción, lejanía; y con el peor de los efectos ontológicos, la inconsecuencia. La hambrienta moral usa las manos si la recatada vajilla no logra separar el hueso de la carne. Solo lo estético persuade, porque solo lo estético da de comer. Una buena razón es un plato delicioso, y un convidado razonable es un convidado delicado. Por eso antes urge reseñar y enseñar las delicadezas sensoriales del plato nutritivo; en lugar de atorar la pizza cuatro ceros con vulgares barroquismos de pollo, salchichas y papas fritas, recuperar el horno atento, la mano blanda y el cereal integral.

Si el paladar, previo descifre, asumiera la criptografía del etiquetado frontal, el supermercado cerraría. Lo mismo vaya con ese otro basurero, la librería industrial. La única permanencia serían esa sección de frutas, verduras, cereales y frutos secos del espíritu que llamamos poesía y una selección narrativa de carnes y pescados. ¿Y qué decir de la sociedad que pusiera en la frente de sus individuos las etiquetas que ya pone a sus espaldas? Pero si la rúbrica persiste, es porque nadie espera que el paladar consienta. Dicho de otro modo, etiquetar un alimento en el supermercado es como pegar, en los bancos de una iglesia, etiquetas que recen: “La religión es el opio de los pueblos”. Uno no entra a la iglesia para abandonar a Dios ni al supermercado para abandonar la malnutrición. Uno acude allí para cajonear soluciones que merecen un tiempo que acaso no se tiene.

En cuanto al libro, ninguna rúbrica octogonal de exceso de sentimentalismo, o de exceso de biografía saturada o de exceso de grasas desviará el apetito del pasador de páginas, ninguna rúbrica octogonal corregirá un mercado, ninguna rúbrica octogonal subsanará un espíritu. Espiritual o del cuerpo, todo alimento se cultiva. Que no se me malinterprete. El objetivo de la etiqueta es justo; el modo, tan de mal gusto como los alimentos que difama. Tiene razón mi lector. El altar del dulce de leche, el cigarrillo y Las cosas que perdimos en el fuego no es el de la belleza. Es el del placer fogoso, como el de este aplaudido verso:

A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles

A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul, vocales

Dura lo que un aplauso y, como los turistas del arte, pronto necesita otro. La ignorancia se quema las manos aplaudiéndolo, palpándolo. Y una vez apagado, el verso es ceniza al tacto, y es aire, y es nada. En todo caso, es fuego de artificios para unas vacaciones cortas. Cultivar un gusto, en cambio, da ojos, oídos, olfato; ante ellos el manjar desfila y se cocina lento, por capas. La belleza se desnuda en un lentísimo estrago de ropas, sin incendios que conciten advertencias. Como una piel pierde su fruta.

El ancho poeta, como el animado plato y la exquisita conversación, da mecha a esos fuegos de artificio en que arde la ignorancia, pero asimismo insinúa sibilantes velas aromáticas para la paciente zaga. Su nombre puede ser Shakespeare, puede ser Dante. Por eso esos anfitriones aun reciben cinco estrellas. Allí cabe todo el mundo. Como registró el gourmet Samuel Taylor Coleridge:

todo el placer que perdí por percibir más claras las fallas de ciertos pasajes, se me vio compensado con el deleite añadido con que leo el resto.

Permita la cortesía del lector un último remplazo de términos. Los pasajes no solo son versos. También son platos, son teoremas, son prójimos, siendo goces que los sentidos, el intelecto y el espíritu aprovechan, no ya solo la imaginación. Leer es también comer, es intelegir, es conversar. Vale la permutación: comer es también leer, es conversar, es intelegir. Y no octogonal y negro como una cárcel, sino redondo y naranja. Como un sol de verano que se pone.

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