Salir del laberinto borgeano (ensayo), por Facundo Pallero

A veces, los textos nos son indisociables de sus circunstancias de lectura. Mi primer encuentro con Borges vino entre tapas de la editorial Emecé que parecían ilustradas por Escher. Yo tenía once años y estaba en una cama de hospital, a cuyo costado en algún momento me dejaron Ficciones. Por fortuna o por desgracia, el suero que goteaba algún analgésico no me impedía voltear esas viejas páginas de papel nuevo entre mis dedos e imaginar que, como Juan Dahlmann, me topaba con destinos menos hospitalarios.

A diferencia de Dahlmann, a mí no era la esgrima criolla lo que me atraía, sino las posibilidades de abstracción en mundos como Tlön. Borges me introdujo a la filosofía y yo me enredé en los postulados de Berkeley y en otras imprecisiones que distraen de la realidad a la que el lenguaje supuestamente alude[1]. No creo haber creído con más que una convicción forzada en esos caminos que Borges parodiaba. Pero, sean búsquedas de conocimiento o inquisiciones estéticas, podemos perdernos en las bifurcaciones de sus senderos.

Aun después de salir del hospital aquella vez, Borges me retuvo entre sus artificios verbales. Me demoró varias madrugadas en los casilleros de sus sonetos rigurosos y solemnes, cuya belleza compensa su tono sentencioso; me entretuvo en la rima y la métrica de esta forma cerrada con poemas de Quevedo y de Enrique Banchs. Borges se convirtió en mi librero de confianza y en sus ensayos me entregó también a Shakespeare, a Blake, a Chesterton, a H.G.Wells, a Poe y a Whitman.

Este fue el fin de mi relación con Borges—o, al menos, un largo paréntesis—. Durante los primeros tiempos en que lo imité, escribía oraciones adornadas con sus palabras más características (verbigracia, esta, que corre el albur de parecer baladí). Después, quise incorporar también su bilingüismo, y dejé de leer en español para entrar de lleno en los recovecos lingüísticos que distinguen “maze” de “labyrinth”.

Pasaron los años y las lecturas: por mi Kindle desfilaron The Left Hand of Darkness de Le Guin y Little Brother de Doctorow. Russell me guió hacia la filosofía analítica y las charlas de John Searle y Nick Bostrom en YouTube reemplazaron a los filósofos idealistas. Después de caminar en círculos entre tomos amarillentos, me pegué a la pantalla junto a un récord de ojos frente a Cat Person. O me puse a leer tuits de Tao Lin y Mira González, tan distintos y parecidos a mi vida millenial. Así, quizás, salí accidentalmente del laberinto que creé a partir de la obra de Borges.

Es irónico que veneremos tanto a alguien que quería ser olvidado. Hará un mes fui a la charla de un filósofo que hablaba de Borges. Llegó con una carretilla de donde fue sacando libros destartalados que miraba con reverencia; parecía regodearse al entonar cada frase de Kant o Hegel que tenían subrayada. Empecé a fijarme cómo volver a casa en Google Maps mientras él seguía amasando citas con conexiones tenues o debatiendo alguna genialidad borgeana hecha palabra. Me hizo pensar en conjuntos de espejos enfrentados que se reflejan infinitamente y no en mi profunda tardanza para captar el sarcasmo.

No pretendo negar la genialidad de la obra de Borges, pero ahora prefiero la literatura de mi época. Aunque los libros viejos son cómodos, el mundo (que espero asumamos vale o puede valer la pena) es una serie de problemas abiertos cuyas soluciones no están al final de intrincados pasadizos intertextuales. Borges no se ofendería, creo, si destiláramos lo que ya leímos de él. Y creáramos escrituras que sean nuevas formas de no hacer algo sobre la realidad. Si hay algo que Borges hizo sarpadamente bien fue reciclar literatura. Creo que no objetaría, entonces, que dejáramos que se uniera a los tantos ecos sin nombre que retumban desde quién sabe dónde en este otro laberinto.


[1] Por ejemplo, la “paradoja” de Aquiles y la tortuga no dice nada sobre la relación entre la velocidad, el tiempo y la distancia (la materia a la que supuestamente atañe). Por otra parte, muestra cómo expresarse de manera rebuscada ocasiona malentendidos, sean o no intencionales.


Facundo Martín Pallero (La Plata, 1992) es traductor y vive en Buenos Aires. Cotradujo “Los delfines de Saint-Marie” de Sandra Sabatini para K1N y participó en la traducción de Viento y madera. Sonetos de una palabra de Seymour Mayne (Malisia Editorial). Entre otras, escribió una reseña de In Your Words, de Mayne, para Hermēneus. Algunos de sus textos (poesía, ensayo, humor) se publicaron en Gambito de papel. Está por terminar la maestría en Escritura Creativa de la UNTREF.

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