Cuatro poemas de Late Night Show, de Carlos Vicente Castro

A modo de presentación de este poemario de nuestro amigo de la casa, Carlos Vicente Castro, este poeta tapatío de gran trayectoria, que incluso dirige la revista de poesía Metrópolis, les queremos compartir el comentario de contratapa que realizó el también poeta Eduardo Padilla. El poemario se consigue por medio de la editorial Cinosargo.

Late night show es una trampa para insomnes que contemplan el suicidio, la venganza, la rebelión armada. El televidente deja de repasar la lista de afrentas que sufrió durante el día mientras la charla banal lo distrae del rumor que viene del ático, donde una bruja senil teje un suéter con sus miedos.
Entonces, este libro es como una tele-isla donde el mar arroja apestados. ¿Pero quién no ha sido un apestado? Cabemos todos los náufragos. ¿Deprimido? ¿Desempleado? ¿Resentido? Bienvenido. Ni siquiera es necesario el interés por la poesía. Si Dios no te oye, si tu candidato no te cumple, eres, como dicen los parias, uno de nosotros, y este manuscrito va en tus manos. Adentro encontrarás una sólida sucesión de edificios quebradizos, listos para que tu lectura haga caer al primero y los demás sigan la orden.
En breve, este es un libro de poesía pesimista, ejecutada con mano firme y espíritu infantil. Late night show es un camión revolvedor donde lo mundano y lo cósmico se confunden en una pasta gris para encuadernar tu álbum de recuerdos.

Eduardo Padilla

La oficina es un caballo blanco como el día

¿Estamos solos en medio del blanco desierto?

Paredes, escritorios,
clips, camisas de fuerza, así
un vómito mono-tono.

La oficina
cabalga a trote como un teclado, un caballo blanco de redoblado
paso interminable.

¿Estamos ensillados en el día que come piedras
y pienso?

Hasta el aire está acondicionado.

Si dejas de creer, una abeja extravía
el soporífero sabor de su celda…

¿Importa morir como un bicho aplastado
por un cuaderno a rayas?

¿Y si la blancura llama con esa intensidad
que sólo conocemos los coleópteros?

No, no. El suicidio no es para pronoicos
atareados en la astrología,
rogando por que la muerte pase a segundo plano,
a última instancia,


en las penúltimas páginas
del balance,
la estrategia.

El plano que sigo ahora es el que me deslumbra.
Simple

Qué poco interés tengo en quedar bien con las orugas
apostadas en la piedra pómez del jardín,
pues qué significa un jardín sino la esclavitud
de la hierba antes salvaje, dada al caos,
a la libertad de las esporas.
De verdad te digo, Sugar: la sangre en el papel
nada tiene que envidiar a aquella en los pulmones,
aunque sea una farsa, la muestra de lo perdido
y encontrado en el sitio o el objeto más inesperado.
Te lo comento quedito, a ti que gustas de la dialéctica
patética y patentada —emparentada,
es un privilegio de estar vivo elegir
las palabras halladas bajo la lengua,
voces acariciadas cual mascotas domésticas
y echarlas desde este mullido silencio de cojines salivales
al ruido de la ciudad.

Interferencia nocturna 

Una multitud
grita el día en mis oídos.
Extraño el sentido del humor.
La risa,
la franqueza iluminada.
No la transparencia,
sino este ligero resplandor
al que no puedo mirar sin tener al instante
que bajar la vista.
Cuatro insistentes paredes asesinan la cordura de cualquiera

No sé, no sé, no sé nada de nada,
ni siquiera sobre la nada.
Si estuviera en la playa podría nadar en la nada
sin preocuparme por los filos virulentos
que acechan tras la ventana, la puerta,
en el librero, la pantalla de plasma.
Si no hay salida, si estoy condenado
aunque ignore de qué me acusan, si la libertad
es un clown encerrado en la habitación
de los deseos a cuentagotas,
me gustaría ser extrañado por las hormigas
en el punto de fuga de la página.
Soy como el niño que insistió en llevar
su juguete a la escuela,
y al voltear distraído en el recreo
ya no lo encontró.

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