Tantos tensos traqueteos

Por Santiago Astrobbi Echavarri

En México, todos los que aquí vivimos lo sabemos, el silencio es incluso más elusivo que el rugido de un jaguar. Dondequiera que uno rumie, alguien o algo, sin la intención de hacerlo, le responderá. Usted caminará por recónditos parajes oaxaqueños y hasta allí le zumbarán en el oído dos motosierras al unísono, con sus penetrantes dientes voraces, famélicos, furtivos. La danza de una cascabel lo devolverá del trance en el desierto, su sibilancia, sus susurros caribeños, su sutil deslizarse y perderse donde usted podrá encontrarse, si se escucha. Dicen que en Durango hay un lugar al que llaman “la zona del silencio”, donde usted no podría quedarse mucho tiempo porque afirman que ahí uno enloquece, usted escucharía el latido de su propio corazón, ese repique metódico y medular, aguijonado del pavor, usted gritaría, querría taparse los oídos porque el silencio le retumbaría como un eco infinito en el cráneo. Podrá caminar hasta una Huasteca que parece un mar verde macizo, pero las golondrinas lo encontrarán, con su tono herrumbroso y de trino olímpico, lo rondará el crescendo de los jilgueros como tornado alado. Cuando crea que los claxon se cancelan entre sí, cuando todos los vendedores ambulantes del mundo le ofrezcan tierno elote, ricos tacos, cómpreme esta pulsera, por favor una moneda, quesque no he comido nada hoy, que güero esto y güero lo otro, cuando en la Ciudad las sirenas no sean las del mar y usted las oiga, porque las oirá, como la muerte lenta las oirá acecharlo, con su percutir monótono, sentirá que está vivo, fulgurante, que crepita como leño seco de encino en el fuego, que el pitido que como rémora se le hermanó como cortesía de las turbinas del Airbus cuando llegó al país no se irá, se dará cuenta de que nada de todo eso se irá, ni la circense música de banda en una fiesta en un pueblo olvidado hasta por la desgracia, ni el explosivo house de los suburbios de Guadalajara. Y aunque un poco usted vino a México imantado por sus alaridos de guacamaya, que el ruido sea su casa, que su casa carezca de silencio le parecerá absolutamente desconcertante, disonante, detonante. Usted que tanto venera el silencio, que le prende veladoras que ondean como banderas, ahora lo extraña, lo acaricia en el aire, lo sueña; comenzará, sin embargo, como granos de un reloj de arena, a caer en la cuenta de que sí está vivo, de que a pesar que creyó que su cerebro implosionaría por aturdimiento, sí lo tolera, tolera el pitido, tolera las olas tercas de Michoacán en su cuarto de noche, el silbido de risotada puerca del tren gringo que succiona de las arterias de este cuerpo fértil. Tantos tensos traqueteos que ahora son melodías, sonatas, alegros, tantos tensos traqueteos, tantos tensos traqueteos.

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