Tercer premio – Concurso Lenguas Modernas 2022

Daño colateral, de Joaquín Ferrero

Esta mañana desperté con los ojos clavados en los de mi hermano. Él no debe tener más de 6, en esa foto digo, él no debe tener más de 6 y su mirada como de cachorro asustado me da pena. Lo miro y me dan pena esos párpados que caen, los ojos grises vacíos, los labios finos arqueados hacia abajo. Lo miro y leo -de memoria leo- aquel retrato  de Cortázar sobre La Maga (Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche…).

Mi hermano esta mañana cumple 22 y me repite que no le gusta cumplir años, que por qué el tiempo se confirma en lo sucesivo, por qué no se detiene en la infancia.

-No en la infancia. Por qué no a los 3 años. Por qué no se detuvo en mis 3 años -dice y la pregunta es un lamento sin pretensión de respuesta. Una sentencia ansiosa de un oído que la escuche.

Mi hermano ahora estudia Filosofía en la Universidad Nacional de La Plata, pero desde Bolívar, el pueblo de nuestros padres, nuestros abuelos, tíos y primos (de ese primo que aquella tarde de lluvia…). Desde Bolívar y en la casa de la infancia que yo dejé hace tanto para venirme a La Plata, adonde vos también ibas a venir a tus 18 (te acordás, hermano? Pero una madrugada, 4 am, me mandaste ese mensaje que temí como una despedida, esa parrafada desesperada que me hizo llorar, esa disculpa larga por no animarte a venir, que querías hacerlo pero no podías -“no puedo, tengo miedo, soy un fracasado”, protestaste- y no supe qué decirte y ahora me pregunto cómo no corrí a abrazarte, a decirte que tranquilo, que te entendía, aunque de verdad no lo entendiera porque entonces no sabía -cómo saberlo- lo que me vas a contar ahora, cuando te llame para decirte ‘feliz cumpleaños’ mientras vuelvo a tu foto, a tus 6 años, a esa angustia que no te cabe en los ojos).

Él sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido

-¿Por qué a los 3?

-Porque sí, todavía no me había mordido el perro, ni… -duda dos, tres segundos y retoma el audio de whatsapp con una risa nerviosa, tímida, acaso vergonzosa- Nada, ni había cumplido 4 años.

-Y no, si tenías 3 no habías cumplido 4 -le devuelvo con mi sarcasmo idiota.

-Quiero decir que no había pasado lo de J., que el otro día me lo crucé en el boliche y no le di ni cabida.

-¿Qué pasó con J? Largá -lo apuro.

Mi hermano se toma cinco minutos para grabar el siguiente audio, cancela, vuelve a grabar y cancela de nuevo hasta que por fin lo envía. Lo primero que le escucho es otra vez su risita nerviosa, su voz trémula, casi de niño.

-Hay cosas que no debería contar, pero como que J. medio que abusó de mí en la infancia -le escucho, retrocedo, vuelvo a poner play y me detengo en cada palabra con la esperanza de haber escuchado mal. “Abusó”, dice “Abusó” y como una picana el verbo me recorre el cuerpo, lo estremece, la piel de gallina, la congoja incontenible (cada vez que lo recuerdo).

“El pasado es una historia que nos contamos a nosotros mismos”, me habías dicho una vez y ahora me estabas compartiendo esa porción de tu pasado que desconocía y yo lloraba sin querer escuchar más y vos hablabas sin querer contar demasiado (no tengo muchas ganas de hablar, me decías) pero seguiste hablando (necesitaste seguir hablando) para volver a aquella tarde lluviosa en casa de los abuelos, una de esas tardes de tu infancia y mi adolescencia en que mamá se juntaba con sus hermanas (nuestras tías) para jugar a las cartas, tardes de primos y juegos en la casa a la que un día no quisiste volver más, en la casa que el otro día vendieron en un trámite que yo lamenté y vos celebraste. Y yo seguía sin entender por qué, pero ahora me hablás de aquella tarde gris (tarde de lluvia amarilla como orín), mamá jugando a las cartas, como siempre, con la abuela y sus hermanas mientras a pocos metros, en la misma casa y en un lugar que hoy podía ser el garage, mañana el patio, después la habitación de los abuelos (contra un ropero, agregás, que fueron varias veces pero la memoria se empeña en rescatar la violencia de esa tarde en la que vos, 4 años, tan menudo e indefenso como yo eras obligado a hacer cosas que no querías y que el que te obligaba y sometía era J, que con sus 8 ya pintaba fornido y querías desprenderte de su fuerza bruta pero no podías y querías salir corriendo a decirle a mamá las cosas horribles que te hacía pero no podías, porque mejor no cuentes, de esto no podés decir nada a nadie y cumpliste la promesa hasta hoy, cuando con tus 22 me revelás lo que nunca pero que por favor ni se me ocurra decirle a mamá, ni a J. Nada a mamá porque saberlo la mataría, me decís, y nada a J. porque todavía le tengo miedo).

Con el último audio las palabras se agolpan como en alud. Me aplastan. Y me pregunto si el ultraje puede transferirse. O acaso qué es esta rabia, este asco irrefrenable, estas ganas de salir a buscar al agresor, ese tipo de 26 que alguna vez llamé primo y al que mi hermano todavía le teme sin poder decirle lo que debiera, que lo aborrece por haber profanado el libreto de su infancia, por haberle impreso esa mirada que ya a sus 6 (en esa foto que sigo mirando) gritaba tristeza, por haberle dejado esa mácula hasta hoy indeleble que le impide abandonar la casa de nuestros padres.

Dejar Bolívar para empezar (si eso fuera posible, si la memoria no fuera mudable y una y otra vez no recordara aquella tarde de lluvia dorada, la pieza de los abuelos, la risa de mamá y las tías llegando desde la cocina) otra vida en otro lugar.

Pero vos insistís en que sea nuestro secreto, que piense en el daño colateral (daño colateral, decís) que una revelación como esta podría provocar en la familia (“sobre todo en mamá, que hoy se lleva tan bien con M, la mamá de J., que están unidas después de haber estado tan distantes y no quiero cargar con la culpa de romper ese lazo”) y te preocupás (sos la víctima, te insisto, pero te preocupás) por la onda expansiva que tu dolor podría causar. Y yo, siempre terco, siempre polemista (tanto que te reís, aún en este trance te reís) protesto y te digo que el secreto juega a favor del victimario y vos, que no es ningún juego, que quizá en otro momento, pero que ahora por favor no diga nada, que después de mucho trabajo y carencias papá y mamá por fin disfrutan de una vida sin apremios. Y que quién soy yo (yo, que hace doce años me fui de la casa en la que crecimos), quién soy yo para privarlos de esa felicidad que da la ignorancia. Esa felicidad de no saber que a vos te interrumpieron a los 4 y a mí recién, ahora, a mis 33.

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