Líquido y viscoso, por Daniel Schechtel

Publicado en Gambito de papel #12, mayo de 2020

Líquido y viscoso

por Daniel Schechtel

El problema era que Leandro había dicho que a los pobres había que matarlos como se aplasta un sorete.

No era una idea novedosa, ni siquiera la forma de la frase presentaba originalidad alguna, pero cómo lo dijo, pensaba Guillermo, y ahora todos estamos metidos en la misma telaraña pegajosa, y si nos intentamos desenredar para desentendernos, un hilo va a quedar adherido irremediablemente a un zapato (en el caso de Rafael, que siempre se vistió tan formal, desde el colegio), a un voladito del vestido (en el caso de Claribel, aunque a Claribel el comentario le habría molestado en tanto prudencia y etiqueta, porque a la política nunca le había dado importancia), el hilo quedará adherido a un par de anteojos (en el caso de Manuela y el mío, pensaba Guillermo) y ese hilo los seguirá tras la puerta, por las calles de Buenos Aires hasta el auto (en el caso de Claribel y también de Rafael), al colectivo (en el caso de Manuela) o indefinidamente por las lunares calles de Buenos Aires hasta que me decida a volver al departamento, pensaba Guillermo mirando la copa de vino, que ahora levantaba para beber: buen vino (¿qué diría Omar Khayyam?), seguro el más caro de la carta, pero Rafael, que lo había pedido, no les había dejado solicitar el menú de bebidas. Presuntamente conocía el restaurante hacía cuatro años —aunque el mozo no pareció reconocerlo—; esperemos que entonces lo pague, pensó Guillermo mientras el vino, líquido y viscoso como un recuerdo involuntario, se agrandaba en su visión, de encopado camino a su boca, y reflejaba, brillante, la luz más próxima que pendía del techo del restaurante. 

A los pobres había que matarlos. No era de extrañarse, viniendo de un pueblito facho del interior; pero los cinco venían del interior, y Guillermo no se imaginaba a Manuela diciendo semejante barbaridad, ¿pero Rafael? El VW cero, la corbata amarilla —ante la cual uno quería reírse pero no podía, porque si bien se conocían de la infancia, hacía cuatro años que no se veían y Rafael sabía imponer una grávida distancia—, y también estaba ese vino que había pedido, seguro el más caro de la carta; sí, Rafael, el de los ojos llenos de crédito, bien podría haber dicho una cosa semejante a la que había dicho Leandro, pertenecía a esa clase social y su vanidad era elocuente (la corbata amarilla chillaba brillante y el VW cero armonizaba con su oscuro zumbido, después damos una vuelta había dicho Claribel con los ojos llenos de débito); pero Claribel tiene mucho tacto social, pensaba Guillermo mientras los taninos del vino comenzaban a insinuar su tánatos de uva, tiene mucho tacto social como para atentar contra la sensibilidad burguesa que nos adjudica y que se ve en el vestido bordó con estampado de flores, en las ordenadas preguntas con signo de interrogación abierto y en ese comentario sobre lo anticuados que son los plomeros (¿o había dicho plumeros?); y Manuela, ¿hacer el comentario de Leandro? Imposible, con esos anteojos, ese corte de pelo medio rapado, medio rolinga, esos jeans rotosos y el supuesto —siempre latente al encontrarnos con viejos conocidos, pensaba Guillermo—, el supuesto de que no había cambiado esencialmente desde la secundaria. Pero si los cinco eran del mismo pueblo, entonces era estadísticamente justo que uno hiciera ese comentario, pero los taninos invasores preparaban el estómago, el aroma era abrasador, y de pronto Guillermo sospechó que Rafael no sabía nada de vinos y que simplemente se había dejado llevar por esa correntada de dulces tonos morados, y no le extrañaría, después de todo en la secundaria e incluso en la universidad Rafael no había sido un gran bebedor: en todo caso era un borracho que se embriagaba con cerveza y sidra barata y le gritaba cosas a las mujeres a la salida del boliche; Guillermo se detuvo un segundo sobre el borde de la copa: su nervio óptico le alertó que estaba a punto de perder el campo visual de sus cofrades, y todavía nadie había respondido al comentario de Leandro, por lo que, si bebía ahora, llamaría la atención con algún sonido o con el simple gesto y, al bajar la copa, se las tendría que ver con alguna mirada o comentario invitándolo a hablar (probablemente de parte de Claribel, que sabía hacer preguntas, pero Guillermo esperaba que fuera de Rafael, inquisitivo sobre el vino); por eso, porque decir algo después de lo que había dicho Leandro y no hacer referencia a ese comentario sería traicionarse, Guillermo se quedó quieto sobre la copa y entrecerró levemente los ojos como si estuviera degustando el aroma, aunque en realidad evitaba percibir las miradas y movimientos de los demás. El vino era musculoso y denso, y el brillo que pendía del techo ya no embargaba la oscuridad de su cuerpo, cuerpo musculoso y tenso pensaba Claribel mirando a Rafael por el rabillo del ojo —seguro hace gimnasio hace años, antes era más flaco—, cuerpo musculoso y manos educadas, mirada sostenida, carácter centrado y una startup de servicios de noséqué informático, y un auto así tampoco viene mal, ¿cuál era el problema entonces? pensaba Claribel.

El problema era que Leandro había dicho que a los pobres había que matarlos como se aplasta un sorete. Claribel justo había dejado la copa sobre la mesa —gracias al cielo y a los astros había tragado el vino antes de escuchar semejante barbaridad—, por lo que sin la copa para disimular la incomodidad tuvo que jugar con los anillos de la mano izquierda, mirárselos como si le faltara alguno —las uñas me quedaron divinas—, para quitarse de la cabeza ese recuerdo viscoso que la había asaltado irremediablemente: Leandro con dieciséis años llevando a caballito a Rafael en el patio del colegio y diciendo “¿seguís rompiendo los soretes con la mano cuando vas al baño para que bajen, Rafita?”, —¡¿no me digas que perdí el anillo de la abuela Ñata?!— y después la imagen (¡la misma que había imaginado hacía diez años! ¿dónde quedan archivadas esas escenas inventadas?), la imagen de Rafael con una chomba azul, peinado con raya al costado, con zapatos negros y oliendo a perfume (¿el perfume lo agregué ahora por lo buen perfumado que se vino hoy? pensaba Claribel sin atreverse a levantar la vista de sus anillos —qué voy a perder el anillo, están todos, ¡las cosas que una se inventa cuando tiene que buscar excusas!), Rafael con dieciséis años —la imagen seguía ahí, clarita— agachado en el baño de su casa (de losas azules, se acordaba) con una mano en el inodoro ¿por qué Leandro tenía que decir una cosa semejante justo ahora? Claribel no podía engañarse, esa imagen la horrorizaba e incluso más de lo que habría esperado (¿por qué?), y sin darse cuenta levantó los ojos y espió las manos de Rafael, manos educadas —¡había pensado un segundo antes!— que justo en ese instante aferraban un grisín que, Claribel adivinó, estaban por partir al medio, y no pudo evitar imaginarse lo otro entre las manos, y lo que es peor —¿Leandro siempre había sido un mal hablado?—, lo que es peor, Claribel no pudo evitar preguntarse si Rafael seguía haciéndolo, haciendo eso.

Como se aplasta un sorete. ¿Leandro siempre había sido así de mal hablado? Sí, definitivamente, un maleducado que siempre estaba queriendo llamar la atención, aunque por otra parte era tan bueno, si era imposible olvidar la tarde de escuela —en aquellos tiempos las tardes eran más largas—, la tarde de escuela que jugaron a la bolita y Leandro se dejaba ganar —ella se daba cuenta—, hasta que vino Guillermo y le dijo que se dejara de joder, que se dejara de hinchar, esa era la palabra, que era obvio que se estaba dejando ganar —y sí, ella se daba cuenta, ¿o no?— y Leandro se enojó, se ponía siempre rojo, y lo “retó a un duelo”, así le decían. Claribel, sentada con veintisiete años entre Guillermo y Manuela en un restaurante porteño en Avenida Libertador, movió los ojos y vio que Guillermo, que antes era más charlatán, ahora era serio, como si quisiera parecerse a Rafael —y un poco cierto era, con ese Montgomery de segunda mano, esos pantalones negros y esos aires de poesía, pero te das cuenta si le mirás las manos, pensaba Claribel, en las manos se ve la sofisticación de un hombre—, vio que Guillermo olía el vino y fruncía el entrecejo —la sofisticación de un hombre o de una mujer, se corrigió, molesta. ¿Qué podía saber Guillermo de vinos? Pero con dieciséis años Leandro quería un duelo —en aquellos tiempos las tardes definitivamente eran más largas—, que consistía en una pelea después de clase en el baldío municipal a la vuelta de la escuela, y Guillermo no quería saber nada, pero me miró a mí y dijo que sí, como si me lo dijera a mí, pensaba Claribel; recordó que al otro día de la tarde de la bolita, Guillermo la había mirado fijo en clase, en la hora de matemática, y cuando ella lo miró, Guillermo la siguió mirando fijo —la hora de matemática, así le decíamos a las clases, esas frases que te quedan pegadas—, pero cuando Claribel volvió a mirarlo, Guillermo ya estaba mirando al pizarrón, y seguro que no era nada —¿no le gusta el vino a Guillermo?—, porque Guillermo no era muy mujeriego. Además, vive en un departamento en barrio céntrico, seguro un sucucho, y anda en SUBE, y bueno, las manos, torpes, delicadas pero sin gracia, como de oficinista —¿de qué trabajaba? Algún cargo en un ministerio, seguro era un ñoqui, nunca le había gustado trabajar, prefería los libros y los jueguitos—. Claribel quiso dirigir los ojos a Manuela, pero ahora no estaba en su campo de visión porque se sentaba directamente a su derecha, muy cerca, y no quería mover la cabeza para no llamar la atención, para no tener que hablar. Manuela, esa sí que había cambiado, al menos por afuera: antes era tranquilita y ahora parecía rebelde; ella también había visto el duelo de los chicos, me acuerdo, pensó Claribel y se percató de que tenía la vista posada sobre los zapatos de Rafael. Sintió un leve rubor en el rostro y sin mirar a Rafael llevó los ojos a Leandro —¿me gusta Rafael?—, rogando porque Rafael no se hubiera dado cuenta —¡me gusta Rafael!—. Fue como tomar una decisión, y Claribel sabía lo que era para ella tomar esas decisiones: a partir de ese momento todo cambiaba, pero antes tengo que decidirlo, pensaba Manuela, es imposible que me cueste tanto sacarle la ficha a este chabón.

El problema era que Leandro había dicho que a los pobres había que matarlos como se aplasta un sorete. Y Leandro solía ser más bien tímido y buenudo, pensaba Manuela, era de esos tipos que en principio sobrevivirían a la caída del patriarcado si no fuera porque sus amiguitos mano en el pito lo obligaran a aprender conductas lamentables, ¿hasta cuándo van a existir esos rituales de pasaje a la masculinidad, manga de boludos? Pero es cierto que en la adultez algunas cosas se van acomodando, pensaba Manuela de brazos cruzados y mirada gacha, ocultos los ojos tras la montura gruesa de sus anteojos: Guillermo ya no habla como si a los demás nos interesara todo lo que le pasa por la cabeza, Claribel ya no parece tan interesada en que la conversación pase por sus mambos o su ropa nueva —aunque todavía se le nota cuando le interesa un tipo y su auto o su reloj suizo o su tarjeta de crédito, se le veía en los ojos cuando tiró la de dar una vuelta en el auto de Rafael—, y justamente Rafael parece haber dejado de querer ser bueno en todo y encontró lo que le sienta bien —aunque conlleve imitar a Roger Sterling o a algún personaje del cine yankee de hace medio siglo—. Pero Leandro —que no está tan mal con esa camisa negra de flores blancas y ese pelo largo—, Leandro es un misterio, porque en esos ojos negros y en esa media sonrisa no sé si se esconde alguien inseguro que la caretea en piola o si realmente llegó a esa confianza como para andar hablando con tanta fachatez —¿fachatez se decía? Desfachatez, bueno, igual bastante facho es, y Manuela tuvo que reprimir una sonrisa, y además tiene alta facha, se oyó pensar, y esta vez tuvo que reprimir un temblor de risas en el estómago: a veces te pasás de ingeniosa, Manuelita querida, se dijo, y enseguida se sintió patética.

Leandro había dicho que a los pobres. ¿Cómo responderle? Porque los demás eran unos burguesitos sensibles y delicados, a ella no le preocupaba mucho oír una frase así —estaba podrida de escucharlas, en semejante país, pensaba—, lo que a ella la inquietaba era no entender si Leandro hablaba en serio o si les tomaba el pelo, era imposible adivinarlo —pero ella tenía que saberlo, siempre había sabido leer a la gente, ¿no?—, porque si bien Leandro había sido un pibe buenón y había aprendido a hacer chistes malos, nunca había marcado el tono de una conversación, sino que siempre se había ajustado a los demás, como ella misma —a les demás, se corrigió con pudor interno; Lean, siempre fuimos víctimas de los discursos hegemónicos, siempre escuchando las estupideces de Guillermo y de Claribel, que se hablaban a sí mismos y usaban a Rafael, que era un chico bien, católico y lustradito, lo usaban para explayarse sobre temas irrelevantes, y nosotros no nos animábamos a cortar esa estupidez, aunque supiéramos que no nos importaba un carajo, pero después vinieron estos salames, Rafael y Guillermo, —porque Rafael habrá sido católico y vestidito, pero después el patriarcado le pegó mal, y Guillermo era medio freaky, pero igual un machirulo bárbaro—, vinieron estos dos y te arruinaron, te hicieron sentirte menos hombre, Lean, pensaba Manuela mientras intentaba reprimir otra sonrisa de incredulidad ante los absurdos códigos varoniles, te llevaron a pelearte con Guillermo esa tarde que supuestamente te dejabas ganar a la bolita con Claribel —¿te gustaba Claribel?— y Guillermo te dijo algo, seguro maricón, era tu punto débil y el de todos —todes; no, todos—, ¿pero cuándo había sido eso? Tenían quince; no, era en noviembre, hacía calor, yo tenía quince, pero los demás ya tenían dieciséis, es lo mismo, ¿por qué se acordaba de esa tarde? Leandro y Guillermo revolcándose en el baldío a la vuelta del colegio, yo iba justo para casa, y Claribel intentando separarlos, clarita la imagen, y después había llegado Rafael, que también iba para su casa —nunca supe si él le tenía el mismo miedo que yo al baldío ese de noche, cuando éramos chiquitos, que nuestras ventanas daban a ese terreno—, pero antes alguien le había pegado a Claribel sin querer, Guille o Lean, y la cosa era grave porque cuando Rafael llegó —¿dije Guille o Lean?—, Rafael dijo que Claribel sangraba, ahí me arrimé asustada, me acuerdo que le vi la sangre, pero no me dio impresión, si hasta creo que sentí, ay Manuela, se interrumpió Manuela, porque veía en sus pensamientos una culpa sádica, y enseguida se acordó de que Rafael estaba conteniendo a Claribel, y ella había sentido envidia, no por él, sino por ella: ¿cuántas veces un hombre la había tenido en brazos de una manera tan paternal? Pero esa imagen es patriarcal, se decía Manuela, eso es patriarcal, es patriarcal, como un mantra que la exorcizara mientras buscaba rápidamente algo que decir, algo que la sacara de su ensimismamiento, que eliminara el problema de una vez, pero ¿cuál era el problema?

El problema era que Leandro había dicho que a los pobres había que matarlos como se aplasta un sorete. Macanudo, Leandrito, cagando la juntada de entrada, pensaba Rafael con un grisín entre las manos, sentado a la derecha de Manuela y a la izquierda de Leandro, con lo que había costado encontrar una fecha en la que coincidieran todos, un restaurante que Guille pudiera pagar y que tuviera la comida vegetariana de Manu, las pastas de Claribel, la molleja que me gusta a mí, y este viene a hacerse el interesante diciendo una barbaridad semejante — y no digo que se equivoque, pensaba Rafael mirando a lo lejos, mirando a lo lejos porque las palabras de Leandro lo habían sacado violentamente de una observación minuciosa (de reojo, claro está): dirigiendo la mirada a un punto incierto de las ventanas del restaurante (pero su coche no estaba parado al frente, siempre había algún borracho malintencionado), observaba qué llevaba puesto Manu, que le había parecido tan provocativa con ese beso estruendoso y esa mirada intelectual —y pensar que de pibita era tan callada e inocentona, si hasta era más recogida que yo, y Rafael se sonrió por dentro porque otra vez su pasado hipercatólico —la palabra recogimiento, Dios me libre— le había hecho decir que era más recogida que, bueno, qué importa, Manu está linda con ese corte nuevo y esos ojos que parecen entender tanto, seguro que inhibe a un montón de tipos, debe ser alta feminazi también, feminista se corrigió, y enseguida se quiso reprender en voz alta, como hacía solo en su departamento en Belgrano —pensar en voz alta, reflexionar y declarar sus faltas—, pero son buenos vicios, pensaba Rafael, una forma de organizar las ideas —o de hablar con Dios, susurraba una voz a su espalda, pero imposible, porque él no creía más en Dios, ese invento manipulador y traumático—, pero eso: organizar las ideas como había organizado la juntada, pensaba Rafael, y Leandro se venía a hacer el cínico con ese comentario desubicado, ¿se piensa que tenemos la misma confianza que antes? Cómo me molesta que la gente que no me ve hace años se tome la licencia de tratarme como si en el medio no hubiera pasado nada, como Guille, que vino a saludarme con una palmada y una sonrisa de amigote: pará flaco, vos escribís poemitas pelotudos que publicás en Instagram y yo manejo un auto y una empresa de servidores de nube virtual —y no lo pienso desde la guita, para nada: lo pienso desde la realidad: somos muy diferentes, ¿cómo podés pretender que vamos a seguir siendo los mismos, ahora que yo gano mi plata, ahora que vos vivís en Buenos Aires, ahora que prácticamente ni sabemos qué es de la vida del otro? El trabajo te cambia, la gente te cambia. La gente cambia, respetemos el cambio.

Como se aplasta un sorete. Muy basura este Leandro, porque sabe bien que yo aplastaba mis soretes con la mano cuando era pibe para hacerlos bajar por el inodoro —dos opciones, decía Leandro cuando estábamos con Claribel, que seguro le gustaba, uno: es el resto del país que tiene el culo muy cerrado, y Rafael sentía bronca, o bueno, vos lo tendrás muy… y Rafael le gritaba que se callara, sentía odio, ¡no! odio no, se dijo Rafael, sentado entre Manuela y Leandro, frente a Guillermo, en el restaurante de Avenida Libertador que había elegido para reunir a sus compañeros del colegio después de cuatro años que no se hablaban más, por razones de la vida, supongo, uno cambia, las cosas cambian, eso es lo que no entiende la gente; ¿pero para qué los reuniste? decía el susurro a su espalda: si sabés que cambiaron, ¿qué esperás de esta reunión? Volver a conocernos, saber si Guille está de novio y de qué trabaja específicamente (¿en un ministerio? Algo del gobierno, por las historias en el congreso que subía a Instagram, con esos poemas inentendibles); saber si Manu está soltera, ahora que se la ve tan perra, tan linda quiero decir, y de qué labura, ella había estudiado diseño o arquitectura o algo así; y a ver si Leandro había logrado publicar alguna novela, aunque creo que ahora estaba más dedicado a la fotografía y que ganaba buena plata en una constructora, aunque nunca supe bien qué pito toca, o sea, qué función cumple. ¿O los reuniste a todos para mostrarles todo lo que lograste? (Rafael sintió la mirada de Claribel sobre sus pies) El susurro a su espalda no se dejaba impresionar por tantas razones. ¿Qué es de la vida de Claribel? No supe nada sobre ella desde que se fue a estudiar turismo a Bahía. Igual habían tenido un quiebre en segundo año de polimodal, ¿qué había pasado? Ah, claro, habían estado, esa tarde cuando la consoló porque Guille le había pegado sin querer: qué bueno que era antes, pensó Rafael, tenía mis cosas buenas, me importaba más cómo se sentían los demás —o cómo se sentía Claribel en ese momento (decía el susurro a su espalda)—, alejarme de la religión capaz me llevó a esto (y se vio de afuera, cuasitrajeado, sentado en un restaurante careta de la ciudad más cara del país, y vio el auto parado a la vuelta (vigilado por un policía que sabía que hacía guardia siempre ahí), y en un mapa imaginario de la ciudad se iluminaron estos elementos y su departamento en Belgrano, y su oficina en Puerto Madero), pero qué pavada, alejarme de la religión me llevó a ser más realista, a no vivir en ese mundo imaginario en el que vivía antes, porque rescatando a Claribel me sentía un mártir que salvaba al mundo, y lo único que terminé haciendo en realidad fue garchármela, no podía sacarle la ropa y no se callaba la boca, intenté atrás de la puerta abierta del armario, pero ella se movía tanto que desparramamos todo, y Rafael recordaba que en el medio del cuarto de sus viejos habían quedado unos zapatos negros, los de su viejo, y que mientras garchaba con Claribel ambos miraban esos zapatos, y él había sentido algo grande, como si en ese acto se estuviera ganando el derecho de usar los zapatos de su viejo, el derecho de llamarse hombre, mirá si uno tendrá estupideces en la cabeza cuando es pibe, pensaba Rafael (y súbitamente volvió a ver el semen pegajoso sobre la panza de Claribel), e intuitivamente recordó la mirada actual, la de veintisiete años de Claribel, y no pudo evitar bajar un poco los ojos para verse disimuladamente los pies, envueltos en un cuero brillante que ahora reconocía, y la voz susurrante a su espalda se había convertido en una risa estruendosa, porque era una tomada de pelo que esta gente se quisiera reunir después de cuatro años, pensaba Leandro, daba risa, pero no se podía reír, porque ahora se había instalado una tensión en el aire, perceptible, pero si se juntaban después de cuatro años era para pasarla bien ¿no?

El problema era que Leandro, que él, había dicho que a los pobres había que matarlos como se aplasta un sorete. Y más vale que era una gansada decir aquello. Pero el contexto lo ameritaba, pensaba Leandro (repasando con la mirada la gente que lo había invitado a esa tertulia), el contexto exigía una frutilla para esa torta cargada de lugares comunes: el poeta ñoqui incomprendido que huele de su rosa de vino, figura tan poética como decadente que no merece más comentarios, charlatán que se calla para hacerse el misterioso; la incomprendida y superficial diva cargada, todavía, de inseguridades y esperanzas de príncipe azul, con un par de traumas adolescentes irresueltos; la rebelde incomprendida, con un look lleno de rencor contra quienes le hicieron la vida imposible de pibita, rockera trotskista de manual, feminista pero incapaz de amar, esa sí que necesita un buen falo; el católico arrepentido que, en lugar de dedicarse al arte como el Stephen Dedalus de Joyce, declaró un ateísmo implícito en su modo de vida tecnócrata y trajeado, pero que sigue religiosamente con su disciplina (y seguro que todavía habla solo, si lo habré escuchado castigarse en el baño de la escuela, en los vestuarios del club o todo el tiempo de manera encriptada, caminando después del colegio, corriendo alrededor de la cancha o volviendo del boliche). La vida había sido hermosa, pero gente como ésta la había cagado, pensaba Leandro. Por eso había que romper el hielo.

Había que matar a los pobres. A los pobres diablos, pensó Leandro, y hay una diferencia crucial. Intentar ser un tipo bueno, qué desperdicio —pensaba Leandro, que todavía sonreía, pero tuvo que reprimir la risa que le causó pensar que no eran más que personajes de una versión trucha del libro It, aunque en esta versión no había payaso, no había Dios, ni príncipe azul, ni poemas ni patriarcado ni nada que los matara. ¿A quién queremos joder con todo esto? Guille, a juzgar por sus poemas instagrameros, era un infeliz solitario de mierda; Manuela seguro estaba en contra de la mitad de lo que decía el feminismo, pero no podía ir en contra de lo que los Tiempos exigen ¡oh Hegel!; ¡y Rafael! ¿cómo podés recibir con tanta pantomima a Claribel, la mujer que violaste a los dieciséis años? Pelotudo grandote. ¿Cómo se olvidaron de esas cosas? Guille, vos sabés lo que pasó, ¿no te acordás cuando nos cagamos a piñas y le pegaste a Claribel porque no gritaba tu nombre sino el mío? ¿No habías dicho que al otro día ibas a decirle la verdad y pedirle perdón? ¿Tan líquida es la memoria de esta gente? Leandro percibió que Claribel lo miraba. Contuvo la frustración. Ya habrá tiempo para recordarles sus miserias, pensó; bebió un sorbo de vino y se distendió en la silla.

Pero el mozo, interrumpiendo la delicada pausa que se había instalado después de su comentario, se dirigió a Leandro diciendo:

—¿Le gustó el vino, señor?

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