Anotaciones sobre «a nadie le importa una señora que barre» de Fabián Fernández Barreyro

Por Daniel Schechtel

A nadie le importa una señora que barre

hasta que entramos al teatro platense Dynamo, en calle 68 esquina 17, y escuchamos hablar a una mujer que barre hojas otoñales y le da cuerpo a este drama monológico de Fabián Fernández Barreyro junto a un pianista de boleros que ofrece un agridulce contrapunto musical.

A fines del siglo XIX, el dramaturgo irlandés Oscar Wilde afirmó que la naturaleza imita al arte, y no el arte a la naturaleza: la niebla de Londres se materializa, opaca y amarilla, solo después de leer, por ejemplo, el primer poema de T. S. Eliot, “Lovesong of J. Alfred Prufrock”, que dice eso de:

La niebla amarilla que frota su espalda contra las ventanas,

El humo amarillo que frota su hocico contra las ventanas

Lamió con su lengua las esquinas de la tarde,

Remoloneó en los charcos de los desagües

O, para ir a un poeta de nuestras tierras, dice Jacobo Fijman sobre los colores del atardecer, inaugurándolos ante nuestros ojos:

Ponderan los ocasos gustos violeta

Es uno de los poderes del arte: nos permite ver lo que de otro modo permanece invisible debido a la costumbre. Tal es el logro de a nadie le importa una señora que barre, que rescata la sensibilidad, el deseo y las ilusiones y desesperanzas de una mujer de la tercera edad. “Pero yo no atraía la atención de nadie. Era invisible hasta para mis iguales los barrenderos”, dice ella misma. Es que todavía hay que decirlo: la productividad que reclama este sistema desprestigia y empobrece la existencia de los ancianos. Es necesario restituir su presencia, como lo viene haciendo en CABA la obra Cae la noche tropical de Pablo Messiez, o desde Holanda las pinturas de Marius Van Dokkum (1957), por dar dos ejemplos heterogéneos.

Pero ¿qué historia se cuenta entonces todos los sábados a las 20hs en el teatro Dynamo? A la mañana temprano, una señora de ropas holgadas y gorro de lana (Nora Oneto) barre una calle imaginada sobre un colchón de hojas secas, junto a su tacho de basura y algunas bolsas de residuos. A un costado, un tecladista (Manuel Acuña Hernández) la vigila en silencio durante toda la obra, salvo en los momentos en que interpreta alguna canción melancólica o alegre. Ella se dirige a la audiencia directamente. Se presenta como alguien que, a su edad, agradece la rutina y la falta de imprevistos, ya que “el plano inclinado de la vida hace que los imprevistos sean casi siempre desgracias”. Entonces cuenta la historia de un imprevisto que en el transcurso de la obra se convertirá en aventura, en esperanza y en romance.

Aunque lo que sigue podría considerarse la premisa, para mí aquí comienzan los spoilers. El imprevisto comienza una tarde en la que la señora estaba en el parque, comiendo con sus colegas. Así construye el escenario del parque (notemos cómo se apela a varios sentidos perceptuales):

Me pregunto si habrá sido esa aglomeración de gente paseando, ese bochinche de mercadería levantando su campaña sobre las veredas, el perfume a fritanga, la música estridente… El asunto fue que en pleno horario de trabajo me dejé tentar por el arrullo de la feria: media máquina, ritmo endomingado, como una huelga de preocupaciones en medio del ajetreo.

Y ahí fue que bajé la guardia.

Todo esto para explicarme cómo nació un momento “puente” entre dos personas destinadas a no hablarse jamás

Entonces ve a un joven vendedor ostensiblemente extranjero, en un puestito de la feria, que intenta lidiar con una anciana impaciente que le solicita un artículo que él no logra identificar. La obra no prescinde del humor, más bien al contrario, y sus contrastes constitutivos muchas veces están dados por la sorpresa de una metáfora o comparación inesperada.

Con cada desacierto de él la mujer –una anciana con menos simpatía que un féretro– negaba con la cabeza y en voz bien alta para que la escuchen se molestaba por una atención tan deficiente. (…)

“¿Para qué sale a vender si no sabe nuestro idioma?”, le dijo la vieja. Fea palabra “vieja”. Nunca la uso. Pero ésta se la merecía. (…)

Yo a sus paisanos los había mirado con curiosidad –quién no– pero otra cosa es tenerlo cara a cara y sentir que es un pedazo ambulante del África sub sahariana el que te sonríe agradecido. (…)

Así, la barrendera conoce al africano y tiene ese enamoramiento repentino que hoy llamamos energía de una nueva relación (ENR). Lo vuelve a encontrar con frecuencia en el tren que se toma todos los días para ir a trabajar. Conversan y se van conociendo, día tras día. Sentimentalmente, ella se dispone a elaborar la mitología de su amor, y así construye esos puentes que el amor llama afinidades y que la poesía llama metáforas:

Él vende baratijas, yo barro los deshechos de las baratijas que él y tantos otros como él venden. A los dos las baratijas nos dan de comer y así nuestras vidas –como las baratijas– se vuelven cosas chiquitas, tiernas y frágiles. Eso es el tren de las seis menos cuarto: el flete que transporta cada día las baratijas humanas.

El joven resulta ser un musulmán proveniente de un incierto país de África que ha recorrido medio mundo y ha tenido grandes aventuras de supervivencia y que ahora vende baratijas en diferentes ferias de la ciudad. La señora cuenta que, con el tiempo, ambos desarrollaron una amistad que hizo renacer sus propios deseos y proyectos. Hasta aquí, entonces, la sinopsis. En el resto del relato, la barrendera se distrae de las peripecias con reflexiones y quejas a modo de interludios humorísticos o conmovedores que dinamizan el ritmo de la puesta en escena.

La novedad de la obra reside en sus temas. Uno de los más salientes es la capacidad y voluntad deseantes de una persona de la tercera edad, que además es mujer. Observemos las imágenes que representan el deseo de la señora. Cuando habla del abrazo que recibió de su amigo mantero, dice haber sentido una “electricidad transoceánica” que quería retener como si fuera la “aureola de un santito”. Cuando habla de lo insoportable que resulta tener encima a sus nietos todo el día, en cambio, los compara fastidiosamente con una estampita de San Benito que una lleva prendida todo el día. Es decir que la estampita (el deber impuesto, los nietos) es el correlato material y acartonado de la aureola viva del santito (el objeto de su deseo, el mantero).

Este ejemplo también ilustra un segundo tema: el reniego de las tareas de cuidado y de la maternidad por parte de una mujer (rasgo generalmente idealizado, asignado casi como único deseo, sobre todo en abuelas como ella). Cuando la familia de su hija se muda con ella porque no pueden comprarse una casa, la señora cuenta que entonces estaba “cansada de ser madre” y que, cuando decidió mudarse a otro departamento con el mantero, ellos renegaron porque “contaban con exprimirme hasta la última gota en roles de cocinera, fregona y baby sitter para abaratarles a ellos la dura lucha por la vida”.

El tercer tema que sobresale y que está vinculado al anterior es la necesidad empoderada de una anciana de estar sola, contrario a las infantilizaciones y condescendencias típicas del caso. Y el cuarto tema preponderante es la amistad entre personas de etnias, lenguas y edades diferentes: “en la variedad está el gusto”, dice la señora; podríamos reemplazar «variedad» por “diversidad”, aunque esa palabra habría direccionado demasiado el mensaje hacia un campo de batalla politizado que la obra sutilmente evita.

Si la novedad de la obra reside en los temas, su fuerza se apoya en una combinación afortunada de texto poético y versatilidad dramática. Pero para pasar a este tipo de análisis, comencemos por el texto en sí.

A mi juicio, presenta dos rasgos meritorios: su carácter literario y su lenguaje vívido. Con carácter literario me refiero a que la obra prácticamente carece de acciones: es un monólogo. Muchas veces, los rasgos meritorios se logran sorteando grandes dificultades, como la de entretener a un público solo con palabras y una única voz. Por eso, el arrobamiento que el monólogo de la señora genera en la audiencia es una gran virtud. Se me ocurre que esto lo logran dos elementos: la estructura narrativa (cargada de peripecias intrigantes) y la versatilidad de la interpretación dramática.

Por un lado, la narración es virtud del dramaturgo, Fabián Fernández Barreyro. Tiene que ver con la construcción del relato y la concatenación de acciones y asociaciones. Recordemos que el monólogo está suscitado por la presencia de un público que en silencio se pone a escuchar a una señora que barre. Es decir que todo el texto tiene que provenir de ella misma: ella se convierte en artífice ilusoria de toda la obra. Veamos un fragmento, cerca del comienzo, en el que se logran varios aciertos narrativos a la vez.

A mí que el tren llegue a horario a la estación, que el guarda sea el mismo de siempre y que al bajar veinte minutos después el muchacho que pasea los perros aparezca puntualmente doblando la esquina… Es un augurio. El día, que me manda un mensaje. “Hoy nada empeorará”, me dice. En el bazar de la existencia los jarrones seguirán un día más todos prolijitos sobre los estantes. No habrá vidrios rotos que barrer.
Barre en silencio.
A propósito: barrer es una acción mecánica. Barriendo se puede hablar y sobre todo se puede dejar ir el pensamiento.
Barre en silencio.
Les cuento lo que pensaba.

En estas breves intervenciones se presenta el lenguaje: algo poético, aunque de tenor coloquial; se caracteriza al personaje: alguien imaginativo, verborrágico, que prefiere la tranquilidad y la repetición; se anticipa la dinámica que tendrá el monólogo: con sus pausas, sus reflexiones y sus narraciones; se construye casi explícitamente el régimen de verosimilitud de la obra: mientras se barre, una puede hablar, pensar y distraerse. Todo esto hilado de modo sutil con las palabras barrer y pensamiento y con la acción de barrer.

Por otro lado, la versatilidad de la interpretación dramática es, obviamente, virtud de la actriz, Nora Oneto. Su energía versátil y su tempo dosificado espacian sutilmente los diversos momentos del drama, sus tonos y sus atmósferas. Logra hacernos reír, ponernos en tensión, intrigarnos y conmovernos. Su enorme tarea consiste en encauzar el lenguaje escrito (digamos, para entendernos, literario) del guion en un ritmo suelto y descorsetado que nos lleve directamente a la conversación, al exabrupto, a la reflexión, a a la anécdota; en definitiva, un ritmo que nos conduzca a la espontaneidad aparente de la oralidad. A mi entender, lo logra muy bien. Si pudiéramos suponer que hay textos que facilitan más que otros la labor dramática, podríamos pensar que este no lo hace tan fácil como otros. Más que una intérprete, exige una creadora, una performer.

Dije que el texto de la obra presenta dos rasgos meritorios que entrañan dificultades. Si uno es el carácter literario del texto, el otro rasgo es su lenguaje vívido, es decir, elevado y cargado de imágenes. Su dificultad es observable en dos aspectos: sintaxis y profusión de imágenes. Es cierto que el personaje utiliza ritmos, giros y el tenor del habla cotidiana, ya que se dirige a la audiencia de manera confidente y casual, rompiendo la cuarta pared. Aun así, por momentos el texto se complejiza con frases largas y términos ‘literarios’ que no emulan la típica sencillez de la cotidianidad. Por otro lado, el guion está poblado de imágenes vívidas que no necesariamente son moneda corriente en la oralidad del día a día, o no al menos con esa frecuencia y profusión. Valga el siguiente fragmento como ejemplo de ambos aspectos (lenguaje complejo y profusión de imágenes).

En este barquinazo que me pone el destino siento que me destartalo, que me desintegro, que me van crecer hongos de humedad en el alma si no la ventilo en otra alma. Necesito una parcelita de luz en esta cripta orgullosa que hice de mí, y si para eso me tengo que abrir abruptamente como una valija en una requisa, cierre por cierre, bolsillito por bolsillito hasta que quede a la vista la lencería más audaz, la de las grandes ocasiones –figuradamente, quiero decir,  no quieran imaginarse las eras geológicas de frustraciones que pasaron desde que alguna ocasión grande o pequeña se dignó tocarme el timbre– entonces prefiero que sea con ustedes, que no me van a juzgar.

Desde la interpretación, es preciso conferirle un ritmo y una expresión muy particulares al texto. Primero, para que las imágenes tengan su propio espacio en la imaginación de la audiencia y ésta no se vea avasallada por el vocabulario que escapa del habla cotidiana. Segundo, para marcar bien los paréntesis, las aclaraciones y los énfasis, lo que se conoce como la estructura de la información.

Particularmente, recuerdo que la frase subrayada del fragmento anterior fue la que más me costó desenrollar como espectador. Ahora veo por qué: la palabra ‘figuradamente’ se usa menos, oralmente, que la expresión ‘en sentido figurado’; y mientras intentamos desempaquetar ‘las eras geológicas de frustraciones que pasaron’, aparece el sujeto alusivo, abstracto y bimembre ‘alguna ocasión grande o pequeña’, de por sí algo complejo para la velocidad del relato, y, además, como parte de una locución no tan frecuente en casos como éste en el habla coloquial rioplatense: “[el tiempo que pasó] desde que”. En el fragor del discurso, esta frase resulta, por lo menos, algo confusa. Una persona que me acompañó al teatro me comentó que muy al comienzo le costó un poco ingresar en todo este lenguaje, que le resultaba inverosímil, aunque luego sintonizó y pudo disfrutar toda la obra. Es que al principio nos rehusamos a creer lo que finalmente aceptamos, gozosos: la barrendera es una gran contadora de historias.

O, en todo caso, ella misma se hace cargo de su lenguaje:

Perdonen lo torpe de mis metáforas, hago lo que puedo. Me encomiendo a su paciencia y comprensión.

Antes de cerrar estas anotaciones mencionando las virtudes del lenguaje vívido, me gustaría comentar un aspecto narrativo de la obra que me dejó dudas: el desenlace. Aquí considero que quien me lee ya lo conoce, por lo que no lo narraré en detalle.

La señora aparentemente abandona a su amor porque se vio involucrada involuntariamente en un matrimonio polígamo con un musulmán fervoroso. Por supuesto que es verosímil que la señora se muestre reacia ante una persona tan religiosa (y no tendría ningún sentido reprochárselo moralmente). Pero en todo caso no llegué a percibir la construcción de ese clímax. Que la imagen del muchacho y su amigo orando devotamente sea la causa del fin me supo a poco. No termino de entender por qué al final la señora se encuentra en el depósito de barrenderos, aunque ella dice explicarlo. Y me pareció apresurado que la obra concluyera sin explicaciones de cómo ella resolvió los acontecimientos con el departamento o con su familia, y con el joven o con su propio corazón. La oración que se supone que marca el final del idilio (y, por tanto, el desenlace) carece de peso dramático y no parece señalar ningún giro narrativo:

Me fui sin que me vean.

Yo seguí esperando el desenlace, hasta que descubrí que la obra terminaba porque percibí, en la prosodia y las reflexiones finales de la señora, esa caída típica de muchas composiciones musicales que nos lleva al presente, al ya conocido camino de entrada del hogar, al que volvemos con un dejo de nostalgia por lo vivido. Me habría gustado una resolución más clara y elaborada. De todos modos, esto no le resta relevancia a la obra, que sigue siendo una experiencia ponderable.

Más allá de estos señalamientos críticos, que siempre pueden estar equivocados, el texto es virtuoso por las razones antes dadas y que pasaré a ilustrar brevemente. En general, las imágenes incesantes acuden a la audiencia con una claridad y variedad riquísimas. Cada emoción y cada idea tiene su correlato objetivo (como pedía el poeta T. S. Eliot), es decir que cada una se ve representada por una imagen que la encauza y transmite. Los ejemplos son innumerables:

Pero también es cierto que pasada cierta edad el plano inclinado de la vida hace que los imprevistos sean casi siempre desgracias.

Este símil propone la imagen de la vida como un plano que se va inclinando a medida que la vida declina, o sea que los imprevistos son objetos que caen y que, con el paso del tiempo, ganan peso y peligro. Ya mencionamos el humor. Además, si bien, como dijimos al presentar el parque, el texto reclama el uso de los sentidos, no todos los símiles son imágenes visuales o sonoras u olfativas. También hay comparaciones más abstractas.

No lo niego ni la afirmo, pero visto y considerando que durante tanto tiempo había llamado sensatez a la administración del tedio y la tristeza, ahora me sentía seriamente inclinada hacia la insensatez, o sea hacia él.

En el ápice de la abstracción encontramos aforismos filosóficos.

La vida es movimiento y movimiento es cambio.

Cuando los buenos se reconocen y se amuchan, el dinero se les vuelve un estorbo.

Una tiene familia donde siente ganas de vivir.

En combinación filosófico-poética, hallamos las reflexiones universales de la poesía de todos los tiempos, como lo es la salida del sol.

Viendo amanecer el espíritu se serena, y para mí es una rutina extraordinaria, aunque suene contradictorio. Las ciudades y los parques, como las personas, tienen su alma diurna y su alma nocturna, y viendo amanecer se accede al puente secreto que las une a las dos. Descubrís que el claroscuro es el alma del mundo.

Y no falta la imagen que condensa uno de los temas fundamentales de la obra, ya señalado: el deseo. Sobre el final, conversando con una vaquita de San Antonio, la señora trastoca el deseo en imagen para deshilvanar una reflexión siempre necesaria.

vos dirás quién entiende a estos humanos, venir a pedir que les recuerden sus propios deseos… lo que pasa, querida vaquita, es que somos bichos rebuscados y lo que deseamos se vuelve un laberinto donde es fácil perderse

Transcribo otros ejemplos de imágenes que no necesitan explicación ulterior.

el gran picnic de los barrenderos. Si era un día lindo se volvía un inesperado oasis en el trasiego del día (…)

Con el idioma de a poquito iba progresando, me contaba cosas que a cada rato yo perdía el hilo por distraída, me quedaba mirándole la tersura de la piel y esas sortijas del pelo que parecían talladas en carbón. Los ojos como luciérnagas brillando en un bosque oscuro. (…)

El corazón me batía en el pecho como los parches de una comparsa. (…)

Una nace de nuevo cuando le caen encima como piedras de granizo preguntas que le producen un escalofrío de miedo. (…)

Se tiene la impresión de que no asistimos a una obra de teatro convencional, a esas obras que, como en el cine, nos asisten a nosotros con escenas, acciones y emociones fácilmente identificables, y nuestra única tarea es reclinarnos y dejarnos atravesar. Por el contrario, a nadie le importa una señora que barre parece un juego de estimulación verbal, un dictado de imágenes, el recitado de una película: un audiolibro.

Al final de la velada, la satisfacción de la audiencia no se debe tanto a la empatía que suscita la historia y los sentimientos de la señora, siempre a la altura de su relato. Igualmente podemos hablar de catarsis emocional. Pero nos vamos satisfechos porque nosotros también estuvimos a la altura del juego propuesto: el de imaginar la narración literaria. Cumplimos con nuestra parte: asistir, literalmente, al dramaturgo y a la actriz con el ejercicio de nuestra imaginación, que es, a fin de cuentas, el máximo goce que puede brindar la literatura.

Miren… a nadie le importa una señora que barre. Y no les reprocho nada si es así. Una señora que barre la calle se parece a un semáforo: nunca está más presente que cuando deja de funcionar. Hasta entonces es invisible, un fondo de paisaje ordinario por donde la mirada resbala indolente. Lo sé y no me ofende, al contrario, se habrán dado cuenta por cosas que ya conté que estoy hecha para el anonimato. En la gran bolsa del mundo…  una más de estas hojas quebradizas del otoño. Una más de estas botellas plásticas pisoteadas y olvidadas luego de haber obtenido de ellas un servicio humilde.

2 comentarios en “Anotaciones sobre «a nadie le importa una señora que barre» de Fabián Fernández Barreyro

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