La metamorfosis (Franz Kafka)

Traducción de Daniel Schechtel

Una noche Gregorio Samsa durmió como el culo y cuando se despertó vio que se había convertido en un bicho asqueroso. Tenía un caparazón duro en la espalda y cuando levantó la vista se vio la panza enorme, toda dividida como en partes y endurecida, y el cubrecama, que estaba por caerse al piso. Todas las patas que tenía ahora le brillaban, flacas y miserables.
«¿Pero qué hostia me pasó?» pensó. ¡Y encima era posta! La pieza chiquita esa que tenía seguía ahí, las cuatro paredes y todo. Arriba de la mesa había una banda de atados Marlboro, porque Samsa era taxista, y en la pared tenía colgada una foto de una revista que había recortado y había puesto como en un marco dorado. Era la foto de una piba sentada derecho con un sombrero y una boa de fieltro, y tenía las manos juntas.
Gregorio miró para la ventana (se escuchaba la lluvia afuera) y le pintó el bajón. «¡Qué macanudo sería seguir torrando y dejarme de joder con todo», pensó, pero era imposible porque solamente se dormía acostado del lado derecho y con ese caparazón no se podía poner de costado. Con algo de fuerza probó tirarse varias veces para ese lado, pero siempre volvía a quedar de espaldas boca arriba. Intentó mil veces con los ojos cerrados para no ver cómo le pataleaban las patas y se rindió cuando le agarró un dolorcito que nunca había sentido. «Me cago en dios», pensó, «¡Qué laburo de mierda que elegí! Todos los putos días de viaje. Es más quilombo que tener un negocio en casa, y ni hablar del bardo de tener que manejar todo el día: los horarios incómodos, comer para el ojete y a cualquier hora, no tener tiempo para charlar más de cinco o diez minutos con la gente. ¡Váyanse a cagar!» Le picaba la panza, se arrastró con la espalda hasta la cabecera de la cama para levantar mejor la cabeza, se vio el lugar donde le picaba, estaba lleno de puntitos blancos que no sabía qué carajo eran y se tocó con una pata, pero enseguida la sacó porque le daba un chucho de frío.
Volvió a acomodarse como estaba. «Esto de madrugar te pone pelotudo» pensó. «Hay que dormir bien. Otros taxistas viven como reyes. Ponele cuando vuelvo al bar a media mañana a pasar en limpio los viajes que hice, me encuentro con que estos tipos apenas están desayunando. Andá a hacer lo mismo con mi patrón: me raja a la mierda. Y no sé si no sería mejor, mirá. Si no fuera por lo de mis viejos, me hubieran echado hace rato; por mí ya le hubiera dicho en la cara al patrón todo lo que pienso. ¡Se cae del escritorio del julepe! Tiene la costumbre de sentarse sobre el escritorio y mirarte de arriba, y encima tenés que arrimarte bastante porque está sordo. Igual todavía tengo fe; donde junte la guita para garpar la deuda de mis viejos, que para eso faltan como cinco o seis años, voy y le canto las cuarenta. Y ahí sí que soy yo. Pero bue, ahora tengo que levantarme porque el turno hoy arranca a las cinco».
Y miró el reloj despertador, que estaba meta tictac sobre la mesita de luz. «¡Me cago en Dios!» pensó. Eran las seis y media, las agujas del reloj avanzaban despacito, en realidad ya eran y media pasadas y se iba arrimando a menos cuarto. ¿No sonó la alarma? De la cama se veía que estaba bien puesta a las cuatro, así que seguro había sonado. ¿Pero era posible dormirse lo más pancho con el quilombo que armaba ese aparato? Bueno, tampoco es que justo hoy había dormido lo más pancho, y seguro que por eso no la había escuchado. ¿Y ahora qué hacía? La otra era arrancar en el turno de las siete, como hacía otros días; pero para llegar tenía que mover el culo, antes tenía que meter los puchos en el bolsito, y no se sentía ni fresco ni despierto. Y aunque llegara a las siete se iba a tener que comer un cagadón a pedo del patrón, porque por más que apagara el GPS del auto, el loco del bar ya le habrá alcahueteado que llegó tarde. Ese, otro esclavo del patrón, no tiene huevos y ni dos dedos de frente. ¿Y qué onda si decía que estaba enfermo? Aunque iba a ser muy sospechoso porque Gregorio nunca se había enfermado en los cinco años que llevaba en el laburo. Seguro que el patrón vendría con el médico de la obra social, se quejaría con sus viejos porque les salió un hijo vago y cortaría cualquier reclamo usando la opinión del médico, que posta piensa que la gente no se enferma, sino que es vaga. ¿Pero la pifia el médico al pensar así? La verdad es que Gregorio se sentía bien y hasta tenía terrible hambre, más allá de la fiaca que le daba haber dormido tanto.
Mientras pensaba en todo esto a los apurones sin decidirse a levantarse de la cama y se hacían las siete menos cuarto, alguien golpeó despacio la puerta, que estaba al lado de la cabecera de la cama.
«Gregorio», llamó la madre, «son las siete menos cuarto. ¿No tenías que salir?» ¡Qué linda voz! Gregorio contestó y se pegó terrible susto cuando se escuchó la voz, que claramente era la de él, pero sonaba áspera y como desde un pozo, y las palabras sonaban claritas al principio, y rasposas después, así que nunca estabas seguro si habías escuchado bien. Gregorio quería explicar bien todo, pero viendo cómo estaba la cosa no le quedó otra que decir: «Sí, sí, gracias vieja, ahí me levanto». Seguro que la puerta había atajado la voz de Gregorio, porque la madre se quedó tranquila con la respuesta y se tomó el palo. Pero con esa charla el resto de la familia se rescató de que por alguna razón Gregorio seguía en la casa, así que enseguida el viejo le golpeó una de las puertas laterales, despacito, pero con el puño: «Gregorio, Gregorio» le dijo, «¿qué te pasa?», y después de un toque insistió con un vozarrón: «¡Gregorio! ¡Gregorio!» La hermana le habló bajito desde la otra puerta lateral: «¿Gregorio? ¿No te sentís bien? ¿Necesitás algo?» Gregorio respondió a las dos puertas a la vez: «Ya estoy», bien claro y con pausas para que la voz no sonara rara. El viejo se volvió a tomar el desayuno, pero la hermana cuchicheó: «Gregorio, abrime, te lo ruego». Pero Gregorio ni pensaba en abrir, y estaba chocho por rescatarse en cerrar todas las puertas con llave a la noche.
Quería levantarse tranquilo y sin que le rompieran las pelotas, vestirse y sobre todo desayunar, y recién después se iba a poner a pensar en qué seguía, porque se daba cuenta de que esto de quedarse pensando en la cama no le servía para nada. Se acordó de que muchas veces había tenido un dolor no muy fuerte, por ahí por dormir en mala posición, y que después cuando se levantaba le parecía una huevada, así que se tranquilizó pensando que seguro esos dolores se le iban a ir. No le cabía la menor duda de que la voz tomada iba a ser alto resfrío, típica apestada de tachero.

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