Denis Glover, la voz de los pākehā

por Jerónimo Corregido

Como quedó explicado en artículos anteriores, la población neozelandesa está dividida principalmente en dos grandes grupos: los pākehā y los maoríes. Los primeros son los descendientes de los británicos que vinieron a usurpar el territorio; los segundos, los primeros habitantes de estas islas. La cultura hegemónica del país está regida, por supuesto, por las costumbres pākehā, cuyos rasgos más salientes son la más denodada falta de creatividad y una gris imitación de los hábitos británicos. Esto se puede ver en casi todos los aspectos: la moda, la comida, las poses y, por supuesto, la literatura.

Claro está: el párrafo anterior incurre en una generalización burda que de ninguna manera arroja luz sobre el verdadero espíritu pākehā. Quizás la muestra más significativa de un conjunto no esté en sus regularidades, sino en sus brillantes excepciones. Tal es el caso de Denis Glover, el más pākehā de los pākehā, quien a su vez representa el esfuerzo de esta gente por librarse del yugo de los poderes coloniales y por buscar una voz propia.

Denis Glover puede ser visto como el más importante de los poetas pākehā. No solo por su obra poética en sí, que es muy buena, sino por su continuo trabajo de editor, librero y gestor espiritual de los grupos literarios pākehā. Glover nació en 1912 en un Dunedin, la segunda ciudad más grande de la isla sur de Nueva Zelanda. Su familia tenía ascendencia irlandesa, lo cual, según algunos de sus biógrafos, podría explicar su conducta endiablada y su actitud contestataria frente al status quo pro-británico, además de su afinidad con la bebida.

Desde la más temprana infancia, Glover demostró su aptitud para las actividades típicamente pākehā, así como también para un pasatiempo insólito, que aún hasta estos días causa estupor y suspicacia en la comunidad de blancos: la lectura. Las prácticas pākehā incluyen la escalada en las montañas, la natación y navegación en lagos y mares, la pesca, la caza, y todas las demás actividades que se practican en la naturaleza y conllevan el uso de aparejos o de destreza física. Las lecturas disponibles en aquel momento consistían casi únicamente en autores británicos.

Este desdoblamiento se puede ver claramente a partir de 1931, cuando Glover comenzó sus estudios de lengua y filosofía en la Universidad de Canterbury (en Christchurch, la ciudad principal de la isla sur). Allí se destacó entre sus compañeros, tanto por su facilidad para el pensamiento reflexivo, como para su aptitud para los deportes. Fue capitán del equipo de boxeo, se desempeñó como jugador de rugby, y fue parte del grupo de navegación en velero y del club regional de alpinismo. Al mismo tiempo, se unió a la Sociedad de Estudios Clásicos de Christchurch y, desde 1936 hasta 1938, trabajó como profesor adscripto en la Universidad.

El proceso más importante de su carrera comenzó 1932, cuando motivó la fundación del Club Caxton. Allí se reunía con otros compañeros para estudiar las artes de impresión y edición de libros. Esta idea surgió luego de conocer a Robert Lowry, un poeta de su misma edad que publicaba una revista en la Universidad de Auckland (en la isla norte), bajo el título de Phoenix. Así, pronto Glover consiguió el permiso de las autoridades de la Universidad de Canterbury para publicar un folletín literario con el Club Caxton.

La cumbre académica de la institución era (y sigue siendo) altamente conservadora.  No fue fácil para Glover convencer a los administradores de que financiaran y difundieran la publicación, pero finalmente salió a la luz bajo el título Oriflamme en 1933. Lejos de adaptarse a las expectativas de la universidad, Glover publicó un ensayó célebre titulado «El sexo y los universitarios» (“Sex and the Undergraduate”), que causó un furor entre los estudiantes, al tiempo que provocó el horror de las autoridades. Enseguida le revocaron el permiso para publicar.

Así fue que Glover comenzó a forjar su reputación de autor controvertido. En 1935, a causa de las malas referencias, perdió su trabajo en el período Dominion de Wellington (la capital del país). Lejos de desanimarse, Glover continuó con el grupo de Caxton, que pronto se transformó en una editorial independiente. Junto con el artista Leo Bensemann, publicó trabajos de los autores más relevantes del momento (y, tal vez, los más importantes de la historia de Nueva Zelanda): Ursula Bethell, R. A. K. Mason, Allen Curnow, Charles Brasch, Frank Sargeson y A. R. D. Fairburn.

La impronta de este grupo estaba marcada por un intento de apartarse de las corrientes artísticas impuestas desde Europa. En especial en los versos del propio Glover, puede verse el interés por desarrollar una voz que fuera acorde a las temáticas pākehā:

I do not dare dream of Sussex downs

or quaint old England quaint old towns—

I dream of what may still be seen

in Johnsonville and Geraldine.

No sueño con Sussex ni sus beldades,

ni Inglaterra y sus curiosas ciudades;

sueño lo que queda por descubrir

en nuestros Johnsonville y Geraldine.

Johnsonville y Geraldine son pueblos en las afueras de Wellington y de Christchurch, respectivamente. En la traducción aparece la palabra «nuestros», que no está en el original. La motivación responde a ajustar la métrica, pero también a reforzar la idea de que Johnsonville y Geraldine son lo propio, lo auténticamente pākehā, mientras que Inglaterra es lo ajeno, lo impuesto.

La carrera literaria de Glover tuvo una interrupción debido a una de las pasiones que hermanan a pākehā y maoríes: la participación en las guerras que gestionan los ingleses. Así fue que Glover se enlistó durante la Segunda Guerra Mundial, y puso en práctica todo lo aprendido en su formación como deportista y aventurero. Ascendió hasta el rango de teniente, obtuvo numerosas condecoraciones, y fue recordado por su agresiva bravura en las más arduas batallas. Entre ellas, resalta su conducción de un cuerpo de infantería durante el Día-D. En un tiempo de descanso en Londres, antes de regresar a Nueva Zelanda, Glover comenzó a pergeñar junto a Charles Brasch la publicación de la revista Landfall, que surgiría de la Editorial Caxton en 1947.

En la poesía de Glover se pueden ver algunas de las temáticas más comunes de la vida pākehā de la época. Por ejemplo, la dificultad para saldar hipotecas. Así se ve en el que es, según varias fuentes, el poema más famoso de Nueva Zelanda, The Magpies” («Las urracas»). Se trata de la historia de la granja de Tom y Elizabeth, dos nombres muy comunes entre los blancos neozelandeses. Al comienzo de su estadía en el campo, «los helechos les tendían la cama», mientras las urracas cantaban “Quardle oodle ardle wardle doodle”, onomatopeya que podría traducirse homofónicamente como «cuardel udel ardel uordel dudel», y que no tiene nada en común con el modo en que percibimos el canto de las urracas en América Latina. Ese verso se repite en las seis estrofas del poema: Tom trabaja y Elizabeth prospera, y las urracas cantan; las ganancias de la cosecha van a parar al pago de la hipoteca, y las urracas siguen cantando; Elizabeth se muere y Tom pierde el juicio, y las urracas aún cantan; la granja sigue ahí, las autoridades hipotecarias no la pueden revender, y hasta el final permanece el canto de las urracas, que había comenzado como un sonido lúdico y placentero, y acaba siendo el horrísono leitmotif del deterioro humano a manos de las corporaciones. Hay un cortometraje sobre este poema, rodado en 1974.

Desde 1935 hasta 1979 (un año antes de su muerte), Denis Glover publicó sus poemas de manera prolífica y a menudo brillante. Fue el emblema de un grupo que, en palabras del enorme Karl Wolfskehl, hacía verdaderos esfuerzos por encontrar una voz original para su nación. En The Penguin History of New Zealand, Martin King también reconoce la centralidad de Glover y de Caxton Press en la cultura neozelandesa; King hace notar que esta expresión de la voz pākehā solo pudo darse en Canterbury, una región del país que no tiene tanta presencia maorí. Semejante proyecto hubiera sido mucho más difícil en la isla norte, donde los dos grupos se mezclan mucho más.

El genio de Glover logró aunar la pasión pākehā por los destornilladores y las tuercas con una sensibilidad estética que, aun hasta el día de hoy, es casi tabú en estas islas del Pacífico Sur. Su talento, su desafío a los mandatos de Inglaterra, su espíritu indómito y sus ansias por crear nos apelan hoy en día a nosotros, los lectores latinoamericanos, y nos llenan de un sentido de hermandad con la comunidad pākehā que de ninguna manera podría haber sido gestionado por el Ministerio de Migraciones de Nueva Zelanda.  

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