La grieta

Por Carlos Vicente Castro

Aunque había intentado aspirarlos sin dejar rastro la noche anterior, restos blancos de polvo permanecían en la mesita y el popote improvisado de una pluma Bic. Las sábanas beige colgaban de la cama de hotel, las almohadas se apilaban sin funda ni forma, como si en ese rectángulo se hubiera fraguado una lucha cuerpo a cuerpo. Quizá contra sus propios demonios. Todavía el amanecer no entraba de lleno por los resquicios, apenas amenazaba con su halo de luz tenue. No solo la cama era un aluvión: ropa tirada, papeles arrugados sobre la alfombra, cenizas y, en la pared, unas gotas marrón que habrían podido ser sangre si no recordara haber lanzado el plato de la cena en un momento desesperado. Su celular comenzó a vibrar. No estaba sobre el tocador; se asomó debajo de la cama como a un abismo. El tono de la marcha imperial de Star Wars le quitó todo indicio solemne a este instante en que deslizó su índice derecho, no sin dudarlo, hacia el ícono verde. Era su madre. Contestó con sílabas afirmativas y distraídas cuanto pudo. A sus 45 años, una calvicie eminente y patas de gallo que irradiaban de sus ojos como de soles muertos, todavía su debilidad era la voz de este ser que se le antojaba dominante, invasivo. En cierto modo, agradecía que alguien se acordara de su cumpleaños, así fuera la misma persona que lo había arrojado bañado en líquido amniótico a este mundo deforme. Colgó. En la pantalla de cristal apareció la máscara de un estoico Darth Vader mirando al vacío. La soledad le rodeó como perros curiosos. Sus recuerdos lo sumieron en un lugar oscuro. La mujer que había invitado le abandonó a media noche, no sin exigir la transferencia acordada. A él esto le tenía sin cuidado. Intensificar la vida, verla explotar para luego adentrarse en sí mismo, libre de toda memoria. En el techo había una grieta. Cuando se sumergía en la mujer como un barco con la quilla destrozada, ella la señaló y le dijo que ese era su futuro. El hombre no creía en símbolos improvisados, pero en el fondo sabía que la mujer habría encontrado ese u otro para proyectar su inquietud. La idea de pagarle fue, finalmente, suya. Habían sido amantes desde hacía cuatro meses, cuando ella pasaba por un proceso de divorcio. Entonces el sexo fortuito, a escondidas, era su lenguaje mutuo. Hasta que empezaron a pensar. Ella en sus hijos, él en nada. Fue la manera como la mujer ideó la despedida. Una grieta de apenas nueve centímetros. El hombre miró el techo y se abandonó en la contemplación, pero luego le pareció insensato, absurdo detenerse en esa línea que dejaba entrever sus entrañas grises, que el personal del hotel había descuidado. En cuanto se vistiera y bajara al recibidor, notificaría a la administración del exabrupto. No podría decirles que esta grieta había terminado con toda esperanza de seguir siendo quien había sido durante meses frenéticos, que la pequeña grieta había dado un final abrupto, y lo peor, simbólico, a su inesperada relación con esta mujer nueve años menor que había conocido en una fiesta aburrida en su casa, para celebrar la presentación del libro de un amigo poeta. No entendía por qué había señalado la grieta. ¿Qué podía esperar de un after con amantes de la poesía? Le había llamado la atención esta mujer de ojos verdes, largas pestañas y cabello negro y ondulado que parecía tener una pregunta para todo. Una pregunta que no esperaba respuesta. La grieta era la imagen definitiva del abandono. ¿No será una alegoría de nosotros? Y… págame. Despidámonos como dos desconocidos. ¿Si la grieta no hubiera aparecido, estarían a la espera de su próximo encuentro? Debía ser enérgico con la administración del hotel. Estos descuidos suelen provocar tragedias.

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