El misterio de Martín Duca

Introducción por Daniel Schechtel

La Aventura es parte del ethos característico de Gambito de papel. Los destinos son de los más diversos: la isla de Kiribas que también pisó Robert Louis Stevenson, las furibundas piedras sicilianas que arrojó el cíclope Polifemo al fugitivo Ulises, la última habitación mental del errático José Arcadio Buendía, el café de Montparnasse La closerie des liles donde escribía Hemingway, los parajes numerosos de humanos en Taiwán y de islotes en Indonesia… Y en busca de historias y de personajes que fundaran un santuario literario, la noche nos fue cauce selecto.

En esas aventuras noctívagas fue que descubrimos que un bar de jazz de la ciudad de La Plata albergaba un curioso mecanismo mágico que trastocaba música en palabras y palabras en música. En su cuenco bailamos swing, narramos ocurrencias, farfullamos estéticas y contrastamos éticas, perseguimos síncopas, garabateamos libretas, nos iniciamos en brebajes y en pianistas, buscamos nuestro rostro.

El bar Jasz, emplazado entre la hospitalidad humana y el talento artístico, fue un misterio generoso. Entre sus pliegues, concertados por la asombrada y socrática figura de su anfitrión Javier “Javo” Szeinfeld, apareció Martín, el poeta. Es en agradecimiento y tributo al bar y a sus visitadores que compartimos el texto que Javo escribió en honor a Martín y, a su modo, en honor a esas noches.

“EL MISTERIO DE MARTÍN DUCA”

Por Javier Szeinfeld

¡Qué ser humano increible es Martín Duca! Han sido innumerables nuestros diálogos en profundidad. Largas y míticas las horas en la barra del Club. Yo oficiaba de Bartender, con mi clásico chaleco y corbata para servirle, como corresponde a mi amigo, un whisky ”Ballentine” sin hielo. Él con su caractetístico pelo largo, recogido firmemente por encima de su frente. Por debajo de la misma, una mirada atenta y severa que parecía pronosticar el fin de los tiempos.

“Háblame para que conozca la belleza de las palabras inútiles” solía citar cada tanto, para luego desatar nuestra propia JAM de palabras. Lo gracioso era que los músicos/as que terminaban con la suya, se acercaban con curiosidad a presenciar la nuestra, y cada tanto a participar también de nuestro show. Así como cualquier náufrago en la noche que desembarcaba perdido en la barra, y que sin darse cuenta quedaba atrapado en nuestro juego, sin poder volver atrás.

Hemos recibido de todo: Viejos alcóholicos, personas con pasados tormentosos, psicoanalistas con ansias de desahogo, mujeres hermosas, extranjeros de todas partes del mundo, oficinistas en crisis, grandes artistas, médicos recién salidos de la guardia, nostálgicos en soledad, parejas salidas de los años ‘50, intelectualoides inseguros sin saberlo, abogados arrepentidos, etc.

En la barra, la ley principal era que siempre debía reinar la honestidad. Nunca nadie iba a ser juzgado por ser quien de veras fuera, mas cualquier mentira tardaría poco en saltar a la luz para dejarle automáticamente fuera. Por detrás de aquella premisa, se encontraban otras máximas que regían involuntariamente como: “Justeza de las palabras es justicia de las palabras” ; “No buscar respuestas, sino perfeccionar las preguntas” ; “Marcar las virtudes reconocidas en el otro para no robarlas” ; “Ser del salto y no del festín, su epílogo” ; “Lo perfecto es enemigo de lo bueno” ; “Las pruebas cansan la verdad” ; “Un whisky es poco, dos es mucho, tres es poco”. En relación a la última también había una convención implícita, con el fin de ahorrar saliba para cosas importantes y no gastar pólvora en chimango: Si cualquier integrante traspasaba su vaso vacío por la línea que yacía entre las dos maderas que componían la barra, yo instantáneamente debía servir una medida. Las cuentas terminaban siendo monstruosas. Aunque, sin excepción, yo invitaba un café de cortesía a cada uno/a para concluir la jornada.

¡Cuántos “Particulares 30” habremos apagado con mi amigo Duca en el cenicero con forma de piano! ¡Cuántas pipas habremos compartido disfrutando un buen disco de Jazz, o cada tanto, alguna ópera a todo volumen! Si bien han sido incontables, recuerdo que la primera de todas la fumó con mi viejo. Allí sentados en las butacas, mi amigo exclamó con felicidad: “Si algo le faltaba a este increible lugar era poder compartir una pipa con alguien en la barra ¡Hoy antes de irme les dejo mi corazón de propina!”.

Era fantástico verlo llegar. Solía hacerlo de medianoche, cuando el show de Jazz ya había finalizado. Mientras ataba su bicicleta a algún árbol de la avenida 53, la familia del Club vaticinaba una noche interminable, y a pesar de haber trabajado muchas horas, yo lo recibía fascinado.

La primera vez fue para siempre. Se sentó en la barra en soledad a escribir poesías ofreciendo todo su misterio. Mi hermana Caro, quien había comenzado a atenderlo me lo delegó a mí, pues sabía que era el estilo de cliente que yo esperaba para el Club. Ya había terminado la JAM y sonaba la reproducción del clásico swing “In the mood”. Alejó su mirada del papel y con la alegría que expresa un niño se dirigió directo hacia mi anfitriona atención: “Jamás creí tener la dicha de escuchar a Glenn Miller en un bar, gracias. ” Esa noche duró hasta las 7 de la mañana, y fue uno de los secretos para que JASZ haya podido florecer en todo su esplendor.

Glenn Miller fue el primero, pero el que más apareció entre nuestros diálogos fue Brad Mehldau. Mientras el Rey Midas, como él suele llamarlo, convertía cualquier melodía en oro, nosotros nos entregábamos a la pureza de diálogos inagotables.

Nos conocíamos tanto que una vez arremetió en el Club su novia, por aquel entonces, quién me suplicó una terapia de pareja ya que sus problemas parecían no tener solución. En realidad, luego de escucharlos, supe que efectivamente no los tenían. Sin embargo mi amigo, se dedicó por un tiempo largo a enfrentar los suyos dejándome a mí una profunda enseñanza. Lo he admirado por su naturalidad para lidiar con sus propios monstruos como nunca ví a nadie hacerlo.

Así es como juntos íbamos aprendiendo, el uno del otro, mientras compartíamos jornadas inolvidables. A esta dinámica de crecimiento mutuo, Duca le puso una noche el nombre de “amistad”, demostrando una vez más su infalible precisión en el lenguaje.

En el último año del Club se convirtió en el jefe de cocina. Su rendimiento fue implacable y teníamos el maravilloso plus de disfrutar, luego de que yo irrumpa insolentemente en sus tareas de producción, los religiosos cafés por la tarde proyectando la jornada.

Hoy, mientras el Club descansa, continuamos trabajando juntos. Es un verdadero placer. Lo hizo de cocinero en la cervecería donde estuve un tiempo, y ahora en el café donde oficio de barista. Nuestros compañeros/as se ríen al vernos fumar pipa o jugando una partida de ajedrez en los recreos, y nosotros nos divertimos porque con tan solo un gesto logramos desenmascarar los misterios de cualquier persona que habita el espacio. Nuestro poder de conexión ha llegado a niveles insospechados.

Hace un tiempo advirtió mi afán de vender el piano para poder irme a vivir a Europa. Por lo que quiso comprarlo, buscando así cuidarlo hasta que JASZ vuelva a abrir sus puertas. No sé si eso vaya a ocurrir, pero si sé que el piano dejó de estar en venta, pues lo comparto con mi amigo. Junto a la barra, simbolizan la historia de una inmensa y sagrada amistad. Una amistad de esas que crecen naturalmente, y que no necesitan palabras para definirla, por más perfectas y justas que puedan ser. Una amistad que seguirá creciendo conforme a su semilla, honesta y genuina. Una amistad que nos encontrará siempre en cualquier parte, y que nos reunirá en la grandeza de los valientes que se atrevieron a amar, que se animaron a vivir.

Un comentario en “El misterio de Martín Duca

  1. Que hermoso loas a duca! y que alegría que esa amistad traspase los límites de las murallas de ese bar, que supieron alejarnos un rato de la tristeza del día a día.

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