Whitman. El espíritu de una nación

Por Daniel Schechtel

Ni Thomas Jefferson, ni Andrew Jackson, ni George Washington supieron tener la audacia, la perseverancia y el sentido de responsabilidad política que supo tener su hermano mayor, Walter Jr. Mientras que sus hermanos menores heredaron nombres ilustres, Walter Jr. supo hacérselo: Walt Whitman (1819-1892).

Si Walt Whitman es considerado el epítome del espíritu estadounidense decimonónico, no sólo se debe a sus valores democráticos, su rechazo a toda tradición y su valoración radical de la libertad del individuo (al menos en los papeles, en el caso de los Estados Unidos), sino también al hecho de haber sido un astuto emprendedor, un verdadero businessman que, a pesar de toda adversidad, siempre llevó como primera prioridad la creación de su propia leyenda y la de su obra. Hoy, a doscientos años de su nacimiento, recordamos cómo su pragmatismo lo encaminó en la carrera que lo llevaría a ser el poeta más revolucionario de la historia de los Estados Unidos y, quizá también, el más estadounidense.

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Casa donde nació Walt Whitman, en Long Island (fotografía del 2018)

Si lo escuchamos a él mismo sabremos que ya desde muy pequeño estaba destinado a grandes hazañas. Le gustaba contar que, a los seis años de edad, el general francés Lafayette, figura clave de la revolución estadounidense y futuro partidario de la revolución francesa, lo había levantado entre la multitud en una visita a Nueva York y lo había paseado sobre sus hombros, como si el héroe de la revolución estuviera eligiendo, mediante ese gesto, al futuro poeta de la nación emergente. A los once años terminó la escuela pública en Brooklyn y consiguió trabajo en la oficina de un abogado, quien le pagó la subscripción a una biblioteca en la que comenzó su educación autodidacta. Entre libros, museos y conferencias, siempre abierto al debate con quien gustara de discutir, el pequeño Walt construyó su camino intelectual de manera independiente, por fuera de los circuitos educativos tradicionales, aprovechando los servicios públicos que los Estados Unidos tenían para ofrecer.

A los doce años ingresó como aprendiz en el periódico Patriot de Long Island, lugar, por otra parte, cuyo paisaje influyó mucho en el imaginario de su futura poesía. A los catorce años se quedó viviendo solo en Brooklyn, cuando la familia se mudó de la ciudad, a West Hills. Walt publicó su primer artículo a los quince años: en él, mencionó al negro Harry, un hombre de ciento veinte años que todavía recordaba Nueva York cuando tenía apenas tres casas. Cuando Walt tenía diecisiete años, la crisis económica del ‘37 y dos grandes incendios que destruyeron negocios en toda la ciudad lo obligaron a volver a la casa de su familia, ahora en Hempstead. Allí trabajó reaciamente como maestro en diferentes escuelas durante cinco años. Todo porque el joven Whitman se rehusaba a seguir las órdenes de su padre, quien quería que se hiciera cargo de la granja familiar.

Como maestro de escuela, utilizó un método muy personal, progresista para la época: se negaba a castigar a sus alumnos con el golpe de regla, los invitaba a pensar en lugar de recitar de memoria y solía proponer juegos educativos; incluso jugaba a las cartas con ellos. Sufrió hondamente la miseria intelectual de su entorno, situación que atemperó con alcoholismo, pero supo mantenerse actualizado y lúcido gracias a su activismo político en favor del partido demócrata. Más tarde, luego de haber fracasado en la fundación de un periódico propio (The Long Islander), decidió ser escritor de ficción, por lo que volvió a Nueva York.

Publicó varios cuentos en diversas publicaciones importantes del momento (como American Review y Democratic Review), siempre con el mismo espíritu emprendedor y oportunista. Por ejemplo, tras una discusión con el editor Park Benjamin que terminó en la publicación, por parte de Whitman, de un rabioso artículo en el cual se quejaba de que Benjamin editaba apresuradamente novelas inglesas en lugar de darle lugar a los escritores estadounidenses, decidió olvidar todo ello cuando vislumbró una interesante oportunidad financiera con el editor: en un número especial del periódico, Benjamin editó la novela Franklin Evans, la obra de Whitman más vendida en vida. El futuro poeta afirmó que la escribió en tres días y, una gran parte, en la sala de lectura del Tammany Hall (que en la época era el centro político del partido Demócrata), inspirado por cocktails de gin. La novela, sin embargo, defendía la abstinencia de alcohol, hábito que Walt incorporó entonces para el resto de su vida.

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Walt Whitman, fotografiado en New Orleans en 1848

 

En la creación de su propio personaje, Whitman no descuidaba su apariencia; el gran editor William Cauldwell, entonces apenas un aprendiz en periodismo, dejó escrito que Walt solía usar un saco de levita y un sombrero de copa y que llevaba un pequeño bastón y una flor en el ojal de la solapa del traje. Y grande fue la alegría del futuro poeta cuando, una vez vuelto de su estadía en New Orleans con su hermano de quince años Thomas “Jeff” Jefferson y ya escribiendo poesía innovadora, el editor y reformador social Lorenzo Fowler realizó mediciones a su cráneo (lo que se conocía como análisis frenológico) y le comunicó resultados halagadores: estableció que Whitman era, entre otras cosas, una persona “amativa”. Siempre consciente del lobby necesario para el emprendedor independiente, el poeta establecería una buena relación con los hermanos Lorenzo y Orson Fowler, quienes editarían y distribuirían las dos primeras ediciones de Hojas de hierba.

 

Su audacia filantrópica y política se permeaba incluso en sus poemas. La primera vez que Whitman escribió un verso libre de métrica irregular, lo hizo al hablar de opuestos, como cuerpo y alma o amos y esclavos. En los años cincuenta, la discusión nacional giraba en torno a la (abolición de la) esclavitud, y si bien Whitman nunca había apoyado esa “institución”, fue después de su visita a New Orleans (con su hermano Jeff, cuyo estado de salud lamentable los obligó volverse) que su posición se volcó fuertemente hacia el abolicionismo. Sin embargo, en lo que nos podríamos atrever a llamar su primer poema democrático (¿o demagógico?), Whitman realizó una maniobra política magnánima: luego de que el yo lírico se establezca “entre los amos y los esclavos”, en el último verso anuncia que “entraré en ambos para que ambos me entiendan por igual”[1]. De un momento para otro su posición política, al menos en su poesía, ya no era esclavista ni abolicionista, sino que estaba más allá de ambas posturas: había nacido, finalmente, el expansivo y universal “Yo Whitmaneano” o “estadounidense” (American) que contiene multitudes.

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Ralph Waldo Emerson en 1857

La incógnita aún hoy sigue irresuelta: el cambio radical en la poesía de Whitman ¿se debió a una iluminación mística de algún tipo o fue un lento trabajo estratégico de imitación? Pero, ¿imitación de quién? Una de las mentes norteamericanas más influyentes de mitad de siglo y quizá de todo el siglo diecinueve fue el conferencista y pensador Ralph Waldo Emerson, principal representante del trascendentalismo, quien, en un ensayo de 1844 titulado “El poeta”, había declarado que hacía falta un poeta verdaderamente estadounidense que cantara todo lo que componía al país. Emerson afirmaba que la nación era un poema en sí mismo. Whitman, una década después de la aparición de “El poeta”, publicó un volumen irregular y anónimo de quince poemas sin títulos, métrica ni rima (es decir, poemas en verso libre), con el título Hojas de hierba, en el que el yo lírico cantaba todo aquello que Emerson había enumerado en su ensayo como parte de la nación. Además, en uno de esos poemas el yo lírico afirmaba, como había afirmado antes Emerson, que los Estados Unidos de América eran un poema.

 

Más allá de ese vacío biográfico a principios de los años cincuenta, sabemos que Whitman era también muy astuto para promocionar su libro: solía recordar que había sido publicado el 4 de julio, como una suerte de día de la independencia literaria. Además, decía que la primera edición se había agotado, cuando en realidad apenas había vendido algunos ejemplares. Y estas afirmaciones tenían como telón de fondo la intempestiva muerte de su padre (una semana después de la publicación de Hojas de hierba) y sus consecuencias familiares: ya que su hermano mayor, Jesse, trabajaba en barcos mercantes y permanecía ausente, Walt quedó a cargo de su familia, formada por su madre, dos hermanas y cuatro hermanos, el menor de los cuales, llamado Edward, tenía graves problemas mentales, físicos y emocionales. Si en algún momento Jesse fue una esperanza de alivio en el horizonte futuro de Walt, dejó de serlo a su regreso, pues demostró ser violento y emocionalmente inestable. Nada de esto doblegaba la voluntad de Walt, sin embargo: el poeta supervisaba minuciosamente todo lo concerniente a su libro, desde la tipografía, el diseño y la impresión hasta su distribución y recepción.

Ralph Waldo Emerson (1803-1882) to Walt Whitman (1819-1892)

La famosa carta elogiosa de R. W. Emerson a Walt Whitman de 1853

Aun teniendo en cuenta lo anterior, quizá la acción empresarial más temeraria y conocida de Whitman fue la que engendró lo que luego se daría en llamar “el primer blurb[2] de la historia literaria”. Walt había enviado su libro a algunos autores de prestigio, entre ellos Emerson, quien quedó encantado con el pequeño poemario (a diferencia del poeta John Whittier, quien presumiblemente lo tiró al fuego). En una elogiosa carta a Walt Whitman, Emerson escribió: “Te saludo al comienzo de una gran carrera”. Sin consultarlo con el gran pensador, el poeta no tuvo miramientos en publicar, en su nueva edición de Hojas de hierba de 1856, no sólo ese fragmento (en el lomo del libro), sino también la carta en su totalidad (en la contratapa). No conforme con esto, añadió un apéndice que contenía varias reseñas (tres de ellas escritas por él mismo), incluyendo algunas negativas: Whitman tenía muy en claro que “la mala publicidad es buena publicidad”[3]. Y como si esto no fuera suficiente, el ego de tamaño nacional de Whitman lo llevó a publicar una carta abierta en respuesta a la de Emerson, al “Maestro” (como rezaba el remitente), en la cual afirmaba haberlo tenido en mente al momento de escribir. A esta altura ya no resulta sorprendente saber que, un tiempo después, Whitman se atrevería a subestimar expresamente la influencia de Emerson en su obra.

Para esa segunda edición, repleta de modificaciones y añadiduras, Whitman se encargó de darle título a todos los poemas y, probablemente en respuesta a las críticas que cuestionaban el género de esos textos, le puso la palabra “poema” a cada uno de ellos, para que no quedaran dudas. Y aunque las ventas fueron aún peores que las de la primera edición, las formas poco convencionales y el contenido escandaloso de sus poemas (con pasajes sobre sexualidad, prostitución, esclavitud, alcoholismo, etc.) le granjearon cierto renombre.

Eso y los contactos importantes que fue haciendo. Primero se encontró de manera aislada con el filósofo ensayista Henry David Thoreau, con el mencionado Ralph Waldo Emerson y con el educador Bronson Alcott. Pero luego, en las veladas bohemias del bar salón Pfaff’s de Manhattan, se rodeó de artistas y escritores, entre ellos el gran crítico William Dean Howells.

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Apariencia de Walt Whitman en 1854 (daguerrotipo de Gabriel Harrison)

Eso y su apariencia rudimentaria e informal (a tono con su idea de poesía “al exterior”, en la naturaleza), la cual, si bien le impidió ingresar al Astor Hotel en el que se hospedaba Emerson, le dio fama de artista bohemio y antiestablishment.

 

Sin embargo, para el frontispicio de la tercera edición de Hojas de hierba (de 1860), Whitman reemplazaría su retrato informal de poeta de exteriores por el típico retrato de poeta de la época, bien peinado y con corbata. Era la identidad indicada para el mundo de la farándula al que ahora pertenecía. La tercera edición (con modificaciones visuales y aún más poemas, muchos de ellos sobre sexualidad, e incluso homosexualidad) fue publicada por una editorial de Boston, perteneciente a William Thayer y Charles Eldridge. En otra maniobra pretenciosa, Walt numeró los versos imitando la Biblia, pues él mismo afirmó que estaba construyendo una Nueva Biblia que se encargaría de traer la verdadera democracia a los Estados Unidos.

Edificio de Broadway 647, Manhattan, en cuyo sótano funcionaba el salón Pfaff’s

A partir de la tercera edición (la primera solventada enteramente por una editorial), el éxito de Whitman fue en aumento. La guerra civil lo llevaría a hospitales en Fredericksburg y luego, improvisadamente, a Washington, donde sus conexiones personales le darían el sustento necesario: su amigo abolicionista William Douglas O’Connor le daría alojo, Emerson enviaría cartas de recomendación a todas partes, su editor Charles Eldridge le conseguiría un trabajo de medio tiempo como copista en una oficina del ejército, su hermano Jeff y otra gente de Brooklyn le enviarían dinero, etc.

 

Su trabajo incesante en los hospitales le haría decir que su otra vocación era la de médico, ya que lo que más adoraba era el cuerpo humano. Su visión de los cuerpos desmembrados y de los heridos del campo de batalla le darían una revelación, la cual transformaría al poeta en un ser generoso y abnegado. Incluso cuando su familia entrara en crisis debido a fallecimientos, falta de dinero y problemas de violencia doméstica, Walt iría a visitarlos pero sólo durante un breve tiempo: los soldados lo necesitarían aún más.

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Walt Whitman en 1887, fotografiado por George Cox

Durante la guerra civil, el poeta, que cantaba enérgicamente sobre la unión de la nación y la igualdad de todos sus componentes, sufriría su fraccionamiento. Sin embargo, fiel a ese ideal de unión y de igualdad simbolizado por hojas de hierba, Walt Whitman, ahora más experimentado, se pondría manos a la obra para intentar cambiar la realidad y así poder seguir cantando a la libertad y a la igualdad –pero si a alguien le sobraba una moneda, mejor.

 

 

 


[1] And I will stand between the masters and the slaves,
      Entering into both so that both will understand me alike.

[2] Un blurb es un breve texto que acompaña a una obra creativa, promocionándolo.

[3] O del inglés: “Any publicity is better than no publicity”.

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