Tal vez un canto a la vida

Por Jerónimo Corregido

     «Ayer me pasé el día trabajando», me dice un querido alumno en su oficina durante una de nuestras clases, «estoy cansadísimo», agrega mi alumno, un día después de un feriado nacional, un día después de otro feriado nacional que, como siempre, lo encontró todo el día sumergido en su computadora, todo el día recibiendo correos electrónicos de clientes enojados, de colegas sin rostro, de orientales imposibles; «Me estoy perdiendo la mejor época de mi hija», continúa mi alumno, compungido, agotado, mientras recuerda, tal vez, a su hijita de cinco meses, con quien pasa poco tiempo; «pero es lo que me toca, ¿no?: es mi profesión», chapucea en inglés mi alumno, mientras imagina, tal vez, cómo debe de dormir su hija a esa hora, a las ocho de la mañana, mientras las bocinas de los autos empiezan a alarmar los nidos de pájaros del centro de La Plata, mientras los vendedores de chipá sobresaltan a los empleados de comercio, mientras nosotros empezamos nuestra clase de inglés.

    ¿Por qué tanto sacrificio? ¿Por qué abortar la libertad para ser funcional a los menesteres de oficina? ¿Por qué, por qué hacer horas extra durante un feriado nacional contra la propia voluntad? ¿Por qué crucificar el libre albedrío en el umbral de una multinacional? Mas solo atino a preguntar: «¿Por qué?». «Por que las tareas pueden delegarse», me responde mi alumno, «pero la responsabilidad no». Y yo callo.

    Callo porque estoy tan de acuerdo con su afirmación que mi pecho se inunda de ganas de romper la lámpara de su escritorio, de quebrar los cuadros absurdos de los pasillos de su empresa, de tirarme por la ventana y gritarles a los transeúntes, a los oficinistas, a los canillitas que toman mate en el kiosco de revistas: «¡¿Y la responsabilidad innata de ser felices, pelotudos?!».

    Sáquense las caretas: nacemos con la obligación indelegable e indeclinable de buscar la felicidad. Todo el resto es adorno innecesario, es artilugio impuesto, es superficialidad disfrazada. Cito en esta sección, nuevamente, a Mariano Martínez, padre agitator: decía aquel provocador que todas las escuelas filosóficas son, en suma, intentos de aprehender o de explicar la felicidad. «Los hedonistas fueron los más burdos», decía el gran maestro Martínez, «y los epicúreos creyeron que la felicidad era evitar el dolor. Para Sócrates, en cambio, la felicidad está en buscar el conocimiento». La propuesta es, como siempre (¡cuándo no!), controvertida, pero también resulta difícil refutarla. Pareciera ser que todos los actos humanos de valor apuntan, de una o de otra manera, a buscar la felicidad: ¡la felicidad, ese grial etéreo que se esconde en quién sabe qué oscuras hormonas de nuestro sistema endócrino! ¿Hay empresa más loable e intrínseca que buscar la felicidad? ¿Hay, acaso, motivos suficientes para desatender el milagro individual de ser feliz?

    Es cierto, lector escéptico, está usted en lo correcto: llevado al extremo, este razonamiento daría lugar a un fundamentalismo tan burdo como el más básico de los hedonismos. No es mi intención negar que existen obligaciones que postergan, de una u otra manera, la busca de la felicidad: el trabajo es el ejemplo por excelencia, ya que muy pocos son los que pueden trabajar de lo que realmente los hace felices. Sin embargo, hay labores que se tornan menesteres que no solo postergan sino que aplazan ad infinitum la busca de la felicidad: es entonces cuando el trabajo se vuelve enajenante y la tecnocracia arrasa con nuestras vidas. ¿Vale la pena empeñar la libertad de buscar la felicidad a cambio de un sueldo básico, de una vivienda, de ciertos lujos burgueses…? Cuando estemos tendidos en el lecho final, solos con nosotros mismos, ¿a quién hemos de rendirle cuentas de los placeres perdidos, de los descansos interrumpidos, de los libros a medio leer? ¿A quién más sino a nuestras propias consciencias? ¿De qué valdrán entonces, cuando las fuerzas y el corazón fallen, los sacrificios fútiles, las privaciones innecesarias, los sufrimientos que pudimos evitar?

    He aquí que estamos en presencia de dos variables que constantemente se cotejan: la libertad y la obligación. Cuando la segunda se impone sobre la primera, nos convertimos en infelices tecnócratas, en despojos de homínidos; cuando la primera se impone sobre la segunda, nos convertimos en libertinos sin responsabilidad, en criaturas parasitarias (en términos marxistas), en engendros fermentados de placeres atélicos. Es el equilibrio entre las dos variables lo que puede garantizar la plena búsqueda de la felicidad. A esto se refería Marcelo Bielsa cuando le hablaba al futbolista Benjamin Mendy: «Podés elegir ser el mejor lateral del mundo, pero eso te quita horas con tu mujer, con tus amigos, te quita fiestas, diversión». Podés elegir. La elección, casi siempre, está en nuestras manos: delegarla al azar, al destino o a las circunstancias es la decisión de los pusilánimes, de aquellos que no sienten dentro de sí el clamor de lo humano, de aquellos que prefieren la comodidad de la resignación a la gloria de los senderos tortuosos, de aquellos mansos y adoctrinados que nunca leen Gambito de papel.


Publicado en Gambito de papel N° 5, en febrero de 2016.

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