Principios básicos del Berissaurismo

Por Jerónimo Corregido

    Ustedes se preguntarán, y con mucha razón: ¿qué son los Berissaurus? Pues bien, empecemos, por el principio (como ven, al empezar por el principio y no por el final no me estoy animando a desafiar las convenciones prosísticas, lo cual es una primera derrota de este texto). Cuenta la leyenda que Juan Berisso, cierto tano indómito de las llanuras de quién sabe dónde, llegó a un territorio baldío, agreste, plagado de talas y de perros, donde instaló un saladero de carne. En torno a esta pequeña industria se congregaron múltiples inmigrantes ilegales, iletrados de los subsuelos, algún que otro parvenu provinciano, cientos de malandras y algunos políticos ávidos de dinero. De esta congregación ecléctica surgió la ciudad de Berisso, donde resido hoy en día, y que de no haber sido por sus infames primeros habitantes, sin duda sería un lugar bello y acogedor. Como ya habrán adivinado, los descendientes de aquella primera camada de inmigrantes europeos y vándalos provincianos son los llamados Berissaurus.

    Es por todos sabido que los Berissaurus son ancianos desde su nacimiento. En ningún lugar consta dato alguno que certifique la existencia de un Berissaurus joven, por lo que se cree que la vejez y el espíritu ajado son características inherentes a su naturaleza. Son ávidos comedores de pasta casera, y entre sus pocas virtudes se puede contar el hecho de ser buenos cocineros. Pocos saben deletrear su nombre, aunque dentro de sus grandes logros cuentan haber ido a la escuela, por lo cual no pierden ninguna ocasión de denigrar a todas las personas que no tuvieron esa oportunidad. Lo que los Berissaurus no comprenden es que no todos fueron favorecidos por un padre sindicalista, o un abuelo dirigente de la mafia portuaria de otrora, y por lo tanto le atribuyen a la vagancia las carencias de los demás.

    ¡Ah, la moral Berissaurística! Si tuviera espacio para contarles la mitad de lo que sé al respecto, quedarían impávidos, y la mitad de lo que sé es menos de la mitad de lo que se puede saber. Los Berissaurus tienen un estricto sistema moral, en el cual todo lo que está bien es lo que hacen los de su casta, y lo que está mal es lo que hacen los demás. Al ser descendientes de obreros enriquecidos, adoran el capital y las comodidades urbanas, y no conciben los motivos por los cuales otras personas no son propietarias de inmuebles. Toda carencia material es síntoma de la más abyecta laxitud y falta de compromiso: aquel que trabaja consigue indefectiblemente lo que quiere. Un asomo al mundo real bastaría para comprobar la tesis exactamente opuesta, pero a ellos les gusta vivir en su fantasía burguesa. Así pues, cortar la calle para reclamar derechos, hacer paros en el trabajo, militar en política y todos los demás vestigios del librepensamiento del siglo XX son los tableros más comunes para sus dardos venenosos.

    Su lugar de encuentro para relamerse en la ponzoña de sus lenguas viperinas suele ser la vereda de algún comercio barrial: criaturas hijas de las gallinas que Marechal describe en Adán Buenosayres, los Berissaurus se reúnen a jactarse de sus muchos males de salud (en su mayoría producto de la hipocondría o de años de comer pan con chicharrones), a despotricar contra el gobierno de turno (¡sea-cual-sea, señores!) y, sobre todo, a clamar que todo tiempo por pasado fue mejor. Al carecer de virtudes inmanentes, estos seres suelen vanagloriarse de los “logros” de sus descendientes directos (hijos y nietos que, en general, no participan de las mismas prácticas culturales que los Berissaurus), y escribo “logros” así, entre comillas, porque esas pequeñas victorias casi nunca tienen nada de glorioso: o bien consisten en pasar de año en la secundaria, o de haber conseguido algún pulgoso puesto de trabajo, o de haberse hecho amigo de la yuta. Sucede que todo acto hijo de la convención es rigurosamente encomiástico para los Berissuarus. Cualquier esposo que va a la casa después del trabajo, cualquier despertador que suena a las 6 de la mañana puntual-puntual, cualquier pobre estúpida que lleva la pollera debajo de las rodillas es motivo de regocijo, y ay qué bien, qué gusto que da verlo, sí, señora, no, señor.

    Otro lugar donde proliferan los Berissaurus es en los pasillos de clínicas y hospitales. Dentro de sus pocos héroes figuran los médicos de PAMI (aunque no pierden ninguna oportunidad de atacarlos por la espalda) y entre las pocas cosas que los llenan de felicidad se cuentan las enfermedades propias. Se ha hablado ya del espíritu desvencijado de estas criaturas, y también de su filiación a la hipocondría: ahora se podría plantear cuál de esas dos características es la causa y cuál la consecuencia, o bien si se vinculan reatroalimentativamente. Sin dudas, un humor húmedo y pesado (como el clima de Berisso, dicho sea de paso) colabora con la gestación de males en la salud, y estos males también influyen en mantener un espíritu gris, lobotomizado, decaído. Así y todo, en los pasillos de los hospitales los Berissaurus se desafían y debaten para ver quién es el más enfermo de todos ellos: las operaciones de la cadera valen 10 puntos, pero las internaciones en terapia por presión alta también, así que generalmente estos cotejos resultan en tablas. Y, ¡oh regocijo cuando el médico llama sus nombres desde el umbral del consultorio! Los rostros llenos de placer de esas arrugadas criaturas no pueden ser descriptos con humanas palabras, y solo una foto podría llegar a representar con alguna fidelidad la emoción que los imbuye cuando el dotor llena sus labios con sus apellidos.

    No por sus cuerpos y espíritus cansinos debe pensarse que los Berissaurus carecen de vitalidad. Deberían ustedes ver con qué pasión les gritan a los empleados bancarios, o a los funcionarios públicos, o a los mozos de los restaurantes: sus labios se tensan, múltiples gotitas de saliva inundan el aire, y sus bocas se llenan de frases clásicas como “Porque yo a tu edad…”, “Lo que pasa es que este gobierno…”, “Si yo fuera tu padre…”, “No hay respeto por los mayores…”, y tantas otras que el lector se cansaría de leer. Deberíanse comparar esas actitudes con las caritas de beatitud que portan los domingos en misa, cuando saludan a don Pascual con tanta prosopopeya, y hola, doña Rosa, y vio usté, doña Teresa. Quién podría adivinar que esos amables viejecitos que les hacen reverencias amorosas a los agentes de la Policía Federal son los mismos que intentan pisotear a cuanto ser se encuentre en una posición jerárquicamente inferior a la suya: desde vilipendiar a los maestros hasta denunciar a los empleados del correo, los Berissaurus se regocijan en “dar su merecido” a los inferiores.

    En oposición a esa vivacidad en los enfrentamientos con los encargados de atención al público, débese notar el rostro de veterano de guerra con el que se disfrazan para subir al colectivo. Generalmente obstruyen la puerta del vehículo con sus muchas bolsas de mandados, mientras que los colegiales, los oficinistas y los pobres pelotudos hacen fila detrás de ellos. Así, los Berissaurus suelen trepar escalón por escalón, fingiendo hacer esfuerzos superiores a sus menguadas fuerzas y, finalizada esa pantomima que retrasa el horario del transporte público, piden su boleto con descuento, no sin antes hacerle alguna pregunta inútil y petulante al chofer (quien, después de todo, no deja de ser uno de sus odiados encargados de atención al público). Con el ya mencionado rostro de felpudo usado, avanzan tortuosamente, empujando sus bolsas mandaderas, hasta que algún pobre estudiante les cede su asiento. Ante este acto de gentileza, los Berissaurus suelen mirar en derredor con gesto de reproche hacia todos los pasajeros que no se preocuparon por dejar su asiento, para luego regalarle una mirada de ternura al pobre infeliz que resigna su comodidad.

    A pesar de la vileza de sus acciones, de la hipócrita moral que empapela sus vidas, de los valores retrógrados que flamean con sus banderas, los Berissaurus hacen constante uso del concepto de “honra”: “honrados” son ellos, “honrados” eran sus padres, “honrados” serán todos quienes actúen de acuerdo con sus conveniencias. Si se entiende por “honra” la “estima y el respeto de la dignidad propia”, entonces nos hallamos frente a una paradoja. Ahora bien, si por este término los Berissaurus hacen referencia a la “buena opinión y fama”, entonces tal vez encontremos algo de sentido, pues quienes forjan la “opinión” y la “fama” de cada integrante del círculo son los mismos Berissaurus. Ese “buen nombre” se deberá mantener a fuerza de seguir vilipendiando a todos los considerados inferiores, de seguir insultando a los trabajadores que reclaman sus derechos, de seguir achacándole a los demás los defectos propios y, en suma, de seguir comportándose tan vilmente como la ley lo permita. Pues, después de todo, la moralidad burguesa que emanan los Berissaurus no es otra cosa que el mal disfrazado de legalidad.

    No es necesario remarcar que estas criaturas harían las delicias de las Aguafuertes de Arlt, ese gran provocador: reúnen todos los requisitos para ser monstruos urbanos, villanos detrás de una máscara de fraternidad cívica, comerciantes déspotas que se visten de samaritanos pulcros. Por mucho que se pueda martillar la moralidad burguesa, sabemos que es imposible exterminarla. Sabemos que resistirá todas nuestras provocaciones, y que los “buenos” siempre serán los corderitos que respetan las instituciones mientras se cagan en su vecino, y los “malos” seremos nosotros, los que repudiamos a los horarios convencionales, a las convenciones putrefactas, a los lazos por obligación, a todo lo retrógrado que se disfrace de tradición.

    Nosotros somos y seguiremos siendo los que no temeremos sacrificar un peón para ganar la partida.


Publicado en Gambito de papel N° 4, en junio de 2015.

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