No Hay Mar

Por Ale

No hay mar.
Por eso me siento sobre la vereda de la avenida 122,
a escuchar el tránsito de los autos.
Lo que queda del sol se va yendo despacio.
Como todo lo que se va,
lo primero que deja es vacío.
En realidad, es otra cosa
– algo que aguarda –
que siento, primero que nada, como ausencia.
El silencio absoluto no existe.
En este caso,
el sol se va y llega la oscuridad,
la noche.
Lenta se asoma la luna a mi espalda
mientras me demoro en otras cosas.
Miro retazos de luz entre la arboleda:
hojas incendiadas, ramas oscuras.
Una moto pasó.
El estruendo
me expulsa de la imagen.
Ahora más cerca,
veo el pasto que vibra por la brisa.
Es un GIF permanente, continuo, infinito;
y puedo entrar en su ritmo.
Él no me quiere.
Es tan simple
pero
¿Cómo se lo explico a mi cuerpo?
¿Cómo le explico al tatuaje en mi espalda
que él tanto lamía?
¿Cómo le digo a mi culo que
su cariño ya no es nuestro?
¿Cómo decirle a mi torso que no va a apretarnos
hasta la asfixia, nunca más;
o a mi cuello que tanto desea
su delicadez para estrangular?
El sol ya casi no está, se hunde
en el húmedo pasto vibrante.
El sonido de los autos se aquieta,
merma de a poco.
Parece que ya nadie regresa.
Algo nuevo está esperando para ser escuchando.


Publicado en Gambito de Papel N° 7, en marzo de 2017

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