Los pelotudos

Por Mariano Martínez

Me tienen podrido los pelotudos. Po-dri-do. Lo peor es que no puedo evadirlos. Me persiguen por todas partes, a todas horas. Se reproducen más rápido que los chinos sin la política del hijo único. Y cuando digo «pelotudos» quiero decir «necios». Un necio es una persona que está errada y que, cuando le hacen notar su error, se mantiene en sus ideas con terquedad, con obstinación, con contumacia. Sospecho desde hace un tiempo que la palabra «necio» es una lítote muy usada por los timoratos, tan preocupados por insultar con estilo y sin ofender demasiado. Yo por mi parte no voy a prestar ni un gramo de complicidad con esos tibios amantes del minué. ¡Litúrgicos idiotas! Yo no digo «necios»; yo digo «pelotudos». Pe-lo-tu-dos. Hay que ser justos.

Días pasados, en el medio de un almuerzo, alguien dejó caer en la mesa:

─Hay que quitar los planes sociales, la mayoría no los necesita y sólo sirven para crear vagos ─dijo la pelotuda.

─¿Cómo lo sabés? Bah, no me digas nada… ¡seguramente dirigiste una investigación sobre el tema! ─ironicé, procurando que la estupidez que acababa de oír no perturbara mi tranquilo deglutir.

─Lo sé porque lo veo en mi trabajo ─insistió, como si poseyera una evidencia irrefutable.

─Estimada Carolina… ─respiré hondo antes de refutarle ─. Creo que sos víctima de la falacia de la generalización apresurada. Eso ocurre cuando, de unos pocos casos que uno ve, se sacan conclusiones generales.

─Pe, pe, pe… ¡pero lo que yo vi es una muestra! ─gritó la obstinada.

─Sí, pero es una pésima muestra. Por empezar, una muestra debe ser amplia y representativa, pues no es lo mismo la realidad de una persona en un pueblito riojano, que la de una que vive en el conurbano bonaerense o en una aldea jujeña.

─Otra vez con tu pedantería…

─No me interrumpas con tu irracionalidad… Además, una muestra debe ser aleatoria, es decir, no debe estar sesgada. Vos que sos psicóloga sabrás que los humanos a veces somos víctimas del sesgo de confirmación, es decir, tendemos a mirar aquella parte de la realidad que confirman lo que ya creemos, y, en paralelo, a desechar irreflexivamente lo que va contra nuestras ideas bien asentadas ─concluí con aires de altivez.

Luego de esto, la conversación se llevó al terreno de los ataques personales, como no puede ser de otra manera con una pelotuda. Debo confesar que no estoy seguro de haber sido tan diplomático, de haberle dicho «estimada» y otras yerbas bonitas. Sucede que yo también soy un sapiens, y, por tanto, una víctima de los sesgos de la mente. Cuando uno recuerda algo, tiende inconscientemente a modificar su recuerdo, a reescribirlo, a cambiar algunas cuestiones, en un proceso que en inglés se llama reconsolidation.

Recuerdo en una ocasión un diálogo que tuve con los testigos de Jehová. A diferencia de la mayoría de la gente ─que finge sordera cuando los religiosos llaman a la puerta─, yo siempre les abro y los invito a pasar, todo muy cortésmente. La última vez que vinieron se jugaron su mejor carta para convencerme de que Dios sí existe y de que el contenido de la Biblia es totalmente veraz, además de un producto de acabada moralidad. Así fue que la vieja religiosa me citó un versículo de Isaías ─si mal no recuerdo─ que aludía al planeta Tierra como a una esfera. Conociendo como piensan los pelotudos religiosos, tardé muy poco en entenderle su brillante razonamiento, que sería más o menos así:

«Cuando se escribieron los textos que integran la Biblia la gente no sabía que la Tierra era esférica. En aquel tiempo se pensaba que era plana. Por lo tanto, si aquí dice que la Tierra es una esfera, debió haber sido por inspiración divina. Ergo, la Biblia la hizo Dios».

Me quedé estupefacto ante semejante estupidez. Le comenté que en la Antigua Grecia ya se sabía de la forma esférica de la Tierra.

─¿Qué me dice entonces de Aristarco, el primero que propuso el heliocentrismo? ¿O de Eratóstenes, que hace más de 2200 años calculó, si bien con errores, la circunferencia del planeta?

Silencio sepulcral.

Lo peor es que, aun si la Biblia hubiera dicho algo adelantado para el conocimiento de la época, eso no probaría lo que la religiosa pretendía: que Dios existe y que todo lo que dice la Biblia es cierto y moralmente justo. El argumento es un non sequitur: las premisas y la conclusión no pegan ni con La Gotita. Se quedaron un rato más los testigos, jugando sus últimas cartas, y yo respondiendo amablemente. Fue así hasta que intentaron justificar su negativa a las transfusiones de sangre. Ahí no soporté más e hice lo posible para sacármelos de encima.

¿Que cómo hice? Fácil: les hablé de sexo.

─Señora, ¿usted cree que a Dios le importan sus posiciones sexuales? ─pregunté provocativamente.

Veloz como un rayo, tapó con sus manos los oídos del impúber que la acompañaba, improvisando unas toscas orejeras de la decencia. Cuando alcé la vista ya iban por la esquina. Ojalá deshacerse de los pelotudos fuera siempre tan sencillo como hablar de sexo.


Publicado en Gambito de Papel N° 6, en agosto de 2016

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