Exorcismo

Por Nuria Silva

Tenía poco más de nueve años cuando mi hermana mayor, que me lleva exactamente diez, trajo del videoclub un estreno: El exorcista III, dirigida por William Peter Blatty, autor de la novela original que, inicialmente, fue adaptada por una de las bestias de cine más despiadadas que dio la industria, William Friedkin. Por aquel entonces poco sabía yo de la importancia de estos nombres; ni siquiera había visto la primera parte. Sin embargo, el terror, a pesar de mi corta edad, no me era ajeno. Mi viejo era un gran cinéfilo, aunque nunca se definió como tal, y desde que tengo uso de memoria, el cine ha estado presente en mi vida. Mi infancia y adolescencia se vieron atravesadas por las comedias mudas de Chaplin, Keaton y Lloyd, por la incorrección italiana de Monicelli, la poética circense de Fellini, el suspense de Hitchcock, y mucho cine de terror, que era su género favorito. Insistía hasta el cansancio que veamos las producciones de la Hammer, adoraba el cine de vampiros y, sin ser consciente de ello, era un carpenteriano de ley.

Aquella noche, mi hermana y yo estábamos solas en el departamento. Nuestros padres y nuestro hermano habían salido. En plan «noche de chicas», nos acomodamos en el sillón del living y nos pusimos a ver la película. Aunque en principio no llegaba a asustarme, había en ella una incomodidad que no podía definir y que excedía a la historia que contaba, era una sensación nueva que me gustaba tanto como me perturbaba. Finalmente, llegó una escena que me impactó como ninguna antes. Es una escena algo extensa para los tiempos habituales del género, carece de música, y en el último segundo, se condensan todos los efectos, visuales y sonoros, que penetran como un disparo en el medio de la frente. De hecho, es hasta hoy la más comentada entre los amantes del género y catalogada por el medio crítico como una de las más aterradoras. Como eyectada por instinto, me levanté del sillón y me refugié en mi habitación. El shock no me abandonó en toda la noche.

Al otro día, le conté a mi viejo, con cierta ansiedad, lo que había experimentado, jurando jamás volver a ver una película de terror. Ante tamaña determinación, y sin dudarlo un segundo, puso en marcha un plan para exorcizar los miedos que me acosaban y asegurarse el legado de la pasión por el género. En un abrir y cerrar de ojos, tuve delante mío su estuche de maquillaje teatral. Mi viejo era actor, además de músico y dibujante. Sin mediar demasiadas palabras, me sentó y empezó a trabajar sobre mi cara, sin dejarme ver nada en ningún momento. Habremos estado una media hora; él era muy detallista y yo muy paciente para estos juegos.

Al terminar, me llevó hasta el fondo del pasillo del departamento, que era largo y oscuro, y despertaba en mí las peores fantasías (vale aclarar que la escena antes mencionada, transcurre en un pasillo). Mi viejo trajo su cámara casera de VHS, tomó una de las lámparas de mesa y las colocó, una al lado de la otra y ambas en contrapicado, sobre el suelo. Encendió su teclado y grabó en la memoria una base que hoy me remite a las composiciones musicales de John Carpenter. Una vez que todo estuvo dispuesto, me indicó que caminara hacia la cámara con lentitud y que una vez que llegue al límite señalado, realizara ciertos movimientos corporales y gestos faciales extraños, que ahora puedo relacionar con las interpretaciones propias del expresionismo alemán. No recuerdo con exactitud el tiempo de rodaje, sólo que, de golpe, gritó «¡listo!», apagó la cámara y desarmó toda la escena.

Encendió las luces, me sentó en aquél sillón, y puso el VHS que acababa de filmar. Desde la infinita oscuridad y acompañada por una música tenebrosa surgía una figura. La cara era un espanto: pálida, con ojeras profundas, labios ensangrentados, un ojo dañado y dientes amarillos. Delineado por la luz, el espectro parecía moverse desde un más allá que era ahí mismo, donde yo había estado. «¿Ves? Eso es el cine de terror» sentenció el viejo mientras yo, finalmente, me reconocía como el monstruo cinéfilo que soy.


Publicado en Gambito de Papel N° 6, en agosto de 2016

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