Antigua Luz – John Banville

Por Ignacio Lucía

El 2 de abril de 2013, mientras La Plata se inundaba, yo estaba con un amigo en mi departamento en el octavo piso, sin luz, mientras miraba cómo llovía, y sin conocer la verdadera magnitud –trágica– de lo que estaba sucediendo. Esa noche empecé a leer Antigua luz, de John Banville. El medio de iluminación fue, significativamente, una vela. No conocía al autor: había encontrado el libro un día antes en la mesa de novedades de la librería; lo compré porque me había gustado la tapa de la edición de Alfaguara, que acababa de traducir el libro al español. Es una foto en blanco y negro que enmarca la zona del hombro, parte del pecho y brazo de una mujer, que tiene puesta una especie de ligero vestido blanco. Uno de sus dedos mantiene tensionado el bretel de la prenda, como si estuviese quitándosela o, también, invitando al observador a que la ayude en esa tarea.

Al día siguiente del temporal, cuando “bajaron las aguas”, mi amigo pudo volver a su casa y yo me quedé enfrascado en la lectura. No recuerdo cuánto tiempo pasé en mi encierro a la luz de las velas (horas, días). Sólo recuerdo que cuando terminé el libro decidí salir. Todo parecía haber cambiado. La ciudad se había transfigurado en un lugar inhóspito y triste, húmedo, frío y crepuscular. El mundo era otro. Y yo también.

Todos tenemos varios amores en nuestra vida. Sería difícil elegir uno de ellos, concederle más relevancia que a los demás. Pero si me obligaran a elegir, quizá me inclinaría por ciertos amores vividos en los últimos años; algunos de ellos han sido lo suficientemente contundentes como para hacer tambalear mi mundo, porque han podido remover capas geológicas enteras de mi ser. O porque, también, me han hecho revivir mis primeras experiencias amorosas, con toda la ansiedad, el vértigo y el miedo a lo desconocido que esos primeros amores entrañan. Esos nuevos amores me han demostrado, en todo caso, que todavía podía sentir eso. O que, también, cada nuevo amor es una nueva versión de los antiguos amores.

De manera análoga, en los primeros años de nuestra vida como lectores, nos hemos topado con libros que nos provocaron justamente eso: nos cambiaron para siempre, nos abrieron las puertas a realidades de cuya experiencia, creemos, no podremos jamás recuperarnos. A partir de ese momento, esos libros serán la medida a partir de la cual leeremos todos los demás libros con los que nos crucemos.

El narrador y protagonista de la novela, Alex Cleave, es un actor que, ya bien entrada su sesentena, recuerda la relación amorosa que, siendo un adolescente, tuvo con Celia Gray, la madre de su mejor amigo, cuando ella tenía 35 años. La señora Gray será para Alex la referencia para medir todos sus amores posteriores, y ninguno de ellos logrará superar la pasión sentida en esa primera, fundacional ocasión. A medida que recuerda, Alex va alternando su narración con el recuerdo de su hija Catherine, quien, afectada desde muy chica con una rara dolencia mental, se ha suicidado diez años atrás, cuando contaba con una edad aproximadamente cercana a la que tenía la señora Gray cuando Alex la conoció. A través de sus recuerdos inciertos y algo difuminados, Alex intenta comprender a la señora Gray, de la que no sabía demasiado en realidad, porque cuando la conoció era apenas un adolescente ingenuo; a la vez, intenta comprender, inútilmente, el destino final de su hija.

A medida que iba leyendo, la prosa poética y frondosa de Banville me fue aislando de la realidad, que ya de por sí, y por medio de su manifestación climática, estaba decidiendo que yo me aislase. ¿Acaso no había habido un temporal que me había obligado a esconderme a leer? ¿O el temporal no fue tan grande, y sin embargo lo que era grande era el poder del mundo ficcional en el que estaba entrando? Mientras el narrador iba y venía entre el pasado y el presente, entre su adolescencia y su adultez actual, entre sus recuerdos eróticos con Celia Gray y sus intentos por comprender a su hija, mi mente parecía hacer también ese movimiento de vaivén entre mi pasado y mi presente, entre mis amores de ayer y mis amores de hoy. El día anterior, mientras recorría la librería, yo tenía en la cabeza dos o tres opciones de libros sobre los que había leído elogiosas reseñas; a la vez, esas opciones no me convencían demasiado. Quería vivir una lectura que me devolviese la sensación de novedad, de conexión y de empatía que generan los grandes libros. Daba vueltas entre las mesas y los estantes, desesperanzado y melancólico, hasta que di con lo que buscaba. Antigua luz fue para mí uno de esos libros que llegan a nosotros para hacer revivir la intensidad de aquellos primeros amores que hemos tenido en el pasado, y que nos arrastraron hacia su interior hasta fundirnos con ellos, hasta tal punto que, cuando hemos logrado salir, el mundo en el que vivíamos ya era otra cosa.

En la contratapa de la edición de Alfaguara que mencioné al comienzo, en una de esas citas de reseñas especializadas que se agregan obscenamente para aumentar las ventas del libro, se lee lo siguiente: “Banville demuestra su talento para escribir sobre la verdadera textura del erotismo… Merece vender diez veces más que Cincuenta sombras de Grey”. Efectivamente, es Antigua luz la obra que, sin pertenecer a la “literatura erótica”, habla sin embargo del erotismo, como algo que va más allá de la sola sexualidad; se trataría más bien del deseo, y de la forma en que este configura no solamente nuestra realidad actual, sino también nuestro recuerdo de la realidad pasada (y como me sucedía a mí mismo, ese día, mientras leía). Por eso es que no se puede estar de acuerdo con el segundo juicio emitido por el crítico en la contratapa; Antigua luz no merece vender más que el best-seller de E. L. James: al contrario, es este el que merece vender más porque es él quien fue escrito apegándose a las fórmulas más conformistas de la literatura –erótica o no– que se encuentran disponibles en el mercado. Seguramente ha de haber sido tentador para más de uno el comparar ambas novelas, no sólo por haber aparecido contemporáneamente, sino porque ambas cuentan con personajes que inician al protagonista en ciertos placeres sexuales, y que se apellidan, además, de manera fonéticamente similar (“Gray”, “Grey”). Pero no tienen nada que ver.

En esos días de aislamiento y tristeza, yo entendí algunas verdades del amor y del afecto que, creo, antes no entendía. Para cuando vengan futuros y trágicos temporales, trataré de  conseguir comida, velas, y de hacer que algún personaje literario me acompañe. Rechazaré puntualmente a cualquier amante de cartón pintado apellidado “Grey” y elegiré a la real, única y auténtica Celia Gray.


Publicado en Gambito de Papel N° 5, en febrero de 2016.

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